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Carlos J. Gil Hernández

Carlos J. Gil Hernández es Licenciado en Periodismo y estudiante de postgrado en investigación sociológica en la Universitat Pompeu Fabra y en la Universidad de Tilburg. Trabaja como Student Assistant en la Universidad de Tilburg e investiga sobre desigualdad socioeconómica, mercado de trabajo y políticas públicas. Es co-autor del libro La Movilidad Social en España, Ediciones La Catarata.

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¿De tal palo tal astilla? Las profesiones que más se heredan de padres a hijos en España

En las sociedades aristocráticas la posición social era directamente heredada por linaje familiar, tradición o propiedad. En las sociedades contemporáneas el lugar que ocupamos en la jerarquía socioeconómica depende menos de la familia o clase social en la que nacemos y más del nivel educativo que alcanzamos. La educación es uno de los factores más valorados en el mercado de trabajo a la hora de acceder a empleos con mayor estabilidad, perspectivas de promoción y sueldo. Por lo tanto, el sistema educativo público es uno de los instrumentos más importantes a la hora de perseguir la igualdad de oportunidades y fomentar la movilidad social.

España ha experimentado grandes cambios desde la transición a la democracia con el surgimiento del estado de bienestar, la implantación de leyes educativas comprensivas y una mayor inversión en gasto social, con la consiguiente expansión del nivel educativo de los españoles. Sin embargo, todavía existen grandes desigualdades por clase social tanto en el riesgo de fracaso escolar como en las posibilidades de cursar estudios universitarios, y estas desigualdades no han cambiado mucho en las últimas décadas.

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¿Igualdad de oportunidades? Desigualdad social en España y Europa

La desigualdad social constituye hoy un enorme problema a escala global. En España, esta muestra niveles particularmente alarmantes, siendo un tema que ha generado recientemente muchos debates políticos. Una sociedad desigual muestra déficits importantes, no sólo en materia de justicia social, sino también de desarrollo económico. Como argumentábamos en otro artículo, si las personas de orígenes humildes no tienen las mismas oportunidades educativas y laborales que quienes provienen de clases privilegiadas, no podemos en ningún caso hablar de “ meritocracia”. Por tanto, para saber si hay igualdad de oportunidades en nuestro país, debemos analizar si la clase social de origen se relaciona con los resultados socioeconómicos. Sin embargo, sabemos muy poco sobre el papel de la clase social de origen sobre las oportunidades vitales en la España actual. Aquí analizamos esta importante pregunta.

El Gráfico 1 muestra el vínculo entre la desigualdad económica y la desigualdad intergeneracional en 15 países europeos, incluyendo España. Se relacionan dos indicadores. En el eje horizontal observamos la desigualdad económica del país con el coeficiente de Gini, que toma valores de 0 (igualdad perfecta) a 100 (desigualdad perfecta). En el eje vertical usamos un índice de desigualdad social intergeneracional, capturando la relación entre la situación financiera de la familia de origen y la clase social actual, con valores que varían del 0 (alta movilidad social) al 1 (baja movilidad social). Observamos que los países con menor desigualdad económica e intergeneracional son los escandinavos (Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca) y los Países Bajos. En una posición intermedia se sitúan varios países de la Europa occidental central (Alemania, Francia y Austria). Finalmente, los países del Sur de Europa (España, Grecia, Italia y Portugal) no sólo presentan los niveles más altos de desigualdad económica, sino que también muestran la mayor relación entre origen socioeconómico y clase social.

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Promesas rotas y sospechosos habituales: movilidad social y sobrecualificación de los jóvenes españoles

En el verano de 2014, el politólogo José Fernández-Albertos, uno de los autores de este mismo blog, publicó un artículo muy ilustrativo sobre la distribución del ingreso en nuestro país ( Nuestra desigualdad, 01/07/14). En él, señalaba que la desigualdad económica en España no había aumentado debido a un empobrecimiento de las clases medias, sino más bien a una pauperización de los más pobres de nuestro país. Eran ellos los que habían sufrido con mayor intensidad los efectos de la recesión económica de 2008, sus envites más dolorosos. Fernández-Albertos zanjaba, entonces, la discusión sobre las supuestas pobres clases medias españolas y su proceso evidente de empobrecimiento. ¿De dónde procede, pues, la constante queja de nuestras clases medias? ¿De dónde procede su malestar? ¿Por qué están tan descontentas? ¿Por qué hacen responsables a unas instituciones que las respaldan?

Para encontrar la respuesta, hemos de centrarnos en sus expectativas, pero no en las suyas propias, sino en las que tienen reservadas para sus hijos. No es un secreto el decir que los padres siempre quieren que sus hijos disfruten de mayores oportunidades y bienestar. Comencemos por esta pregunta: ¿tienen las clases medias aseguradas los canales de entrada de sus hijos en esta misma clase?[1] Puesto que las expectativas futuras se cimientan sobre nuestras experiencias pasadas, un examen del ascensor social español desde principios de los años cincuenta hasta nuestros días nos dará, en parte, una respuesta acertada. El ascensor social compara la clase social de los padres con la de sus hijos, y da cuenta de si estos últimos han conseguido mejorar la posición social de sus padres. Esta es una forma aproximada de responder a la pregunta de si los hijos vivirán peor que sus padres. Hacemos nuestros cálculos de una forma muy sencilla: aquellos hijos que mejoran la posición de sus padres, los consideramos ascendentes, y a aquellos otros que empeoraron su posición social, los tomamos como descendentes. A los restantes, es decir, los que conservaron la posición social de sus padres, los denominamos inmóviles. Las clases sociales empleadas son las siguientes: directivos y profesionales liberales, administrativos y personas que trabajan de atención al público, pequeños empresarios y autónomos, pequeños propietarios agrícolas, obreros cualificados, obreros no cualificados y jornaleros del campo. De esta forma, si el hijo de un jornalero se convierte en directivo o profesional habría remontado todas las posiciones sociales. Esta es una visión un tanto jerárquica de la sociedad, en la que ciertas clases sociales se consideran más apetecibles en términos de acceso a oportunidades de vida (sueldo, estabilidad laboral, promoción, salud, prestigio social…). 

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