Seis grados
No vengo –ahora que parece que llega la primavera– a hablar de fríos y meteorologías. Que se queden las conversaciones de ascensor para el invierno.
Con lo de los seis grados me refiero a la teoría que sostiene que esa es la distancia máxima que nos separa de cualquier otra persona del mundo. Es decir, que entre Putin o Netanyahu y usted hay –como mucho– una cadena de cinco personas. Por un lado, da miedo. Pero la verdad es que hay otras veces en que nos sobran dos o tres intermediarios.
Esta teoría de los grados se aplica, en cierto modo, a partir de una lógica espacial. Sin embargo, es muy interesante funcionar con criterios temporales y tomándose a uno mismo como referencia. Sería entonces la teoría del grado único. A ver si me explico, que creo que me estoy liando.
Yo tengo el recuerdo de muy niño de ver a mi bisabuela sentada en una silla que había en un lugar preciso de la casa de mis abuelos. Mi bisabuela fue una mujer que nació en los últimos años del siglo XIX. Que a mí me haya dado un beso una señora del XIX y que hoy yo bese a unos hijos del XXI es una cosa que hace que me estalle la cabeza. Me genera la sensación de ser inmortal (sí, ya sé que no).
También se pueden mezclar ambas dimensiones. Por ejemplo, no dejan de sorprenderme cosas como que George Washington y Fernando VII estuviesen a la vez en este mundo durante quince años. Y me sorprende más que Fernando VII fuera el joven. Que fuera el que tenía quince años cuando murió Washington.
Los nacidos en la segunda mitad del siglo XX crecimos con la idea ilustrada de que el tiempo era lineal y que su dirección era la del progreso. Creo que –analizado con una perspectiva amplia– eso es cierto. Pero que esa realidad convive con momentos en los que el tiempo se convierte otra vez en circular y camina, de nuevo, hacia atrás.
Hay que admitir que estamos ahí. Admitir que, además de los seis grados, también hoy podemos aplicar la teoría del grado único. Admitir que la dignidad y el dolor de un perseguido comparte con la insolencia de un genocida este trozo de la historia.
Y admitir eso –entonces sí– será admitir que sí que hablábamos del frío. Que sí que estábamos hablando del invierno.