Justicia poética o vivir el Mundial desde fuera
El día que España ganó el Mundial de Sudáfrica 2010 todos los españoles –y algunos de los italianos– que vivíamos en un piso patera en Londres fuimos a celebrarlo a la céntrica plaza de Trafalgar Square. Allí, acompañados por muchos otros compatriotas exiliados económicos de aquella crisis voraz, nos bañamos en las fuentes y subimos en los leones, forjados con bronce de los galeones españoles que perdieron la Batalla de Trafalgar. Justicia poética.
Sin embargo, desde entonces (y antes de la era del “Tiki-Taka”), los españoles nos hemos enfrentado a los Mundiales con la precaución del que sabe que la desilusión es más probable que lo contrario. Lo que es normal, por otra parte, en cualquier campeonato deportivo, pero un poco más si se mantiene la maldición de cuartos.
En esta ocasión mundialista, esta pausa estaba ausente del mundo deportivo nacional. Esto es, hasta que Cabo Verde, un país con menos población que Málaga, nos puso en nuestro sitio en su debut en la competición de la FIFA.
Quienes vivimos en países fuera de España sentimos un poco más esa falta de humildad de nuestros representantes que dan patadas al balón. Pues somos, de alguna manera, representantes de las expectativas de nuestro país de origen en nuestras comunidades de arraigo.
Es por eso que, cuando un amigo español nos invitó a ver el partido España-Cabo Verde en su casa este lunes a las 9 de la mañana hora del Pacífico, acudimos con ganas de ver fútbol pero controlando expectativas.
Éramos dos españoles, un argentino y un americano–que buen arranque de chiste por otra parte–, todos luciendo camiseta roja, y a pesar de todo, no creo que ninguno nos esperábamos que el marcador quedara a cero. Nos comimos los bagels (una especie de donuts pero salados), nos bebimos el café, y nos fuimos a casa cabizbajos.
Lo de Cabo Verde no es una tragedia, claro. Es fútbol. Y precisamente por eso permite decir algunas verdades sin que parezcan demasiado solemnes. Que ningún país tiene derecho natural a ganar. Que los pequeños también hacen historia. Que los mejores jugadores del mundo no pueden hacer nada ante una pared humana
Hace tres Mundiales, estaba yo viviendo en Santiago de Chile en el Mundial de Brasil 2014 cuando aquel aciago 18 de junio Chile eliminó a España de la competición que cuatro años antes hubo de ganar. Me tocó, una vez más, despojarme de mi equipación y ver a los chilenos subirse a las farolas, exuberantes de tamaña hazaña al haber vencido a su antiguo conquistador sobre la hierba.
Tal como en 2010 los españoles en Londres celebraron su victoria en las calles inglesas, en 2014 los chilenos celebraron la suya sobre un cuerpo histórico que no era exactamente el mío, pero que aquella tarde tuve que representar. Uno emigra pensando que deja atrás la bandera, la Selección y el “a por ellos” de bar de barrio. Pero no. En cuanto rueda el balón, alguien te mira desde el sofá, desde la mesa del pub o la oficina, y te convierte de nuevo en delegación diplomática.
Por eso duele un empate contra Cabo Verde de una manera distinta cuando se ve fuera de España. En casa, el disgusto se reparte entre tertulias, barras, cuñados, radios deportivas y grupos de WhatsApp. En el extranjero, en cambio, el tropiezo se concentra. No hay masa que la diluya. Está tu cara. Tu acento. Tu camiseta roja. Tu bagel mordido a medias. Tu amigo amigo argentino intentando animarte, con una cortesía que casi ofende, que “esto es lo que necesitaban.”
Lo de Cabo Verde no es una tragedia, claro. Es fútbol. Y precisamente por eso permite decir algunas verdades sin que parezcan demasiado solemnes. Que ningún país tiene derecho natural a ganar. Que los pequeños también hacen historia. Que los mejores jugadores del mundo no pueden hacer nada ante una pared humana. Que hay una cierta belleza en que un debutante mundialista obligue a una potencia europea a mirarse al espejo y no reconocerse. O reconocerse y saber que la maldición de los cuartos no se rompe con chulería.
Quizá por eso salí de aquel desayuno futbolero menos enfadada que asustada de mi propia expectativa. Habíamos ido a ver una victoria probable y nos encontramos con una lección de escala. Cabo Verde no nos ganó, pero nos bajó de los leones. Y tal vez, para los españoles que seguimos viendo los Mundiales desde fuera, esa sea una forma bastante precisa de justicia poética.