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Si no se me entiende, me lo subtitula

Ígor Rodríguez Iglesias

Profesor del Área de Lengua Española de la Universidad de Málaga —

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Fabián Ruiz, a lo SFDK, ha marcado un gol sociolingüístico con magistral arte: si no se me entiende, me lo subtitula. Ha sucedido después de que RTVE subtitulara a su madre, Chari Peña, hablando como se habla en Los Palacios y Villafranca (Sevilla).

RTVE ha pedido disculpas. Su presidente, José Pablo López, lo ha calificado como “un gran error”. Lo es y muy grave. No es una torpeza de edición, un despiste técnico, una anécdota televisiva más o un intento inocente y fundado por facilitar la comunicación. Subtitular selectivamente a una mujer andaluza activa una lógica histórica de inferiorización: la que convierte una forma andaluza de hablar, sentir y estar en el mundo en algo que debe ser aclarado, corregido o mediado, mientras presenta como natural, transparente y legítima la forma lingüística y cultural asociada a lo castellano y a todo aquello que se le parece.

Hay un filósofo colombiano, Santiago Castro Gómez, que hace años habló de la hybris del punto cero para explicar la constitución del racismo. Esa soberbia o desmesura de quien se constituye en lo que Frantz Fanon llamó zona del Ser es una condición de posibilidad de este tipo de prácticas glotopolíticas. Es una desespacialización lingüística: quien subtituló se cree (absurdamente) en el vacío social y lingüístico; nuestras Charis (en este sentido, cada andaluz y andaluza es aquí Chari), tienen espacialidad. Es glotofobia y es, a la vez, racismo lingüístico, que va más allá de la glotofobia, pues esta no tiene por qué ser estructural y aquel sí lo es. La andalufobia es estructural, constituida históricamente y sostenida institucionalmente.

Esta ideología lingüística y estos y otros pilares que sustentan, como anverso, lo castellanocéntrico y, como reverso, lo andalufóbico, se reproduce a través del sistema educativo, incluido el superior

La base de esa ideología lingüística que lleva a una televisión a subtitular la variedad de la comunidad autónoma más poblada del Estado español siempre la hallamos en los conceptos que la sustentan y que circulan socialmente, empezando por el propio sistema educativo. No diré que aquí es donde está la raíz del problema, porque en mis clases universitarias hay denodados esfuerzos por descolonizar los conceptos y al estar tan normalizados la realidad es que está lo que digo (y lo que muestro con decenas de autorías y con atención a hechos concretos), lo que ya se trae aprendido en niveles preuniversitarios y lo que dice Chat GPT, Perplexity u otros. A veces, siente uno que pregona en el desierto, pero este es otro asunto. Estamos ante herencias conceptuales. El problema está en su plena aceptación, sin la problematización y reflexividad conceptual y metodológica que debe mediar cualquier hecho y concepto científico (en este caso, de lo concerniente a la lingüística, en tanto ciencia del lenguaje, las lenguas y sus hablantes).

Esta ideología lingüística y estos y otros pilares que sustentan, como anverso, lo castellanocéntrico y, como reverso, lo andalufóbico, se reproduce a través del sistema educativo, incluido el superior. Las ideologías lingüísticas que inferiorizan y excluyen representan las diferentes variedades lingüísticas en términos de correctas/incorrectas, normativas/no-normativas, neutras/dialectales, estándar/no estándar, más comprensibles/menos comprensibles, bonitas/feas y ridiculeces por el estilo. Lo penoso es que esto y más se enseña y es recibido como conocimiento, contraviniendo principios fundamentales de la ciencia lingüística cuyas conclusiones saca (sacamos) de los hechos y no de la mera opinión o el gusto, que es de otro orden y aquí no pintan na (subtitulado: nada).

Todas las variedades son funcionalmente correctas. Lo correcto no es de orden social (donde opera lo inadecuado, lo legitimado, etc.), sino de orden gramatical. La gramática (natural y lingüística) es el conjunto de relaciones formalizadas (constantes, estáticas, sistemáticas y abstractas) de unidades con significado. Lo agramatical, pues, no es de orden social sino lingüísticamente clínico. Otra cosa es que, de manera aplicada, el sistema escolar hable de gramática normativa y ponga en valor determinadas relaciones formalizadas frente a otras, en sus formas dinámicas, plenamente comunicativas y concretas, cuestión que no está alejada de lo que aquí criticamos.

El acento neutro no solamente no existe, sino que no es un concepto lingüístico. Es un intruso epistemológico. Nadie habla con acento neutro y mucho menos en el cine, la radio o la televisión

En cuanto a la norma, ningún/a hablante está alejado/a de una norma. Aunque haya quien guste hablar de “la norma” (hipostasiándola: “la norma dice”), lo cierto es que no hay una norma, sino muchas. La norma es lo normal, es decir, lo habitual que de manera situada, interaccional, social e histórica hacen las y los hablantes. Por ejemplo, el (llamado) ceceo de Chari Peña y Fabián Ruiz es norma en su pueblo, como en tantos otros de Andalucía. Y lo mismo sucede con el seseo, el heheo (o jejeo), etc. Todo es norma y no hay nadie alejado de “la norma”, como tan sorprendentemente escucho a veces. En este punto y para completar la explicación, conviene diferenciar la norma lingüística de la norma académica.

Esta última es una descripción de determinados usos de hablantes socialmente privilegiados y funciona como dispositivo de regulación, corrección y legitimación. En términos de Bourdieu y Foucault, pero también de bell hooks, como un dispositivo de poder, de vigilancia y castigo. Nada que ver con la norma lingüística. Por lo tanto, las intervenciones sobre las realidades de los hablantes señalándolas como no normativas o alejadas de “la norma”, estigmatizan, desvalorizan y descapitalizan arbitrariamente en nombre del conocimiento, aunque se opere contra el conocimiento mismo y, peor aún, contra los y las hablantes.

Vinculado a todo esto, otra falacia es la del acento neutro frente a lo dialectal. El acento neutro no solamente no existe, sino que no es un concepto lingüístico. Es un intruso epistemológico. Nadie habla con acento neutro y mucho menos en el cine, la radio o la televisión. Nadie neutraliza su forma de hablar. Lo que hace es cambiar parcial o totalmente de una variedad diatópica a otra. Técnicamente, lxs sociolingüistas críticxs lo llamamos muda lingüística. Además, normalmente, lo expresado está estilísticamente caracterizado, con las entonaciones y silencios (expresivos) propios de la interpretación dramática del doblaje, el cine, el teatro o la publicidad, así como de las entonaciones de las noticias, los reportajes, las retransmisiones deportivas, la radio fórmula, etc.

Así, no existe una variedad hablada que podamos llamar estándar, sino una variedad privilegiada. La variedad estándar o, más bien, estandarizada es la escrita y su dominio es de orden cultural y no natural

Todo está situado, no hay nada neutro. Erigirse como un punto cero es una soberbia ontológica y en términos de ideología lingüística supone aquel proceso de desespacialización lingüística: la persona se cree y dice de sí que habla con acento neutro, que su repertorio léxico es neutro o que su fraseología es neutra. Es una suerte de fantasía con consecuencias sociales para la Otredad de primer orden.

La otra falacia guarda una relación muy estrecha con esta última: la de hablar un estándar o, más soberbio y ridículo aún: hablar el estándar. Insistamos: nadie habla un estándar. No porque sea un ideal ni nada por el estilo. Lo estándar nunca es hablado sino escrito y cualquier sistema de escritura (alfabético, silábico o logográfico) y su ortografía (ya sea la de la RAE, la de Andrés Bello, la propuesta de García Márquez, la EPA o cualquiera de las ortografías de la ZEA, entre otras) es una estandarización en sí para poder cumplir su cometido material: ser producido, reconocido y reproducido. Se estandariza un trazo, que es orden material, gráfico y representacional.

Representa la lengua, pero no es la lengua en sí, y la representa con trazos (letras, logogramas, etc.) para el fin indicado: ser escritos y leídos. Es una tecnología. Pensar en lo hablado en estos términos es absurdo, porque la diversidad es consustancial al hecho lingüístico (y humano y natural) y, además, cuando se pretende una uniformización nunca estamos ante una estandarización, sino ante el privilegio lingüístico de una variedad y, por tanto, del modo de ser y estar en el mundo de sus hablantes impuesto al resto de la sociedad, excluyendo deliberada y arbitrariamente la mayor parte de la realidad lingüística.

En este punto, cabe resaltar que lo que se presenta lingüísticamente como prestigioso no lo es: sencillamente, se privilegia, por razones que nada tienen que ver con lo lingüístico. Así, no existe una variedad hablada que podamos llamar estándar, sino una variedad privilegiada. La variedad estándar o, más bien, estandarizada es la escrita y su dominio es de orden cultural y no natural, como es el caso de lo hablado, que es lo lingüístico per se. Además, lo escrito siempre es posterior a lo hablado y al ser una representación es otra ignorancia epistémica y absurda decir, como también se dice, que hay formas de hablar más cercanas a la escritura. De la fantasía vamos a la paranoia.

En cuanto a lo de más comprensibles/menos comprensibles es otra falacia más. Y burda. No hay variedades más o menos comprensibles. Esto está vinculado con la competencia analítica, el listening. La familiaridad y, por tanto, la exposición y la inmersión respecto de cualquier variedad lingüística hacen posible la comprensión. Por tanto, no tiene tanto que ver con quien habla como con quien escucha. Dicho sencillamente: en su pueblo o comarca, todo el mundo se entiende y quien llega de fuera, no coge ni una.

Se hace más necesario que nunca la creación de un Observatorio de la Diversidad Lingüística y los Derechos Sociolingüísticos en RTVE, que, por lo que he visto en un programa presentado por Iñaki Gabilondo, se dedica a ensalzamientos españolistas de una de las lenguas de España en lugar de cuidar de que la ideología lingüística de la desigualdad

Esta última persona no ha socializado allí, no ha normalizado patrones lingüísticos (fonético-fonológicos segmentales, prosódicos, gramaticales, léxicos, fraseológicos, etc.) y culturales. Tal vez otro tipo de educación social nos ayudaría a interpretar la realidad ajena de otra forma: no hay rarezas, solo otras formas de ser y estar en el mundo, de hacer y decir las cosas, equivalentes a las propias, que se tienen como normales simplemente porque están normalizadas. Vinculado a esto diremos, como en otras ocasiones, que no existen acentos cerrados y que este no es un término lingüístico; puestos a usar conceptos no lingüísticos, estaríamos ante oídos cerrados. Te falta listening, chaval/a.

Por último, tampoco existe eso de acentos feos o bonitos. Las percepciones son subjetivas y no dicen absolutamente nada de los hechos como tales, pero sí mucho de lo que media en tales percepciones.

Muchos de estos pseudoconceptos son herencias del pasado, interpretaciones mediadas por clasismo metodológico, pero también por colonialismo y racismo metodológicos, así como nacionalismo metodológico. Los conceptos no llueven de la nada y nunca se crean de una vez para siempre y en el vacío. Siempre hay que problematizar sus condiciones sociales de producción, que implican la autoría, su trayectoria intelectual, su lugar de enunciación, el contexto y los hechos a partir de los cuales son producidos, la metodología, entre otros. Que estén generalizados e incluso admitidos por consenso solo los legitima en lo político del asunto, pero no los hace operativos como tales para el fin primero y último de la ciencia (en este caso, lingüística): describir y contribuir a la igualdad y la justicia social (es decir al bien de la humanidad).

Se hace más necesario que nunca la creación de un Observatorio de la Diversidad Lingüística y los Derechos Sociolingüísticos en RTVE, que, por lo que he visto en un programa presentado por Iñaki Gabilondo, se dedica a ensalzamientos españolistas de una de las lenguas de España en lugar de cuidar de que la ideología lingüística de la desigualdad, mediada por ignorancias epistémicas como las señaladas, no jerarquice a las personas y sus grupos. La disculpa está bien, pero la inacción para que no vuelva a suceder nunca más hace a la institución cómplice y responsable de contribuir a la injusticia sociolingüística y de reproducir y reforzar las ignorancias señaladas.