Lola Pons: “El silencio es hoy un lujo, porque la introspección cada vez nos da más miedo”
A Lola Pons (Barcelona, 1976) le vino la idea de escribir un libro sobre el silencio mientras visitaba, hace tres años, la cueva de Ardales, en Málaga. Venía de comisariar el Año Nebrija y el cuerpo le pedía una pausa. “El silencio me encontró y yo lo encontré en ese ámbito subterráneo”, recuerda. “Y a partir de ahí, sin ninguna obligación, quise probar si tenía muñeca como para sostener un tono narrativo similar al que uso en los medios, pero que superara las 820 palabras. Y salió, claro”.
El resultado es El dedo en los labios (Taurus), un amenísimo ensayo sobre el silencio en la historia de la lengua cuya salida a la luz coincide con la publicación de otros libros en torno a este fenómeno, como El libro blanco de Vicente Luis Mora, Nuestros silencios de Laurence Joseph o ¡Silencio!, de Pedro Bravo. “Silencio es lo que no tenemos, y, paradójicamente, no paramos de hablar de por qué debemos tenerlo. En la lengua se ha trabajado mucho el silencio, desde el punto de vista del español o de las lenguas actuales, desde un punto de vista sincrónico, para estudiar el silencio como estrategia conversacional, como análisis del discurso, en las locuciones políticas, y también libros ponderativos, elogios al silencio... Pero desde un punto de vista de la lingüística histórica, no había ninguna fuente material para estudiarlo”.
Así, la catedrática de la Universidad Hispalense se dispuso a acometer “una investigación previa, propia, muy original, en la que cada palabra me iba contando un poco, me las iba encontrando un poco por el camino, y eso me ha permitido trabajar con una mente muy abierta sobre refranes, toponimias y también sobre palabras del léxico común”, para descubrir que el silencio, “igual que los gestos, el marcar la ceja o la mirada, es un elemento lingüístico, es parte de nuestra lengua. Por eso, la lengua no ha dejado nunca de crear palabras para nombrar los silencios”.
Del teatro al deporte de masas
Por ello, en la primera parte del libro, titulada Pido silencio, Pons comienza indagando en los distintos significados del silencio según las lenguas y sus contextos. “Un caso muy claro es cómo reaccionamos ante una petición de matrimonio, donde el silencio es un no o un sí, según la cultura en la que uno se encuentra. Ese es el marco del libro para decir que físicamente la ausencia de palabras es un fenómeno universal, nos callamos de la misma manera, pero, ¿qué valor le damos a eso? Tiene una lectura histórica cambiante, por eso era interesante mirar hacia atrás en nuestra propia lengua y observar el silencio como una ventana a nuestra propia historia. Es un libro de lengua, porque yo soy filóloga, pero sin yo quererlo se terminaba convirtiendo en una especie de historia cultural de quienes hemos sido como sociedad”.
La segunda parte, Me callo, describe el viaje de la palabra silencio, desde el entorno religioso hasta que sale de él e ingresa socialmente. “Hay cosas que nosotros damos por hechas y que no lo son. Por ejemplo, que al llegar a un aula un profesor diga ‘silencio’ y lo pida así, de manera exhortativa, con ese sustantivo, eso como acto de habla, que es como se llamaría técnicamente, se hace así desde el siglo XVI; antes no se hacía. ¿Cómo se haría? Pues se haría llevándose el dedo a los labios o diciendo ‘shhhhh’”.
“En esa petición de silencio explora, a partir de la palabra silencio, otros fenómenos como, por ejemplo, los silencios situacionales”, prosigue Pons. “Nosotros hoy asociamos el teatro, por ejemplo, al silencio del público. Antes no ocurría así. Y eso no solo lo sabemos por las descripciones que hay en las propias obras de teatro, el comportamiento del auditorio, sino porque la combinación ‘silencio-teatral’ se documenta en los textos tardíamente. Una vez que el auditorio se queda callado y el teatro empieza a ser un espectáculo donde solo hablan los que están a un lado, los que están subidos en el escenario, parece que surgen, como especie de fenómeno de vasos comunicantes, otros fenómenos de espectáculos de masa donde sí, como espectador, puedes gritar, puedes hacer sonido. Me refiero, por ejemplo, a los deportes de masa, que por definición no son silenciosos, salvo el tenis y pocos más”.
Sin huella en los mapas
El siguiente apartado, Se callan, parte del capítulo del Vizcaíno en El Quijote. “Muestro cómo nos comportamos ante el silencio de los lugares. Por ejemplo, el silencio de la noche. El silencio que nosotros advertimos en espacios abiertos, cuando vamos al campo. El silencio de la ciudad y el ruido de la ciudad. Hay hechos interesantes como que, por ejemplo, el silencio se suele acompañar de adjetivos positivos de manera casi exclusiva hasta el siglo XVII. A partir de esa fecha se incrementan las combinaciones de silencio con adjetivos negativos. Se nota a partir del XIX, con la revolución industrial, donde ya se observa que hay un silencio ominoso. Un silencio que puede venir de la explotación, de la alienación de las personas”.
También se ocupa Pons de la ausencia del silencio en los mapas. “La toponimia codifica muchos elementos sensoriales, pero no codifica el silencio. De hecho, la que hay es absolutamente sospechosa. Si te encuentras una urbanización que se llame Silencio Dorado o Costa Silencio, ese topónimo tiene seguramente tres días y lo ha creado alguien en una oficina de venta de pisos. El silencio no deja ninguna huella en los mapas frente a otros elementos de nuestra naturaleza”.
“Es también en ese capítulo donde se observa cómo a veces la lengua, como hablantes, tendemos a ser obsesivos”, agrega Pons. “El mismo animal, el grillo, que utilizamos desde la ficción de Pinocho para hablar de Pepito Grillo, tu voz de la conciencia que no se calla, se utiliza hoy en redes sociales para decir que me han hecho ‘cri-cri’, lo que los ingleses llaman cricketing, si no me contestan a un mensaje de petición de algo. Le dije a lo que viniera y ‘cri-cri’, me dejó escuchando los grillos.
Silencio imposible
Y están, cómo no, los grandes silencios de la literatura, el más famoso de los cuales es “de cuyo nombre no quiero acordarme”, pero hay muchos más. “Veamos cómo en la literatura se ha utilizado, como forma de reflejar una especie de silencio evocador, los puntos suspensivos. Son muy modernistas, incluso han llegado hasta la parodia. Se parodiaba el punto suspensivo como propio de una lírica demasiado desmayada”.
Cuando se le pregunta por el silencio imposible de las redes, del scroll infinito, Pons subraya que “el silencio se ha ido estrechando tanto que en este momento es un lujo. De hecho, muchas personas lo compran como experiencia en forma de retiro de silencio. Y se juega mucho con el silencio, de forma que el lujo es elegir cuándo se quiere hablar. El verdaderamente famoso, el verdaderamente adinerado es el que puede permitirse el silencio en redes o no tenerlas, por ejemplo. Se ha vuelto un lujo porque la introspección cada vez nos da más miedo”.
El verbo 'silenciar'
Y la IA, ¿qué tiene que decir del silencio? “Me provoca mucha hilaridad porque veo que la pobre no sabe estarse callada”, asegura Pons antes de comentar el capítulo siguiente, Me callan, que “trata del silenciamiento a cualquier colectivo, el silenciamiento a las mujeres, el silenciamiento en la dictadura... Es interesantísima la modernidad del verbo silenciar, que es un verbo que tiene apenas un siglo en nuestra historia léxica. Eso es muy poco tiempo para la historia de una lengua, pero está profundamente arraigado. Está muy bien modelado metodológicamente. Y me demoro en la fuerte asociación que hay en España del ‘no te signifiques’ y el franquismo. Es muy llamativo, porque literalmente lo que te está diciendo es ‘no seas una palabra’. Las palabras son los elementos que, por definición, se dedican a eso, a aportar significado. Todo ese refinamiento manipulador que ha venido del lenguaje político ha retorcido qué significa el silencio”.
“También es interesante ver cómo desde el léxico de la religión de la Edad Media hasta el siglo XX hemos crecido exponencialmente en toda la terminología sociológica del silencio”, apunta. “Eso tiene que ver con que nos hemos convertido en una sociedad democrática donde la toma de palabras y, por tanto, el diálogo que establece esta con el silencio propio y ajeno es importante”.
Por último, Lola Pons espera que el fruto de su trabajo “no caiga en silencio. Creo que, igual que se puede describir una historia del mundo hispánico a través de cómo comemos, porque no comemos ahora igual que hace cinco siglos, o cómo vestimos, también se puede definir una historia de la cultura hispánica a través de cómo nos hemos comportado léxicamente con el silencio. Este es un libro exigente. Un libro para lectores. Un libro que exige silencio e introspección”.