La política no tiene solo un problema de imagen
Imputaciones, investigaciones judiciales, comisiones parlamentarias, filtraciones y acusaciones cruzadas forman parte de la actualidad política española. Mientras unos denuncian campañas de persecución política y otros exigen responsabilidades, la ciudadanía asiste a un escenario que vuelve a situar la confianza en los representantes públicos en el centro del debate.
Más allá de nombres propios, partidos y campañas de comunicación, estos episodios actúan como un recordatorio de una realidad que muestran las encuestas desde hace años: la profunda desconfianza que una parte importante de la ciudadanía siente hacia la clase política. Lejos de ser acontecimientos aislados, contribuyen a reforzar la percepción de que representantes y representados habitan mundos cada vez más distantes.
Con independencia de la fuente consultada, ya provenga de instituciones públicas o de empresas privadas de investigación, los estudios coinciden en reflejar una percepción persistentemente negativa de la ciudadanía hacia la política en general y hacia los políticos en particular.
Según la IV Encuesta sobre la Calidad de la Democracia en España, publicada por el Centro de Investigaciones Sociológicas el 6 de julio de 2026, el 75,3% de las personas encuestadas está “muy o bastante de acuerdo” con la afirmación de que los políticos no se preocupan mucho de lo que piensa la gente. Asimismo, solo un 20,5% se declara “muy o bastante” satisfecho con el funcionamiento de la democracia en España, frente a un 56,9% que afirma estar “poco o nada” satisfecho.
Ante este diagnóstico, ya no bastan campañas de comunicación en Instagram y TikTok o estrategias orientadas a mejorar la imagen pública. La cuestión de fondo es otra: ¿está la clase política dispuesta a asumir que recuperar la confianza ciudadana exige mucho más que gestionar su reputación?
Como muestra el Gráfico 1, la desconfianza hacia los partidos políticos no constituye un fenómeno coyuntural, sino una tendencia consolidada a lo largo del tiempo. Desde 1996 a 2024, una amplia mayoría de la ciudadanía manifiesta tener “poca o ninguna confianza” en los partidos políticos, alcanzando valores superiores al 70% durante buena parte del periodo analizado. Aunque en 2024 se aprecia una ligera recuperación de la confianza respecto a los años anteriores, el predominio de la desconfianza continúa siendo muy acusado. Más que una fluctuación puntual de la opinión pública, estos datos reflejan un desafío estructural para la calidad de la democracia y para la relación entre representantes y representados.
Ante esta situación, es habitual escuchar diagnósticos rápidos. Se habla de apatía ciudadana, de desinterés por la política o de desencanto democrático. Sin embargo, quizá la pregunta más interesante no sea por qué la gente desconfía de los políticos, sino qué nos está diciendo esa desconfianza sobre la sociedad en la que vivimos.
La desconfianza no siempre es apatía
El malestar ciudadano no debe interpretarse únicamente como un problema. También puede entenderse como una señal de alerta. Cuando una parte importante de la población expresa desconfianza, cansancio, frustración o irritación hacia quienes la representan, está enviando un mensaje. Está diciendo que espera más de la política. Que no acepta determinados comportamientos. Y que no está dispuesta a dar por buenas ciertas explicaciones.
El libro Una mirada sociológica a la vida cotidiana, recientemente publicado por la editorial Síntesis, menciona que este hartazgo tiene una doble lectura. Por un lado, es preocupante porque erosiona la confianza en las instituciones democráticas. Pero, por otro, revela que la ciudadanía sigue siendo crítica, exigente y capaz de cuestionar a quienes ejercen el poder.
Que la gente esté harta de la política no es necesariamente una mala noticia. Significa que sigue prestando atención. Que no traga con cualquier discurso. Que mantiene expectativas sobre quienes gobiernan y legislan. El verdadero problema aparece cuando esa frustración se cronifica y acaba convirtiéndose en resignación, cinismo o indiferencia.
La política que vemos y la política que existe
Cuando encendemos la televisión, abrimos una red social o leemos determinados titulares, la sensación es que la política española vive instalada en una confrontación permanente. Broncas parlamentarias, acusaciones cruzadas, declaraciones altisonantes y enfrentamientos que parecen no tener fin.
El libro La teatralización de la política en España (2024), propone una idea sugerente: gran parte del conflicto político que percibe la ciudadanía es, en realidad, una escenificación. La teatralización adopta formas muy diversas: insultos, descalificaciones, zascas, gestos exagerados, acusaciones personales o intervenciones diseñadas para convertirse en titulares y viralizarse en redes sociales. Todo ello forma parte de una lógica comunicativa que premia la visibilidad y la confrontación.
La paradoja es que, mientras la ciudadanía observa ese espectáculo, una parte importante de la actividad política transcurre por caminos mucho menos llamativos. Negociaciones, acuerdos, transacciones y votaciones compartidas que rara vez ocupan las portadas o los informativos.
Cuando el ruido ocupa todo el espacio, los acuerdos dejan de verse. Cuando el conflicto se convierte en espectáculo permanente, la ciudadanía acaba percibiendo que sus representantes están más preocupados por derrotar al adversario que por resolver problemas.
Por ello, la desafección política se alimenta de una combinación de factores: la percepción de que las instituciones no responden adecuadamente a determinadas demandas sociales, la creciente distancia entre ciudadanía y representantes, y la forma en que la política se comunica, se representa y se consume en la vida cotidiana.
Un malestar que va más allá de las urnas
Cuando esta percepción de distancia se prolonga en el tiempo, la desconfianza deja de afectar únicamente a la valoración de los representantes políticos. Poco a poco, comienza a condicionar la forma en que las personas se relacionan con la política, con las instituciones e incluso entre sí. Sus efectos trascienden el ámbito electoral y terminan proyectándose sobre la convivencia cotidiana.
No es casual que el informe Atlas de la Polarización 2025 mostrara que una parte importante de la población evita hablar de política para no discutir, abandona grupos de WhatsApp por cuestiones ideológicas o incluso rompe relaciones personales debido a diferencias políticas. Uno de cada cinco españoles vivió una discusión fuerte en las cenas de Nochebuena o Nochevieja del año anterior a la realización del informe.
La frustración colectiva puede convertirse entonces en un terreno fértil para propuestas que encuentran en el enfado una oportunidad política. Pero conviene no confundir las consecuencias con las causas. El problema principal no es que existan actores dispuestos a capitalizar el malestar. El problema es que existe un malestar previo que lleva años acumulándose.
Si la desconfianza responde a causas profundas y termina afectando al funcionamiento de la propia democracia, parece difícil pensar que pueda resolverse únicamente mediante campañas de comunicación o estrategias destinadas a mejorar la imagen pública de los representantes. La cuestión de fondo no es cómo parecer más cercanos, sino cómo volver a construir una relación de confianza entre la ciudadanía y sus instituciones.
La credibilidad se construye lentamente. Requiere coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, transparencia, rendición de cuentas y una capacidad real para responder a los problemas que preocupan a la población. También exige una forma de hacer política en la que el acuerdo no quede eclipsado ni por el espectáculo ni por la confrontación permanente sustituya al debate público.
Quizá expresiones como “los políticos van a lo suyo” nunca desaparezcan por completo. Pero una democracia de calidad no puede resignarse a que formen parte del lenguaje cotidiano. La política necesita comunicar mejor, sí. Pero, sobre todo, necesita volver a hacerse de una manera que merezca la confianza de la ciudadanía.