Vacaciones de verano y otras despedidas
En el último día de clase de preescolar de mi hijo más pequeño, me despedí de las paredes donde mis pequeños han aprendido a estar de pie en fila, a coger un lápiz, a sentarse a la mesa, y a ser buenos amigos.
Cuando uno es niño, junio es un mes de despedidas. Decimos adiós al maestro, a la clase, a los compañeros. Esta semana, al salir el último día de clase de guardería de mi hijo pequeño, Emilio, de 4 años, lloré un poco. El año que viene ya va a la escuela ‘de mayores’, y en unos días nos vamos a ver su ‘aelito’ a España.
Sentimos los dos, quizás yo un poco más, que es una despedida grande, no solo de vacaciones de verano. Emilio está preparado para el siguiente paso en esta carrera que es crecer. Yo, quizás no tanto.
Ya en el coche de regreso a casa, siento el pinchazo en el corazón de la despedida pero me doy cuenta de que esta es una despedida y no la despedida. No la de cuando nos volvamos de vuelta a España, esa vuelta para la que no tenemos planes ni fecha ni maleta, pero que me espera en un rincón de mi mente cada vez que me descuido.
Miro a los míos, de cuatro y seis años, tan acostumbrados a este peregrinaje de 20 horas que hacemos cada verano para ir en julio a Sevilla. No solo no lloran, sino que están a gusto, en sus improvisadas camas de asiento de avión. Ellos saben, tal como lo saben los rocieros, que hay que disfrutar el camino. Yo, todavía, lo sigo aprendiendo
Criar hijos lejos de tu familia y tu cultura de origen es convivir a diario con la sensación de que les están quitando algo: el disfrutar de sus abuelos, tíos y primos. El conocimiento íntimo de la cultura de donde vienen. Y, por qué no decirlo, de vivir una infancia en Andalucía que es mucho más divertida que en Estados Unidos.
Ese día le dijimos ‘adiós’ al bebé para empezar a cuidar al niño. Dijimos ‘hasta luego’ al asfalto, los semáforos y los árboles sedientos cuyas ramas sacude el viento en una esquina. Nos íbamos a España por un mes, pero todavía no nos íbamos.
Ya en el avión, las familias con niños pequeños viajábamos juntas en la parte de atrás. Desde mi asiento, parece un vuelo de niños de todas las edades: desde un bebé de meses a pequeños de dos años que se pasan el vuelo gritando, y niños mayores que llegan a sus asientos sentados sobre maletas motorizadas.
Miro a los míos, de cuatro y seis años, tan acostumbrados a este peregrinaje de 20 horas que hacemos cada verano para ir en julio a Sevilla. No solo no lloran, sino que están a gusto, en sus improvisadas camas de asiento de avión. Ellos saben, tal como lo saben los rocieros, que hay que disfrutar el camino. Yo, todavía, lo sigo aprendiendo.
Nos vamos a Andalucía de vacaciones, pero todavía no nos vamos. Aunque, inevitablemente, cada vez que hago el largo trayecto para volver a mi tierra, de alguna manera ensayo el día que lo recorra por última vez.