Pequeña búsqueda de la belleza
Empecé a decapar ese mueble sin saber que cuanto más desnudo y desvalido estuviera más me iba a enamorar de él. Ponerse a restaurar un mueble antiguo es como comenzar un idilio amoroso. La relación, que seguro no durará dos días, echa a andar con ilusión y energía. La propia madera te obliga a ir manteniendo el equilibrio entre querer controlar la situación y dejarte llevar por lo que vas viendo. No tendrás ojos ni mente para otra cosa. Memorizarás cada veta, cada fallo y, aun así, caerás rendida ante su belleza mientras buscas la perfección lijando y acariciando esa madera que te ha robado el tiempo pero también, de algún modo, el corazón.
Esa cómoda llegó a mí por casualidad. La creó de la nada alguien a quien, como diría mi madre, ya no le duele la cabeza. De la nada y con la nada, porque bajo la apariencia de un mueble noble con una elegante decoración solo había un esqueleto de maderas distintas, tablas de cajas y trocitos de cartón para los detalles. Todo estaba cubierto con esa capa de ingenio que mezclaba pintura y barniz para darle lustre a cualquier madera humilde.
Recordé la historia del mueble hace unos días al visitar el taller de ebanistería de la Fundación Federico Ozanam, en Zaragoza. Nada más entrar vi un taburete que llamó mi atención. La forma de las patas, el ensamblaje perfecto e invisible, el color inmaculado. Lo acaricié en cuanto pude. No lo pude evitar. Es un efecto reflejo para quienes amamos la madera y los materiales nobles. En ese taller Iñaki y Valero enseñan a moldear la madera, el carácter y la vida. Personas de distintas edades, procedencias y circunstancias aprenden un oficio con la idea de encontrar un trabajo.
En los talleres de Ozanam se cultiva la dedicación, la delicadeza, la atención, la constancia, la perseverancia y el respeto. Son valores que hacen aflorar vocaciones. Y si sabes mirar, eso se ve al primer golpe de vista en un sencillo taburete de madera. Federico, alumno de Mr. Valero –como les gusta llamar al maestro– ya ha sentido esa llamada y la madera será su futuro. Ojalá mientras se labre una carrera no olvide el valor de la belleza. Ese bálsamo espiritual que podemos aportar desde lo material y que parece tan olvidado en los últimos años.
¿Cuántos edificios nuevos te has parado a admirar por su belleza? ¿Qué objetos hay en tu casa que puedas describir con pasión? ¿Qué tiene que contar lo que llevas puesto? ¿Qué vamos a dejar a quienes vengan tras nosotros? Esa cómoda que veo cada día en el punto de fuga del pasillo cuando entro en casa llegó a mi de la mano de mi tía Eli. Una huella más que añadir a su apasionante y ajetreada vida.
Ojalá quien dedicó tanto empeño a crear este mueble sencillo y convertirlo en una pieza elegante a base de cariño y trabajo supiera que su obra iba a tener más vidas y que ahora, desnuda, ocupa un lugar de honor en la casa de alguien que aprecia realmente su dedicación. Alguien que no ve allí un mueble sino un altar a la sublimación de la belleza.