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Alfonso Castro Sáenz

Alfonso Castro Sáenz, licenciado y doctor en Derecho y licenciado en Geografía e Historia, es Catedrático de Derecho romano en la Universidad de Sevilla. Presidente de la Junta de Personal de su Universidad entre 2011 y 2015 por Comisiones Obreras. Doctor honoris causa en 2014 por la Universidad de Huánuco (Perú). Director de la revista internacional Annaeus. Anales de la Tradición Romanística desde su fundación en 2002 y de Crónica Jurídica Hispalense desde 2014. Autor de una docena de libros y de unas doscientas publicaciones en materias de su especialidad académica, ha publicado en el ámbito literario El titán y la flecha. Nueve ensayos de literatura española (2002), Los caminos del agua (2004) y El breviario de Sevilla (2014) y tiene en prensa Caracteres (2016). (Foto de Javi Cuesta)

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Oportunidades perdidas

El 15 de marzo publiqué en Contrapoder un artículo sobre la no investidura de Pedro Sánchez, en el que, entre otras cosas que no cabe reiterar aquí, sostenía que muchos votantes de izquierda no perdonarían fácilmente a Pablo Iglesias su actitud en aquellos días y su obvia (aunque negada: sin mucha convicción) decisión de forzar unas segundas elecciones para ensayar el asalto a la segunda posición del tablero.

Escribía entonces: "Muchos de los que apuestan por el cambio, y desde luego aquellos que somos capaces de tomar nuestras decisiones vitales (y no digamos el sentido de nuestro voto) desde la cabeza y no solo desde las tripas, no perdonaremos políticamente a quien haga fracasar esa opción frívolamente".

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Reflexiones sobre la no-investidura: desde un rincón de la izquierda

Captar el Zeitgeist, encarnarlo, siquiera en un atisbo, es la clave que distingue al verdadero político. Suele ayudar a eso la juventud, inconveniente para otras cosas. Complace ver a tantos jóvenes sentados en el Congreso, brillantes, vibrantes. Iglesias, Errejón, Bescansa, Montero... ¿Dan miedo? No a mí. No van a quitarnos nuestras vidas ni nuestras casas; quizás solo a congelarnos nuestras nóminas… pero eso no es nuevo. Sangre renovada aunando pasión, dando voz al descontento de la calle, llevando su ruido al Parlamento. En Andalucía ha sido en él un indiscutible soplo de aire fresco. Poesía que parece querer hacerse prosa: la de las leyes y los reglamentos. La prosa que antes o después aplasta al verso. Por lo demás, no se puede ser sublime a todas horas. Entre lo sublime “sostenido” y lo ridículo “indeseado” hay una línea muy fina. Pablo Iglesias y algunos de sus compañeros la traspasan con más frecuencia de la que debieran. Mal asunto porque, entre otras cosas, para gobernar hay que inspirar confianza. Y es difícil lograrlo con según qué actitudes.

La legislatura ha sido, en términos sociales y políticos, desastrosa. Insensibilidad, prepotencia, inacción e incompetencia se asocian, incluso en amplios sectores de sus bases sociales, a quienes han regido los destinos del país en estos años, dilapidando un caudal político único y una oportunidad histórica para hacer algo más que cuadrar las cuentas, dejando al país con una deuda pública equivalente al PIB nacional. No se ha salvado nada. Ni la Universidad, obscenamente atacada, ni la Sanidad, ni la cohesión territorial, ni la ejemplaridad debida… Tampoco el Derecho positivo, espasmódicamente flagelado a golpe de BOE, afortunadamente quieto ahora con un gobierno en funciones. Nuestros gobernantes deberían leer más a Tácito y reflexionar sobre su fina percepción de que un exceso de leyes está vinculado de un modo u otro siempre a la corrupción. Quizás no les interesen tales lecturas.

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