El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon.
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Hay momentos en los que una siente que el mundo se ha cansado de avanzar. Que de pronto algo —o muchos “algos”— han tirado del freno de mano de la historia. Y en ese chirrido, en ese retroceso, empiezan a resquebrajarse las certezas que creíamos sólidas: los derechos conquistados, los discursos asumidos y los pasos dados.
Vuelvo a leer estos días un fragmento de 'Mujer en punto cero', de Nawal El Saadawi. La protagonista, Firdaus, encerrada en una celda de condena, dice: “Nunca he sentido miedo a nada. Solo a volver al principio”. Y eso es, exactamente, lo que muchas sentimos hoy. Que nos están empujando, poco a poco, con una sonrisa ambigua y muchas excusas, de vuelta al principio.
Y no, no es exagerado. No es histeria. No es victimismo. Es la constatación de un giro que ya no se disfraza de equidistancia. La reacción está aquí: organizada, legitimada y mediatizada. Se dice “antifeminista” con la misma tranquilidad con la que, hace unos años, alguien se decía “apolítico”. Como si no afectara a nada. Como si fuera sólo una cuestión de opiniones.
Pero no hablamos de opiniones. Hablamos de vidas. De las vidas de millones de mujeres en el mundo que hoy están viendo retroceder sus derechos. Según datos de ONU Mujeres, uno de cada cuatro países ha dado pasos atrás en legislación y políticas de igualdad. No hablamos de lugares lejanos o distantes: hablamos de Europa, de Estados Unidos, de nosotras. Hablamos de una regresión que no necesita violencia explícita, porque tiene algoritmos, bulos y votos.
Aquí, en España, y también en Aragón, el retroceso es más sutil, pero igual de eficaz. Se desfinancian políticas públicas con la excusa de la eficiencia. Se eliminan consejerías de Igualdad como si fueran un capricho ideológico. Se borra la palabra “violencia machista” de los portales institucionales. No se prohíbe, pero se arrincona. No se niega, pero se minimiza.
Y mientras tanto, las cifras siguen hablando claro. En lo que va de año, 45 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en España. 1.324 desde que empezaron a contarse oficialmente, en 2003. En Aragón, la brecha salarial entre hombres y mujeres supera el 24â¯%. Las mujeres siguen copando los contratos a tiempo parcial, las excedencias para cuidar, los suelos pegajosos. Las tareas invisibles que sostienen el mundo.
Pero el dato más difícil de digerir no es numérico. Es emocional. Es esa sensación de haber despertado un día en un país que ya no reconoce del todo la legitimidad de nuestra lucha. Ese escalofrío de saber que el machismo ya no se esconde: se presenta a las elecciones, entra en las aulas, se disfraza de libertad de expresión.
Hannah Arendt escribió que “el mal puede ser banal cuando se convierte en rutina”. El machismo también. La reacción también. No necesita héroes, ni mártires. Le basta con el cansancio. Con el “bueno, tampoco es para tanto”. Con el silencio cómplice de quienes no quieren salirse de los márgenes de lo establecido.
Lo que está en juego, y conviene recordarlo, no es sólo el derecho al aborto o a una ley que nos proteja de la violencia que sufrimos por el hecho de ser mujeres. Es algo más profundo: el derecho a existir en igualdad sin tener que justificarnos cada vez. A vivir sin miedo. A que nuestra palabra no necesite pruebas. A que la política, la justicia, la cultura y la calle no estén hechas por y para otros.
Lo que está en juego es nuestra libertad de ser sin pedir permiso. En el sentido estricto y humanista de la palabra “libertad”, que en este momento únicamente ese aplica al capital y al individualismo más feroz.
Y, sin embargo, en medio de todo esto, hay algo que no se deshace: la conciencia. Esa lucidez dolorosa pero fértil que nos dio el feminismo. Porque el feminismo no fue sólo una revolución política. Fue una revolución del lenguaje, de la mirada, del cuerpo. Nos enseñó a pensar que la culpa no era nuestra. A darnos cuenta de que no estábamos solas. A ponerle nombre a la violencia.
Y una vez que le pones nombre a las cosas, ya no hay marcha atrás. Como escribió Clarice Lispector: “Cuando descubres lo que duele, también descubres cómo resistir.”
En Aragón lo sabemos bien. Desde hace años, el tejido feminista ha crecido de forma silenciosa pero sólida. En las zonas rurales, en las universidades, en los centros sociales, en las instituciones. Hay colectivos que trabajan contra la violencia machista, contra la trata, por una educación igualitaria. No siempre salen en los periódicos. Pero están ahí, cada día, sosteniendo el andamiaje de la esperanza.
Porque esto también hay que decirlo: si la reacción es una ola, el feminismo es una raíz. Y las raíces no se ven, pero aguantan. Saben esperar. Saben defenderse.
No se trata de heroísmo. Ni de épica. Se trata, simplemente, de no retroceder. De seguir estando. De seguir diciendo. De seguir creyendo que el mundo puede ser más justo si lo empujamos juntas.
Volver al principio sería una derrota demasiado alta. Y esta vez, no estamos dispuestas.