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¡Qué mundo el nuestro, injusto de mierda!

22 de enero de 2026 20:39 h

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Volar, reaparecer, coincidir, visitar, esconderte para no volver a verte. No puedo creerlo. No podemos creerlo. Baños, paradas de bus, BlaBlaCar. Avenidas, huertos, ciudades, pueblos, callejuelas, mesas de oficina. Playa, mercados. Barras de bar. Conciertos. En cada uno de esos espacios —o en todos al mismo tiempo—, un mismo día, ella estaba.

Con ella podías coincidir y reír, porque siempre estaba sonriente. Volar, reaparecer, coincidir, visitar, esconderte para no volver a verte. No puedo creerlo. No podemos creerlo.

Una parte de nosotros ha muerto con ella. Y es cierto. Hemos llorado su pérdida como una magdalena. También es cierto. Hemos hecho tantísimas cosas con ella. Eso es mucho más cierto.

Su madre, su padre, su hermana y su hermano. Su sobrino y su sobrina: a vosotros, que sois jóvenes, lucid con orgullo la sonrisa única de Mari Carmen, la bonhomía que siempre la caracterizó, el abrazo siempre cálido que te llenaba por dentro.

Mari Carmen era de esas amigas que siempre estaban ahí. Para escucharte cuando lo necesitabas, para charlar sin reloj, para estar, simplemente. Con ella, una se sentía menos sola. La recordaremos siempre.

No solo por lo que fue, sino por todo lo bueno que nos dejó. De Mari Carmen aprendimos a estar, a escuchar, a arrimarnos sin ruido. Ahora nos toca cuidar eso que ella tenía y hacerlo circular, llevarlo con nosotras, transmitirlo. En esta era tan desregulada e individualizada, contigo aprendimos algo esencial: el arte de oír y de escuchar.

En tu intuición sociológica había un sexto sentido que nos enseñaba a mejorar, a cuidarnos y a relacionarnos mejor con los demás. Esa era tu sociología. La que llevabas dentro. Que esa forma suya de ser se quede entre nosotros, y tenga nombre propio: Mari Carmen Abril.

Sólo nos queda resistir. Resistir a esta pérdida tan injusta, arrimándonos cuando nos veamos tanto o más como hacía ella. Resistir. Arrimarnos. Y flores. Flores, flores y muchas flores.