La autora que defiende que la izquierda necesita la meritocracia para construir una sociedad más igualitaria
Hablar de meritocracia pasa por pensar en conceptos como oportunidades, igualdad, salario y reconocimiento. Sin embargo, hay otra forma de razonar en torno al ideal meritocrático: su perspectiva colectiva, como forma de estructurar de la forma más eficiente y justa la sociedad. Eso es lo que defiende Jahel Queralt, profesora de Filosofía Política en la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y autora de 'Nadie merece nada. Por qué la izquierda necesita la meritocracia' (Anagrama, 2026). También explica por qué no se debe moralizar el éxito, si la meritocracia dictamina el salario y hasta qué punto hay que tener en cuenta la genética en la búsqueda de la igualdad.
La autora, especialista en justicia distributiva, apunta en su ensayo que la meritocracia no va tanto de voluntad individual como de ingeniería institucional, de cómo debemos diseñar las reglas para que todos tengamos las mismas oportunidades aun partiendo de contextos y realidades diferentes.
Esta forma de entender el principio meritocrático combina dos exigencias. Por un lado, la eficiencia: que cada puesto sea ocupado por el candidato mejor preparado. Por otro, de justicia: que cada cual haya tenido la oportunidad de convertirse en el mejor candidato que sus capacidades le permitan ser. “Para mí, la meritocracia es una forma de asignar posiciones, trabajos y oportunidades según las capacidades de cada individuo”, resume la pensadora.
Queralt enfatiza que aquellos que denuestan la meritocracia lo hacen tras realizar una “unión interesada” con el capitalismo. Sin embargo, su tesis apunta que el ideal meritocrático puede existir tanto en sociedades socialistas como capitalistas. Es aquí donde despunta una de las principales ideas que la docente universitaria aborda en la nomografía, pues analiza la meritocracia desde la perspectiva ciudadana y social. Según explica a elDiario.es, “siempre pensamos en los que compiten, en los que se juegan el puesto, pero yo quiero pensar en la sociedad. La meritocracia tiene que ver con quién puede hacerlo mejor para los demás”. Así lo reitera en el libro: “La cuestión de quién merece un puesto es, en realidad, la de quién lo puede hacer mejor para el resto”.
No solo se trata de comentarios abstractos. Poner en práctica la idea que defiende Queralt supondría que aquellos conocidos como “enchufados” no ostentaran puestos de responsabilidad por ser quienes son, o tener el parentesco que tengan con otro alto cargo, sino por sus conocimientos. Especialmente grave es lo que ocurre cuando esto sucede con mandos de áreas de emergencia y sanidad, donde lo que hay en juego son vidas humanas.
Moralizar el mérito técnico
La profesora de Filosofía Política aprovecha la ocasión para discernir entre el mérito técnico y el mérito moral. Mientras el primero alude a las competencias adquiridas por una persona para desarrollar unas funciones laborales, el segundo está ligado al elogio, el prestigio o la recompensa que se asocia a que alguien haya desarrollado el mérito técnico. “Tenemos que desaprender todo ese discurso moralizante en torno al mérito y evitar el relato de ganadores y perdedores. Aquí no hay gente que elige bien o mal, que se esfuerza más o menos, porque la realidad depende muchísimo más de factores que no elegimos”, sostiene.
El ejemplo que utiliza es claro. Una violinista es mucho mejor que otra. Si necesito montar una orquesta, elegiré a la mejor. “Ahora bien. Resulta que esta violinista ha nacido con un oído excepcional, en una familia de músicos, con acceso a instrumentos desde pequeña y excelentes profesores. No es que la otra no se haya esforzado”, expone. De ahí que la solución que propone la autora sea “admirar el talento, simplemente, cultivarlo, recompensarlo, disfrutarlo, pero no moralizarlo”.
Mérito, trabajo, salario
La cuestión de los salarios es uno de los aspectos más relevantes del ensayo que presenta esta profesora de la UPF. Antes de todo, una premisa: “La meritocracia no define cuánto se paga ni por qué”. Ahí queda el caso del empleo público, donde se realiza una selección meritocrática, pero el salario no lo define el mercado. “Y la meritocracia tampoco dice en absoluto que alguien que merece un puesto merece también moralmente todo lo que el mercado está dispuesto a pagar por su salario”, advierte.
Esta identificación entre mérito, trabajo y salario es interesada y el motivo por el que la meritocracia “ha cambiado de bando”, expresa Queralt en referencia a la apropiación que la derecha ha hecho sobre el mérito. “La meritocracia, por su propia exigencia fundamental de que todo el mundo pueda desarrollar sus capacidades, exige limitar la desigualdad salarial”, opina. Si existen unas diferencias extremas de ingresos, esas diferencias permiten comprar ventajas educativas y redes de contactos para las nuevas generaciones, lo que termina destruyendo la igualdad de oportunidades.
Así pues, unos salarios mínimos adecuados, la fiscalidad progresiva y límites a las desigualdades salariales son formas de proteger la meritocracia. Solo así se logrará una igualdad de oportunidades que no se vea afectada por la desigualdad económica desde el punto de partida.
La genética como desigualdad
Queralt no rehúye debates incómodos en torno a la igualdad y las capacidades de los individuos. Un capítulo de 'Nadie merece nada' va dedicado a la genética que presenta cada persona y hasta qué nivel pueden ser, son y deben ser incapacitantes. Si la izquierda y el progresismo siempre han tenido en cuenta las desigualdades sociales para aplacarlas y así hacer realidad el sueño de una sociedad más equitativa, no ha sucedido lo mismo con las desigualdades biológicas, defiende la autora, que aparecen mucho antes que cualquier socialización en un entorno determinado.
“Cada vez tenemos más conocimientos sobre el impacto del ADN en la vida de las personas y no podemos seguir haciendo como si toda la desigualdad procediera del componente social”, apunta. Ilustra su postulado con la obesidad, a la que “no solo se debe analizar desde la crítica a la gordofobia ni los desfiles de lencería, que también, sino sabiendo que hay personas con mayor propensión a ella”. Tal y como refleja en su escrito, “el determinismo genético convierte la genética en destino, pero el negacionismo genético la convierte en tabú”.
No solo es la obesidad, también la predisposición a las adicciones o a los trastornos mentales, realidades todas ellas que interfieren a la hora de conseguir un trabajo para quienes las sufren. “Lo peor es que si no reconoces la genética como principio determinante, das pie al discurso culpabilizador de la derecha, que piensa que hay gente débil de carácter, sin fuerza de voluntad o que teniendo los medios no consigue sus objetivos. Parece que todo es culpa de la sociedad o del individuo, cuando aquí no hay culpables”, desarrolla.
La escritora propone abrir el debate con valentía y sin miedo ni histeria. Ella quiere ir a la raíz y hacerlo, incluso, por las propias personas que sufren esta desigualdad, quienes verían una lectura social más acorde a su situación. Queralt detalla que la selección de embriones según marcadores poligénicos ya sucede en algunas partes del mundo. “Si esto lo demonizamos, se quedará como algo al alcance de unos pocos, que son los ricos. No hay que dejar de lado las desigualdades sociales, pero están estas otras, y hay que encararlas también desde la izquierda”, recalca.
La misma experta en justicia distributiva lo apunta en su ensayo. La meritocracia nos ha permitido defender una igualdad de oportunidades elemental durante siglos, y oponernos a los privilegios basados en la sangre, el sexo y la raza. Queralt, en unas 120 páginas, consigue responderse a sí misma la pregunta que abre el ensayo. Con estas palabras condensa la respuesta: “La izquierda necesita a la meritocracia porque es el principio esencial de la organización eficiente y justa de la sociedad”.
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