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Aquello que hicimos y hoy sabemos que importaba

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Hay experiencias que no se comprenden del todo mientras se viven. Quedan suspendidas en una especie de presente continuo, hechas de urgencias, decisiones rápidas y una intuición que apenas alcanza a nombrarse. Sólo con el tiempo —cuando baja el ruido y se ordena la memoria— adquieren forma, sentido, incluso belleza. A mí me ha pasado con aquella primavera de 2016 en la que comenzamos el proceso de participación ciudadana para la elaboración de la primera ley de igualdad aragonesa.

Entonces no lo sabía. O, al menos, no con la claridad con la que hoy lo puedo decir. Éramos muchas personas, más de cien entidades, instituciones, profesionales, expertas, feministas, empujando en una misma dirección. Casi cuatrocientas aportaciones que no eran sólo documentos, sino voces, trayectorias, miradas sobre lo que Aragón necesitaba ser en materia de igualdad. Había algo profundamente democrático —y también profundamente humano— en aquella forma de construir. Pero en aquel momento lo inmediato ocupaba todo el espacio. Como decía Mafalda, “lo urgente no siempre deja paso a lo importante”. Y nosotras estábamos, sobre todo, resolviendo lo urgente.

Llegué al Instituto Aragonés de la Mujer con apenas veinticinco años. Con más incertidumbres que miedos. Hoy, diez años después, diría que tengo más miedos y menos incertidumbres. Quizá porque entonces no sabía todo lo que podía salir mal. Quizá porque la inconsciencia —o esa forma luminosa de no saber del todo— también protege. O quizá porque la responsabilidad pesa distinto cuando se mira hacia atrás.

No sé si he sabido nombrar alguna vez lo que supuso para mí ocupar aquel lugar. La confianza depositada, el vértigo de decidir, la necesidad de sostener equipos en medio de una tarea que no siempre era visible, pero sí profundamente transformadora. Aprendí rápido —a veces demasiado rápido— y me equivoqué, claro que me equivoqué. Pero también acertamos. Y eso, con el tiempo, se vuelve importante.

Porque hay algo que entonces no éramos del todo conscientes de estar haciendo: dejar impronta. No en el sentido grandilocuente que a veces se le da a esa palabra, sino en algo mucho más sencillo y, a la vez, más profundo. Estábamos contribuyendo a fijar un marco, a ordenar prioridades y a reconocer derechos. A decir —de manera colectiva— que la igualdad no era un gesto ni una aspiración, sino una política pública que debía sostenerse en el tiempo.

Recuerdo especialmente ese proceso de participación. La escucha, a veces incómoda; el contraste de posiciones; la riqueza de quienes venían de lugares distintos y, sin embargo, compartían un diagnóstico de fondo. No fue un proceso perfecto —ninguno lo es—, pero sí fue honesto. Y eso, en política pública, no es poco.

Con los años he entendido que aquella experiencia fue única. No sólo por su dimensión técnica o institucional, sino por lo que supuso en términos personales. Crecer en responsabilidad, aprender a decidir sin certezas absolutas y sostener la duda sin paralizarme. Y, sobre todo, confiar. Confiar en los equipos, en el criterio compartido y en la inteligencia colectiva.

A quienes confiaron en mí entonces, incluso cuando yo misma no tenía todas las respuestas, sólo puedo responder con gratitud. A quienes creyeron en mi criterio, aun sabiendo que estaba en construcción. A los equipos que me acompañaron —y que hicieron posible mucho más de lo que se ve—, gracias por sostener, por empujar y por estar. También a mis errores, que me obligaron a aprender sin atajos. Y a esos aciertos, pocos o muchos, que hoy puedo reconocer sin necesidad de exagerarlos.

A veces pienso en esta ley de igualdad aragonesa como en una obra que nunca se termina del todo. Una estructura que necesita ser habitada, aplicada y defendida. Ojalá dure muchos años. Ojalá siga siendo útil. Ojalá quienes la trabajen dentro de otros diez, de otros veinte años, puedan decir que ahí hubo algo que mereció la pena.

Yo, al menos, hoy lo sé. Aunque entonces no lo supiera.