Setenta años con el telón en pie: el Prendes, el teatro que nunca cerró y hoy ejerce de filmoteca viva en Asturias
El 1 de enero de 1956, mientras el año nuevo apenas comenzaba, en Candás se encendía una pantalla que conectaba un pueblo marinero con Hollywood. Cuando ruge la marabunta, con Eleanor Parker y Charlton Heston, inauguraba la historia del Teatro Prendes y abría una ventana al mundo en una Asturias que descubría el cine y se engancha a este arte de por vida.
La familia Prendes logró algo que hoy suena casi imposible: que las grandes películas de la época llegaran puntuales a un concejo costero, convirtiendo la sala en puente entre la vida cotidiana y los relatos que venían de lejos. En los años cincuenta, la edad dorada del cine, el Prendes era un acontecimiento social. No se iba solo a ver una película: se iba a compartirla.
Desde entonces no ha cerrado ni un solo día. Es el único cine de Asturias que puede decirlo. En un tiempo en el que muchas salas desaparecieron, el Prendes resistió y hoy funciona como una filmoteca viva para el público general y también para el cine escolar. “A partir del cine clásico aprendes a mirar, a entender cómo un director da fuerza a un plano o cómo cambian los mensajes con la sociedad”, explica Alaín Fernández, director gerente del Teatro Prendes desde 1994.
El día que Candás salvó su teatro
La continuidad del Prendes no fue casual. En 1969, tras la jubilación de Luis Prendes, el edificio estuvo a punto de convertirse en un supermercado. Fue el propio Luis Prendes quien advirtió al entonces alcalde, José Luis Vega Fernández “Petis”, de que Candás no podía quedarse sin su teatro. El Ayuntamiento asumió el reto y la sala se mantuvo abierta, una decisión que garantizó su supervivencia hasta el día de hoy. Candás no se entiende sin su teatro.
En 1990 nació el patronato del Centro Cultural Teatro Prendes y un año después llegó otra apuesta decisiva: el primer Salón de Teatro Costumbrista, con cuatro compañías en cartel. Una iniciativa propia para dignificar un género que no había tenido el reconocimiento que merecía y que hoy se ha convertido en referencia absoluta, algo así como los “Oscar” del costumbrismo asturiano.
De ese impulso surgieron los Premios Aurora Sánchez, primero honoríficos y después con jurado y gala propia. La actriz candasina fue inmortalizada en una estatua inspirada en una caricatura suya y el salón ha alcanzado ya 36 ediciones consecutivas —incluso en pandemia—, con el agradecimiento unánime de compañías y público.
Un teatro que se adapta sin perder el alma
El edificio se ha ido actualizando sin renunciar a su esencia. En 2016 se acometió una reforma integral con nuevo suelo en el patio de butacas y el anfiteatro, climatización y mejoras técnicas. “Tenemos comodidades del siglo XXI, pero la esencia sigue siendo la misma”, resume Alaín Fernández. La sensación al entrar en el espacio escénico, el recorrido entre bambalinas y focos, sigue remitiendo a un teatro con un encanto que va más allá de las salas modernas. Apetece acomodarse en las butacas y dejar que el escenario sorprenda.
Ese cuidado por la esencia convive con una atención minuciosa al detalle. En los camerinos nunca falta agua ni marañuelas de Candás para las compañías. “Cuando vas a trabajar a un teatro no te puede faltar agua”, defiende el director gerente del Teatro Prendes, convencido de que actores y actrices deben sentirse atendidos para que el espectáculo funcione.“Nos gusta poner unas marañuelas, tratar bien a los actores y que tengan el recuerdo de haber pasado por aquí”, concreta.
Formado en Francia, donde el teatro era parte del aprendizaje escolar, Alaín Fernández ha trasladado esa idea a la programación educativa: ver una obra antes y después de estudiarla para comprenderla mejor. Quiso ser actor, estudió Medicina por tradición familiar y hoy combina ambas vocaciones. “En el fondo se trata de lo mismo: atender a la gente”, señala este cinéfilo empedernido, una auténtica biblioteca del cine andante que ha llevado su pasión a la sala.
Comunidad, memoria y vida social
Con 520 butacas y su maquinaria cinematográfica original aún en funcionamiento, el Prendes es sede de galas del deporte, graduaciones y actos de asociaciones culturales. Durante la pandemia, lejos de apagarse, sumó una comunidad de 1.500 socios de toda Asturias —y también de fuera— que lo sienten como propio.
Personas vinculadas a su vida —Pipo Prendes, Paula Echevarría, Joaquín Viña, Diego Argüelles y compañías de teatro— han dejado testimonio en el libro del 70 aniversario, de lo que ha significado este espacio en sus trayectorias y en la memoria colectiva de Candás.
Hoy, convertido en templo del teatro costumbrista y refugio del cine clásico, el Prendes funciona como una filmoteca viva, un lugar donde el pasado se proyecta en presente y donde cada sesión es también una lección de historia cultural.
Una fábrica de sueños
Cuando se apagan las luces del Prendes, Candás no se queda a oscuras. En la penumbra de la sala siguen flotando las voces de quienes se sentaron allí por primera vez de la mano de sus padres, los nervios de quien pisó el escenario temblando, el zumbido del proyector que acompañó a varias generaciones y los aplausos que nunca se marcharon del todo.
Hay teatros que programan y hay teatros que cuidan. El Prendes hace ambas cosas. Cuida a sus actores, cuida a su público y cuida a su pueblo manteniendo abierta una puerta que en otros lugares se cerró hace tiempo. Por eso no es solo un cine, ni solo un escenario: es un lugar donde la cultura se ha instalado en la vida cotidiana.
Setenta años después de aquella primera película, la “fábrica de sueños” sigue funcionando gracias a una comunidad que decidió que su teatro no se apaga. Cada función, cada proyección, cada gala o ensayo escolar es una forma de decir que merece la pena seguir levantando el telón.
Y así, mientras alguien vuelve a ocupar su butaca de siempre y el foco se enciende una vez más, el Prendes demuestra que hay espacios que no cumplen años: acumulan historias. Y que en Candás, pase el tiempo que pase, siempre habrá una luz encendida esperando a que empiece la función y siempre, siempre, habrá una marañuela esperando.