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Antonio Turiel

Antonio Turiel, Científico Titular del CSIC en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC. Se dedica a la investigación de fenómenos no-lineales, particularmente de la turbulencia, y de la oceanografía física por medios de teledetección. Es experto en análisis de la señal y de la imagen. Es secretario del Comité Ejecutivo del Barcelona Expert Center, un centro experto que asesora a la Agencia Espacial Europea en el desarrollo y mejora de algoritmos de la misión SMOS de observación de la Tierra. Autor de más de 80 artículos científicos especializados, ha dirigido 4 tesis doctorales y tiene una patente. Estudioso también de los problemas de recursos naturales y de sostenibilidad de nuestra sociedad, edita y es el principal autor de un conocido blog de divulgación en español sobre este tema, The Oil Crash. Preside una pequeña asociación dedicada a la divulgación de estos problemas, el Oil Crash Observatory.

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Una tormenta en un vaso de agua

El castellano es una lengua sutil, rica en matices. Pequeños cambios en una desinencia verbal, el uso hábil de las diversas personas del sujeto de una frase, el empleo discrecional de las preposiciones y de los signos de puntuación y entonación y otros muchos recursos hacen que una frase de longitud kilométrica (pues éste es otro de los excesos propios a la lengua de Cervantes) pueda decir una cosa o prácticamente la contraria al cambiar una sola letra, pasando el cambio casi desapercibido en la inmensidad de la unidad semántica que lo contiene. Paradójicamente, pasa, sin embargo, que el carácter castellano es bastante menos sutil que la lengua que utiliza; quizá por ser un pueblo de sangre mediterránea y culturalmente más extravertido y dado a los excesos, o pudiera ser por una historia forjada a fuerza de espada y sueños de conquista, el caso es que los españoles son, por lo general, broncos y para nada sutiles. Tal disonancia entre carácter y lengua es motivo de no pocas confusiones y espurias disputas. Y esto parece ser lo que ha pasado con el profesor Juan Torres y el artículo que  publiqué el otro día en el blog Última llamada que aloja eldiario.es.

Cree Torres que cuando hablo de lo que opinan ciertos grupos de las redes sociales sobre su fichaje por Podemos estoy expresando mi opinión o que de algún modo coincido con ese parecer. No es así: en el párrafo inicial de mi artículo simplemente expongo de lo que se está hablando, y dejo claro de que se trata de un círculo muy, muy reducido. Cree también que yo opino que Torres y Navarro no son conscientes de los límites del planeta, y tampoco es cierto: de nuevo, reproduzco pensamientos que he leído en esos grupos, y a ellos se los atribuyo. El nombre de Torres se menciona cuatro o cinco veces en todo el artículo, y yo sólo hago una vez una valoración personal de él y de Navarro justamente para señalar su "honestidad intelectual y compromiso con la sociedad"; y no hablo de su oposición al concepto de los límites del planeta, sino a su debate con Florent Marcellesi sobre la interpretación del decrecentismo político. En otro momento digo que "parecen ser adeptos" a las políticas neokeynesianas; ese “parecen” es importante, puesto que yo no lo afirmo tajantemente, y aquí seguramente el exceso de generalización proviene de meter en el mismo saco al profesor Torres y al profesor Navarro. Soy consciente de que el profesor Torres, y también el profesor Navarro, han denunciado en repetidas ocasiones la agresividad suicida del capitalismo y el culto al dios del crecimiento; también soy consciente, sin embargo, que sus propuestas de actuación concretas se basan mucho en la redistribución (loable en sí misma) y poco en las medidas concretas que tomar, aquí y ahora, para lidiar con el problema de los recursos que, junto con el del impacto ambiental, simplemente ya no pueden esperar más. Hasta que, como bien apunta el profesor Torres, no me lea el documento de bases que están preparado para Podemos no me podré hacer una idea más cabal de qué es lo que proponen en este momento concreto; y será, entonces sí, que podré dar mi opinión al respecto si es que lo veo necesario. Y probablemente no lo haré: resulta un poco tonto, a mi modo de ver, criticar a Navarro, Torres y Podemos cuando están profundizando en aspectos esenciales que al resto del arco político les cuesta abordar; justamente mi artículo se dirigía a los grupos decrecentistas, animándoles a prestar menos atención a Podemos y más a la sociedad de la cual Podemos es o aspira a ser su reflejo.

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Lo que no Podemos

Una fracción minúscula del internet español está estos días revolucionada, no por la aparición del virus del ébola en la capital de España, sino por algo que consideran un desastre todavía mayor: que Podemos, a través de Pablo Iglesias, le haya encargado a Juan Torres y a Vicenç Navarro la elaboración del programa económico de esa formación política. Los miembros de esta fracción internáutica diminuta e imperceptible no se escandalizan porque tengan miedo de que las propuestas de los dos catedráticos sean terriblemente progresistas o porque, dado el crecimiento de la formación, esas ideas puedan llegar a poner en peligro algunos valores tradicionales muy asentados; qué va, hay quienes se preocupan por eso, pero son un grupo que aunque minoritario es mucho mayor que aquellos de los que hoy me ocupo. Lo que realmente preocupa a mi caterva insignificante, despreciable en su pequeñez, es justamente lo contrario: que las propuestas de los dos intelectuales quedarán demasiado cortas; que, dadas las orejeras que les imponen su formación clásica, ni Juan Torres ni Vicenç Navarro aceptarán nunca que el mundo tiene límites y centrarán su discurso en redistribuir, basándose sobre todo en aquello con lo que se crece, sin ver ni querer entender que el mundo está abocado a un decrecimiento duro y prolongado.

Conviene no olvidar que hace no demasiados meses estos dos mismos eruditos, Juan Torres y Vicenç Navarro, polemizaban con Florent Marcellesi sobre el significado político del decrecimiento. Desgraciadamente, a pesar de su honestidad intelectual y su compromiso con la sociedad, ninguno de ellos pareció comprender que el decrecimiento no es un movimiento político reaccionario delante de una realidad desagradable, sino una realidad desagradable a la que uno sólo puede reaccionar, en algún caso, a través de un movimiento político.

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Viéndolas venir: Rockefeller abandona el negocio petrolero

"Éstos ya están viéndolas venir". Eso fue lo que dijo un compañero mío cuando le comenté lo que me parecía una de las noticias más importantes del día, que según reza el titular de la BBC es "¿Por qué los Rockefeller abandonan el negocio petrolero?" Un amigo de Facebook dio la respuesta más corta, sintética y veraz: "Porque ya no es un negocio".

La noticia de que los herederos del fundador de Standard Oil han renunciado voluntariamente a los ingresos que les garantizaban sus participaciones en las empresas del mundo petrolero es, ciertamente, chocante. En el artículo que lo explica, el periodista nos cuenta que han decidido poner todo su dinero en empresas del sector renovable, porque "es donde está el futuro" y, aparentemente, por conciencia ambiental. Es curioso que a esta familia le haya entrado la conciencia ambiental de repente, después de más de un siglo dedicándose a un negocio poco respetuoso con el entorno pero muy lucrativo. ¿Será que les han convencido las huecas palabras que hemos escuchado en la convención del clima de Naciones Unidas, celebrada unos días antes en Nueva York? ¿O será más bien que les ha convencido esta preocupante gráfica del Departamento de Energía de los EE UU, publicada el pasado mes de julio?

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