O… ya estamos en el Apocalipsis
La historia se repite o al menos rima. El verdadero cambio de ciclo en el siglo XX se precipitó tras el crack de 1929 y llevamos camino de que en el XXI el punto de giro sea también en esta década de los veinte. Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo asoma la cabeza con inquietud. Estamos en los albores de la incierta revolución que activa la Inteligencia Artificial, las fuentes de energía tradicionales se agotan exprimiéndonos, el orden internacional ha saltado por los aires, la democracia liberal está cuestionada y amenazada por crecientes autoritarismos, las plagas naturales nos desbordan con un planeta en jaque mate, la gente se siente más neurodivergente que nunca… El lema punk 'No future' campa en un paisaje afterpunk de 'Mad Max' que también afecta a los horizontes intelectuales. Tenemos más medios que nunca y más miedo, inseguridad e incertidumbre que en toda la historia. No sé si es el apocalipsis, pero se huele.
Con nuestro olfato, más o menos afinado, vamos a intentar descifrar los signos de este desconcierto. Para ello vamos a recurrir a la literatura, la filosofía, el arte, el cine, la ciencia y todas las herramientas que nos sirvan para arrojar algo de luz en este túnel hacia no se sabe dónde. Más que nunca necesitamos escuchar, auscultar, seguir pistas, entender, reflexionar… Somos esclavos del clic, de la acción rápida, del airado tuit, del último titular, de la reacción vesánica… y lo que realmente necesitamos es parar máquinas, mirar el mundo, redescubrirlo: es hora de contemplar y pensar.
El 'Libro del Apocalipsis' está repleto de sonidos estridentes, voces colectivas y estruendos, un síntoma que hoy nos cerca por doquier y exponencialmente, en alianza con la hipertrofia de imágenes que ya no encuentran cobijo ni en los centros de datos multiplicados al infinito con huella ecológica. En el citado texto bíblico la banda sonora era la de los veinticuatro ancianos que tañían el arpa ante el trono del Creador, hoy día es un chafarrinón globalizado y omnipresente, pero donde Dios parece estar ausente, quizá porque ni él soporta esa fanfarria infernal. Así es difícil pensar.
'El Apocalipsis' enumera los signos que anuncian el “principio del Fin”: los siete sellos que irrumpen cuando el Cordero abre un libro sagrado. El primer sello cobra forma en un caballo blanco (como el de Santiago), que representa la conquista y el surgimiento de falsos líderes (el Anticristo); el segundo es un alazán cuyo pelaje bermejo emblematiza la guerra y la pérdida de la paz global, el tercero asocia su color negro a la hambruna y el colapso económico, el cuarto équido amarillo alude a los exterminios provocados por epidemias. El quinto sello es el clamor de los mártires que demandan justicia y el sexto sugiere un gran cataclismo cósmico donde el sol se oscurece y la luna se torna roja como la sangre. Poco después desgrana el texto otras advertencias finales a través de las Siete Trompetas y Copas que abundan en la destrucción ecológica y las plagas y enfermedades en un mundo ya sentenciado.
Juzguen ustedes hasta qué punto hay paralelismos con lo que vivimos hoy. Con el agravante de que ahora no tenemos horizontes salvíficos: no se vislumbra ningún Cordero místico y, a diferencia de la Jerusalén Celeste, la terrestre actual es un verdadero apocalipsis sangriento y genocida. Este es nuestro marco, y ante tanta trompetería lo mejor es retirarse un poco, buscar silencio y meditar para encontrar las claves profundas de la actualidad, de lo que acaece. Es a lo que pretenden estos artículos: llamar a la inacción reflexiva para incentivar la verdadera acción.