Los nazis como grupo de riesgo
Aparte de ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant es ingeniera de teleco, lo que suele ser una hazaña mayor que superar el Alpe d´Huez sin sudar el maillot. Sin embargo, tengo para mí, que habría cateado en historia. Sus declaraciones de la pasada semana, en las que comparó a los pactos entre PP y Vox con “gobiernos criminales como el de Hitler”, no dejan a mi humilde criterio demasiado bien parada a su perspectiva histórica. La egregia figura de Alberto Núñez Feijóo, que como el gran visir Iznogud sigue queriendo ser califa en lugar de califa, no me remite al frustrado pintamonas austriaco sino que se me antoja más bien un émulo de Neville Chamberlain, aquel primer ministro británico que se tragó que el III Reich se iba a contentar con los sudetes checos y, a partir de ahí, aquí paz y después gloria. Vox, que tampoco es el Partido Nazi quizá porque le falten intelectuales de la talla de Alfred Rosenberg o, sobre todo, Martin Heidegger, no se quedará tampoco en la Consejería de Turismo de la Junta de Andalucía, pasada por la prioridad nacional: si se sustituye la palabra musulmán en sus discursos por la palabra judío, de antaño, la brocha gorda puede asimilar a los abascalistas con Reinhard Heydrich, pero tampoco es eso, tampoco es eso.
Así que no puede extrañarnos que, con la oratoria pedestre que suele exhibir Ester Muñoz, portavoz del Grupo Popular en el Congreso, Su Señoría haya puesto el grito en el cielo porque, a su juicio, se trata de una “estrategia muy calculada y muy medida” por parte del actual Gobierno español para “deshumanizar” a su formación política. Como si llamarle Perro Sánchez al presidente fuera un piropo, enunciado con el artero propósito de que el bloque de la última investidura vuelva a convertirse en el mejor amigo de los votantes.
“Cuando uno llama a nazi a otra persona, lo que quiere es deshumanizarle”, acertó a decir la diputada del PP. Claro que añadió un estrambote pintoresco: “Si a un nazi un día le pegan una paliza en la calle, 'es que era nazi'”. Nunca se me habría ocurrido que los nazis constituyeran un grupo de riesgo de la violencia ideológica. Todos los días, una legión de sin techos, de moros, de gays, de feminazis o de zurdos sale a la calle con bates de beisbol para emprenderla a garrotazos con las pacíficas mesnadas de Devenir Europeo o Alianza Nacional.
Por supuesto que hay cafres con carnet de cafres, para los que Bildu debe ser un partido cipayo. Como los que la emprendieron a mamporros contra un grupo de militares que veía en un bar de Berriozar el partido de la final del Mundial entre España y Argentina. Golpeados con barras de hierro y porras extensibles, no debiera importar demasiado si la paliza se produjo por ser de la milicia o porque uno de ellos llevaba una camiseta neonazi de Núcleo Nacional, que también tendría que hacérselo ver un servidor público, aunque estuviese fuera de servicio. Por ser líricos, aquello fue una cabronada, como cuando los SHARP o cualquier pandilla de antifas de Orce se echan una pachanga de puñetazos con las bandas rivales.
Ya veo las campañas gubernamentales cuando PP y Vox lleguen a la Moncloa: “Adopta a un nazi” o “Pon un nazi en tu vida”, o “Himler también tenía su corazoncito”
Por ello, quizá tenga razón la parlamentaria Muñoz: hay que proteger a los nazis porque podrían encontrarse en peligro de extinción, como el chorlitejo patinegro. De ahí que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado les protejan, acordonando sus actos para que no les agredan sus víctimas habituales, los supuestos seres inferiores por ideología, color de piel, origen, nivel económico, orientación sexual, identidad de género o creencia religiosa.
¿Por qué los agentes protegen a quienes históricamente han perseguido y atacado a los sectores más vulnerables de la población?, se preguntaba recientemente Sergio Gracía en estas mismas páginas virtuales. Quizá porque piensen lo mismo que Ester Muñoz. Ya veo las campañas gubernamentales cuando PP y Vox lleguen a la Moncloa: “Adopta a un nazi” o “Pon un nazi en tu vida”, o “Himler también tenía su corazoncito”. Para humanizarles, pondremos por Reyes a nuestros hijos maquetitas de Mauthausen, que echen humo negro con una tecla; o videojuegos en los que las Olimpiadas de Berlín de 1936 vuelvan a ganarlas los arios, a pesar de Jesse Owens. Urge remasterizar los discursos de Goebbels o de Queipo de Llano y lo mismo ganan el Grammy Latino.
Hay que ser comprensivos con ellos: de ahí, quizá, que la justicia haya condenado a 21 meses a los menores que quemaron a un sintecho y un puesto ambulante en Miranda del Ebro. No vaya a ser que se traumaticen los chiquillos.
Se le atribuye a Edgar Neville la frase de que la España de Franco se estaba volviendo demasiado fascista, incluso para los fascistas. Quizá a eso se refiriese Ester Muñoz, a que los nazis corren el peligro de que, de tanto deshumanizarles, hasta los propios nazis les den la del pulpo.