Cambio
Se dice, en ocasiones, que las personas no cambian. Hay casos, en efecto, que lo evidencian. Pero también los hay que demuestran lo contrario. Uno tiene que agarrarse a estos últimos para no caer en una visión mezquina y conformada de la vida. La idea de cambio tiene una aureola de misterio y de progreso, pero también sabemos que en ocasiones se cambia a peor. Incluso entonces el cambio es dinamismo.
Hay casos, en efecto, que lo que evidencian es que el cambio es inevitable. Cambia nuestro cuerpo, nuestras ideas. Cambian las cosas que nos gustan. Son lentos los cambios. O adquieren velocidades supersónicas. Se dice que, como mucho, cada diez años cambian todas nuestras células. Por eso, constantemente somos otro. Somos fantasmas que existimos y a la vez somos fuego. Aire. Y a veces no encontramos “una sola mirada en los espejos –lo escribió Miguel Labordeta– que me diga quién fui yo”. Aire y fuego fui. Soy.
Es el cambio lo que nos mantiene vivos, lo que nos hace resistir. Somos animales con capacidad de adaptación.
Pienso –ojo– en todo esto leyendo una pequeña colección de cinco cuentos de Jesús Moncada, quien estudió precisamente en el colegio de los Labordeta. Se han agrupado bajo el título de Cinc vells (aunque a mis hijos les digo que hay que decir “personas mayores”). Los publica Cal Carré, que se presenta así: “Éramos una charcutería, ahora somos una editorial”. Pocos ejemplos mejores para hablar de cambios. Pocos negocios habrá más hermosos. Charcutería y editorial. Que este cambio haya sido a mejor o a peor es algo que dejo –my dear friends– a vuestro criterio.