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Ángel Calle Collado

Profesor de Sociología en la Universidad de Córdoba (en el Instituto de Sociología y Estudios Campesinos), sobre agroecología política, sustentabilidad, bienes comunes y nuevos movimientos globales. Forma parte de Comunaria.net, espacio dedicado a la investigación aplicada en bienes comunes.

Sobre los vínculos sociales y emocionales ha desarrollado la trilogía poética: Los Vínculos (2006, Isla Varia), Utopistas y Desutópatas (2008, Baile del Sol), Deseos a la calle (2011, Corona del Sur), a la que se añade DigniVivirse (2014, Corona del Sur).

Algunos ensayos publicados: Nuevos Movimientos Globales (2005, Popular), edición del libro Democracia Radical (2011, Icaria), edición con Mamen Cuéllar y David Gallar del libro Procesos hacia la soberanía alimentaria (2013, Icaria), la Transición Inaplazable. Los nuevos sujetos políticos parasalir de la crisis (2013, Icaria); y como último trabajo, en colaboración con Ricard Vilaregut: Territorios en Democracia (2015, Icaria).

Web: www.deseosenelinsomnio.com con artículos, miradas sociales y poesía.

Cultivar sociedad y conciencia de especie

La salida neoliberal nos ofrece deteriorar nuestro bienestar, incrementar las posibilidades de pandemia y encerrarnos aún más en el perverso círculo de la deuda. ¿Es posible cuestionar este modelo o por el contrario saldrá reforzado bajo la tormenta planetaria del coronavirus?

Dinero al alza, biodiversidad a la baja

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Alimentación y pandemias: ¿hacia una nueva economía moral?

Hoy sabemos que los estómagos de la humanidad están sentados encima de un sistema agroalimentario suicida y multi-estúpido. Suicida porque, en medio de un vuelco climático y una masificación en grandes urbes, elabora pandemias como resultado de la intensificación productiva ganadera (hacinamiento, depresión inmunológica, fortalecimiento de virus) y agroforestal (deforestación y monocultivos que llevan a una pérdida de equilibrios que mantenían ciertas bacterias a raya). Estúpido energéticamente porque en este sistema industrializado se invierten muchas kilocalorías (petroleras) en obtener casi las mismas kilocalorías (alimentarias), mientras los cultivos tradicionales diversificados ofrecían entre 10 y 20 veces mejores rendimientos. Irracionalmente estúpido porque desechamos unos 179 kg de alimentos por persona y año, según la Unión Europea, por razones de dietas, falta de tiempo y omnipresencia de estanterías con comida que caduca con rapidez. Insosteniblemente estúpido porque, a más tóxicos en la producción agroganadera, menos polinizadores, y con ello menos flores que llegarán a ser frutos, en un mundo donde los animales aún no hemos aprendido a hacer la fotosíntesis.

Los sistemas agroalimentarios globalizados siguen generando hambrunas y malnutrición, incluso en países antes considerados bien alimentados. Pero los motines alimentarios no se dan cuando hay hambre. Los cambios sociales no son cuestión de "cuanto peor, mejor", mucho menos se derivan de reacciones estomacales. Se precisan referencias para proponer alternativas y caldos de cultivo para hilar el descontento. El historiador ingés Edward Thompson nos recordaba que: "el hambre de verdad (es decir, cuando realmente no hay existencias de alimentos) no suele ir acompañada de motines, ya que hay pocos objetivos racionales para los amotinados". Si interpretamos que la pandemia de la COVID-19 es una suerte de "examen sorpresa" frente a previsibles colapsos sanitarios y alimentarios, como vienen advirtiendo los informes del Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC en inglés), entonces estaríamos a tiempo de poder introducir cierta racionalidad en los debates sobre el futuro de nuestra alimentación como especie.

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El coronavirus y nuestra inseguridad alimentaria

La pandemia del coronavirus amenaza nuestra vida en muchos frentes. Y también pone al descubierto conflictos y debates básicos que como sociedad no podemos dejar de atender: el papel de lo público en nuestras economías, el derecho a la asistencia sanitaria o al empleo, los peajes que impone la llamada "globalización", entre otros. También somos interpelados como ciudadanía. La existencia (o no) de respuestas más allá del Gobierno determinarán si somos actores solidarios o más bien marionetas para el consumo. Y dándole vueltas a la reacción nerviosa y compulsiva con respecto al acaparamiento de productos como conservas, productos precocinados, leche o papel higiénico: ¿en qué hábitos alimentarios andamos metidos? ¿podemos hablar de una creciente inseguridad alimentaria en países que se supone "desarrollados"? La respuesta a esta última pregunta es un rotundo sí, y lo justificaré seguidamente.

FAO es el organismo de Naciones Unidas centrado en temas de alimentación y agricultura. Considera que existe seguridad alimentaria cuando las personas "tienen acceso físico y económico a suficiente alimento, seguro y nutritivo, para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias".¿Qué estamos constatando estos días con respecto a la accesibilidad? Ciertamente nada parece apuntar a un desabastecimiento en la práctica, pero sí existe una percepción ciudadana de inseguridad alimentaria que se manifiesta en aglomeraciones y acaparamientos frente a siete grandes cadenas de distribución alimentaria. La concentración de las redes alimentarias está excluyendo a la pequeña producción, de ahí las quejas en torno a los injustos precios que se pagan al personal agricultor y ganadero. Es un embudo que, por la parte de la distribución, desata miedos frente a una inseguridad en la adquisición de comidas. ¿Miedos todos infundados? Recordemos lo que ocurrió en el 2008. Una huelga de transportistas dejó las estanterías de estas grandes cadenas desabastecidas en tres días. El ejército fue obligado a intervenir. Primera conclusión: miedos y embudos podrían superarse a través de sistemas agroalimentarios más territorializados.

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Cartografía ecosocial de las protestas rurales

En menos de un año hemos pasado de la llamada "España vaciada" a un mundo rural lleno de protestas. Hace un año, el 31 de marzo concretamente, se paseaba por Madrid "La Revuelta de la España Vaciada", una manifestación que llegaba a las 100.000 personas. Era un exponente de varias decenas de minirrevueltas que ya venían zarandeando el conformismo del campo. La Unión de Uniones ha sido una red sindical agraria especialmente combativa en los últimos tiempos con respecto a los bajos precios y los recortes en las atenciones al sector agroganadero, y en 2018 realizaba diversas concentraciones y lanzaba frente al Ministerio de Agricultura la campaña #DemocraciaEnElCampoYA. Así como sectores de la COAG se han visibilizado a favor de propuestas de la organización internacional Via Campesina por la soberanía alimentaria y por un mundo rural vivo.

El cabreo del mundo rural tienen que ver principalmente con dos embudos, el socioeconómico y el político. Hace décadas que nuestros sistemas agroalimentarios están gobernados por una gran distribución y una globalización neoliberal (tratados internacionales, la comida como mercancía, la PAC al servicio de las grandes explotaciones) que no recompensan a quienes producen nuestros alimentos. El segundo de los embudos se refiere a la crítica de las formas de representación en lo que respecta a mesas de negociación, desigualdades de género o a la búsqueda de reemplazos generacionales y de modelos productivos. Por ahora el sindicalismo de mayor visibilidad ahonda en posiciones conservadoras, particularmente ASAJA como gran patronal del campo inserta en la CEOE.

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Chalecos rurales y verdes

El siglo que atravesamos va a ser una sucesión de chalecos de distinto color manifestándose en las calles y, en el futuro, auto-organizando distintas formas de vida. El progresivo fin de una civilización petrolera irá poniendo sobre la mesa la cuestión de cómo vamos a comer y quién va a pagar los platos rotos. El creciente endeudamiento de los Estados hará más difícil sostener servicios públicos y políticas orientadas a la satisfacción de necesidades básicas. Sobre todo porque la ultraderecha productivista se ha apuntado al carro neoliberal y la socialdemocracia no viene precisamente de poner freno a la merma de derechos sociales y al aumento de una mercantilización globalizadora. Habrá chalecos amarillos, como en Francia, para decir que el mundo rural y las clases precarias no tienen por qué hacer frente a las subidas de impuestos y del precio de la gasolina. Surgirán también chalecos verdes al calor de de los aún jóvenes "Fridays for Future".

De orientación verde y rural han sido los cerca de 100.000 "chalecos" que han desfilado el pasado domingo por Madrid, al clamor de "La Revuleta de la España Vaciada". Cada vez son más palpables las dificultades de la pequeña ganadería y de la agricultura para competir con granjas intensivas y monocultivos, las facilidades administrativas para que la gran distribución se adueñe y arruine con sus bajos precios a estos pequeños productores, la renuencia de las administraciones públicas a mantener servicios básicos cuando la despoblación avanza (como el transporte o una escuela), la emigración y el distanciamiento juvenil de los proyectos que ya vienen empaquetados por el llamado "desarrollo rural" e impiden construir con autonomía local, entre otras cuestiones. Frente a las políticas que perpetúan "la España vaciada" se han convocado plataformas, algunas muy críticas con el desarrollismo y sus consecuencias, como Milana Bonita (Extremadura), "Teruel Existe", la Asociación Española contra la Despoblación o la Federación Española de Entidades Locales Menores.

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La ultraderecha: el voto productivista contra el mundo

Me resisto a presentar el ascenso electoral de la ultraderecha como un síntoma o como una coyuntura. La irrupción de Vox, la elección de Bolsonaro o de Trump, el ímpetu racista de Salvini o de Orbán son más bien un oleaje producto de un mar de fondo. Una marea inhóspita que viene cobrando fuerza en las últimas décadas. La ultraderecha es un producto mediáticamente refinado por sectores neoliberales (empresariales, financieros, mediáticos) que han alzado su vuelo con alas muy conservadoras, comprometidas con la defensa de un orden y de unos privilegios.

Bolsonaro es hijo del grupo parlamentario de la BBB, como dicen por Brasil: bala, buey y biblia, correspondiendo a tres bancadas parlamentarias que se identifican con quienes medran a la sombra de la militarización del país, la defensora del agronegocio y la proveniente del sector evangélico. Vienen siendo mayoría en el Congreso brasileño. No dudaron en apoyar el golpe de Estado frente a Dilma Rousseff. En Brasil, como en otros lugares del mundo, esta ultraderecha se benefició de las promesas no cumplidas y las corruptelas no señaladas por una izquierda cómoda en la cogestión de grandes parcelas del neoliberalismo. Pero sobre todo adquirieron aire con los poderosos grupos mediáticos evangelistas y sus acólitos (Iglesia Universal del Reino de Dios, televisiones como Record TV, periódicos, canales en youtube) a los que bombardearon con su subpolítica de los memes: aquella que sólo caricaturiza y promueve el odio como fundamento político, siguiendo la doctrina Bannon.

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Biosindicalismo alimentario

¿Cómo tendríamos que organizarnos para alimentarnos de otra forma? El reciente Congreso Internacional de Agroecología celebrado en Córdoba, en el que se encontraron cerca de 500 personas de 12 países distintos, nos propuso (re)politizar nuestros sistemas agroalimentarios. Asumir la alimentación como un hecho social del que depende la reproducción de nuestras vidas, nuestra cultura, nuestros territorios. No es, por tanto, reducible a un nuevo nicho de consumo, a una producción crecientemente industrializada o a una búsqueda reducida a facilitar (cada vez para menos gente y en condiciones menos saludables) una ingestión diaria de dos mil y pico calorías.

La falta de (re)politización alimentaria impone varios cercamientos a los habitantes del Sur global y crea una situación de crisis al conjunto de la humanidad. Son cercamientos físicos los monopolios de campos para alimentar la dieta hipercárnica de una minoría. Son cercamientos políticos la intensificación productiva con apoyos públicos; o la “ayuda” alimentaria que propicia un control social de quienes son situados más abajo en nuestras sociedades duales. También sabemos de cercamientos económicos: tendrás que beber de paquetes tecnológicos cada vez más costosos, ajenos e “inteligentes” y venderás a la gran distribución como única salida. No faltan los cercamientos transversales: fundamentalmente mujeres y mayoritariamente las campesinas y campesinos lejanos a las grandes urbes habrán de sostener las cadenas que van de la siembra a la mesa para que los cuerpos y sus lazos sigan sosteniéndose. Y quienes habitamos algún Norte, algún espacio social con ciertas condiciones para la elección y el acceso regular a comida, también recibiremos nuestra parte de la plaga: nutrición no adecuada, participación en un consumo que no para de retroalimentar el cambio climático; desinformación mediática y publicitaria que nos impide destejer el negocio de la comida, alejándonos del derecho a una alimentación saludable, a un medio rural que nos sostenga, y a tecnologías no basadas en los intereses exclusivos de élites y pseudociencia.

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Alimentación, poder y pseudociencias

La ciencia es poder y las pseudociencias son creencias. Cierto. Y en ocasiones intereses de las élites, publicidad engañosa y argumentos “científicos” también caminan de la mano. En los últimos años se suceden una extensa publicación de dossieres, blogs, encuentros y libros sobre algo fundamental que ya no podremos hacer de la misma manera que antes: alimentarnos con los actuales sistemas de producción y distribución. En eso coincidimos muchas personas preocupadas por esta situación. Discrepamos abiertamente en que la respuesta sea apelar, como afirmara A. Einstein, a las mismas herramientas que ocasionaron los problemas: insistir en mercados altamente globalizados, orientados por la biotecnología y poco centrados en la creación de circuitos alimentarios más localizados.

En el debate actual sobre la alimentación “del futuro” se están colando algunos mitos. Revisemos la que suele ser la primera y común creencia justificadora impulsada por la FAO en la reunión celebrada en octubre de 2009 en Roma, bajo el título “Cómo alimentar el mundo en 2050”: “el mundo necesita aumentar su producción de alimentos en un 70% para 2050 con el fin de atender a una población mundial de nueve mil millones de personas”. Leyendo el informe original se comprueba que se reclama el incremento no porque vayamos a alimentar a la población si no porque vamos a impulsar la extensión el actual modelo agroalimentario, que es bien distinto: aumentarán en 200 millones de toneladas la producción de carne para propiciar incrementos de entre un 25% y un 50% el consumo per cápita, según países. Lo cual implicará una necesidad de cereales de hasta 3 mil millones. O sea, prescindiendo de limitaciones ambientales y superficie agraria disponible, vamos a devastar más bosques, emitir más metano y continuar con un modelo ineficiente de producción de calorías para sostener una dieta excesiva, problemática desde el punto de vista de salud e innecesariamente rica en proteínas de origen ganadero. Recordemos que la dieta cárnica contemporánea reclama un tercio de las tierras de cultivo y casi la mitad de los cereales (destinados a la producción de piensos) que se producen en el mundo. Este publicitado informe termina, como consecuencia de su ensoñación modélica, reclamando más energía (¿no saben que caminamos hacia un mundo de menores disponibilidades energéticas?) y más puertos para el comercio internacional que faciliten un sector agrícola “dinámico” y que aumenten las “inversiones del sector privado” (¿dónde se seguirá muriendo la gente de hambre por no abordar el acaparamiento de tierras y de alimentos por mor de un mercado especulativo?). Pero el mantra de un 70% de producción ahí ha quedado: objetivo cumplido para las élites de las corporaciones agroalimentarias.

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Cultivos sociales: cuando el dilema va mucho más allá de calles o instituciones

Un enfoque recurrente entre sectores vinculados a la izquierda más institucionalizada suele partir de una elección dicotómica entre reforma o revolución, accionarnos para modificar el arriba u organizarnos para construir desde abajo, hacerlo pensando en mayorías sociales o desde nuevos laboratorios de la política, impulsando la protesta o centrándose en una concreción de propuestas. Termino de leer el libro del líder de Izquierda Unida Alberto Garzón, Por qué soy comunista. Una reflexión sobre los nuevos retos de la izquierda (Península, 2017), y ante la crisis que nos atraviesa la vida nos invita a analizar “el famoso debate entre calles o instituciones”. El libro, en línea con otras manifestaciones de intelectuales de izquierda en los últimos tiempos, recupera la dialéctica marxista anclada en la explotación capitalista pero incorporando algunas cuestiones sobre el pico del petróleo, el cambio climático, la depredación social asociada a la demanda de recursos por parte de las economías centrales o la relevancia de otras formas de desigualdad más allá de la visión de “clase” por razones de género, cultura o acceso a educación. La construcción de una conciencia de clase que impulse una conquista del poder colectivo a través del Estado se recupera como propuesta esencial, urgente.

Con la que se nos viene encima, llámese colapso civilizatorio o cuarta guerra mundial entre las de arriba y las de abajo, ciertamente haríamos bien en preocuparnos por tener a nuestro favor todas las herramientas (iniciativas, organizaciones políticas, instituciones) que nos permitan recuperar cierta conciencia de especie desde premisas de sostenibilidad intergeneracional, igualdad y solidaridad. Pero, ¿es suficiente?, ¿todos los análisis, por el hecho de tener una hemeroteca histórica detrás, nos valen para enfrentar un presente incierto e insostenible? Si el cambio climático “lo cambia todo”, como afirma Naomi Klein, ¿no deberían también cambiar nuestras preguntas, algunos de nuestros debates?

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Soberanías y decrecimientos

La vida es una maraña de procesos en continua evolución. Así de entrelazada y cambiante es Gaia/ Gea: la Tierra que vemos y la tierra que no vemos, como nos señalaba la bióloga Lynn Margulis. La vida democrática es también (¡cómo no!) cuestión de procesos, no de órdenes prefijados, nos argumentaría el filósofo Cornelius Castoriadis. Sin embargo, nuestras vidas políticas no parecen entender hoy ni de autodeterminaciones, ni de respuestas frente al cambio climático. “Bochornoso” era el adjetivo que empleaba sintéticamente la portavoz del gobierno del Partido popular para referirse a la iniciativa soberanista que se está desarrollando en Catalunya. Podría haber empleado ese adjetivo para hablar de la creciente desertificación y de los incrementos de las altas temperaturas en este país, de las muertes no contabilizadas por estos calores o por sequías y huracanes de dimensiones nunca vistas hasta ahora. También bochornosas fueron actuaciones poco democráticas como la utilización de reformas constitucionales exprés y leyes mordaza para evitarse una salud democrática. País bochornoso, dicen, pero identificándolo siempre con todo aquello que pueda amenazar sus posiciones en el actual statu quo.

El pasado 6 de septiembre el parlamento catalán aprobaba por mayoría una ley de referéndum con los votos de Junts pel Sí y la CUP. La coalición nacionalista en el gobierno (Junts pel Sí) que aúna la tradición conservadora catalana (PdeCAT, proveniente de CiU) y una neoliberalizada socialdemocracia (ERC) ha encontrado apoyo en las CUP (cuyas mimbres están en un municipalismo anticapitalista) para andar este camino hacia la autodeterminación de Catalunya. Todo un calentamiento global del panorama político español, cuyos entramados jurídicos, mediáticos y políticos hegemónicos han publicitado que se trata de un huracán contra la democracia. Calentamiento que ha pasado por alto, sin embargo, algunas de las intenciones y de los matices que van más allá del derecho a decidir como senda institucional a partir de una idea de pueblo o comunidad. En el discurso pronunciado en la tribuna del Parlament la tarde del 5 de septiembre, Anna Gabriel Sabaté (diputada de las CUP) afirmaba que las instituciones estatales surgidas tras la muerte del dictador Franco “son un límite, son un muro, son un impedimento para plantear la recuperación de soberanías, todas: la nacional, alimentaria, la económica, cultural, residencial”. En esa misma semana, un equipo de la formación municipalista manifestaba su intención de interpelar al gobierno sobre lo que, a su juicio, debería ser una ley catalana por el decrecimiento. “El decrecimiento es una vía imprescindible para conseguir esas soberanías”, aquellas de las que hablaba la diputada Sabaté, afirmaba su compañero Sergi Saladié.

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