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Alberto Díez Michelena

Director de la Asociación Nacional para la Defensa de los Animales (ANDA) y representante español del Eurogroup for Animals (Bruselas). Comienza su trayectoria como encargado de la gestión de servicios de protección de animales de compañía trasladando desde 1999 su actividad al campo del bienestar de animales de granja, animales de laboratorio y vida silvestre en cautividad. Actualmente su labor se centra en el control y vigilancia del cumplimiento de la legislación vigente, mejora de la legislación existente o aprobación de nueva legislación relacionada con el bienestar de los animales. Participa en los comités de trabajo y de coordinación entre partes establecidos por las autoridades nacionales y de la UE.

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Bienestar animal: la ciencia y la conciencia

Al contrario de lo que ocurre con los animales de compañía, el concepto de 'bienestar animal' aplicado a los animales cuyo uso implica fuertes intereses económicos, como es el caso de animales que sirven para nuestra alimentación, ha asumido tradicionalmente una autolimitación que, exigida desde fuera, se ha aceptado desde dentro: la evidencia científica. Todos hemos admitido la necesidad de 'probar' empíricamente los encargos de la intuición. El sometimiento de la conciencia a la ciencia. En consecuencia, la evidencia científica deviene en pieza imprescindible para defender cualquier argumento animalista, la sola ética queda invalidada. El sentido de sufrimiento, y el sentimiento de piedad, solidaridad o respeto derivados de nuestra percepción de la cantidad de dolor que aplicamos en el uso de estos animales, quedan supeditados a la demostración científica de que ese sufrimiento existe, a la medición empírica de su cuantía en el tiempo y en el espacio, y a la eficacia práctica en la aplicación de métodos paliativos.

La tiranía del mundo físico, expresado en fórmulas matemáticas de medición de dolor, impone sus reglas limitantes sobre la experiencia de nuestra vivencia moral en un proyecto sobre la relación con los animales y sobre nuestros comportamientos en relación con ese proyecto. La ciencia empírica no ocupa más que una parcela en el conjunto de estímulos e informaciones sensibles, o no, que definen nuestra integración individual en una idea de respeto hacia los animales en cuya delimitación y transformación también participamos, y con las mismas herramientas. La protección animal, forma integral de nuestra cultura, actúa, y evoluciona, a partir de decisiones particulares y colectivas, intuitivas o razonadas, que nos facilitan el movimiento de un punto ya superado al siguiente y donde la erudición tecnológica no tiene un protagonismo especial y, además, su valor dependerá de cada espíritu personal. Por lo tanto, no es justo que se imponga una parcela del conocimiento cultural actual, la ciencia empírica, como punto de partida inevitable hacia la cultura que pueda venir, ni que en su definición se obligue a todos a concederle el peso específico sentido por unos pocos.

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