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Carlos Marlasca

Empecé trabajando como técnico de sonido en la radio, donde hice mis primeras colaboraciones como periodista. He pasado por revistas y medios digitales donde sigo escribiendo  sobre temas culturales. Además he estado en La Sexta y actualmente colaboró con Euronews, indiespot.es  y eldiario.es

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Carlos Vermut se lleva la Concha de oro y la de plata al mejor director

Pocas veces una película arrasa en el Zinamaldia de la manera que lo ha hecho Magical Girl en esta edición. El mérito es doble, porque la Sección Oficial ha estado plagada de grandes títulos. Pero el jurado presidido por el productor español Fernando Bovaira ha decidido otorgar la Concha de Oro a mejor película y la de Plata a mejor director a la cinta de Carlos Vermut, una inquietante fábula contada a través de enigmáticos personajes.

“Hacemos cine por amor y yo le quiero dedicar este premio a la persona que más amo”. Mucho amor en la dedicatoria a su pareja del realizador madrileño, pero es también de la misma materia y de sus excesos de lo que vive la película que le coloca como una de las referencias de nuestro país. El otro gran vencedor de este festival es el cine español, ese que Raúl Arévalo recordaba que está tan defenestrado por los actuales mandamases.

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El rey de los narcos irrumpe en el Zinemaldia

Hay algo terrible en la mirada del hombre cuando se siente perdido y fuera de su hogar. En El jardinero fiel, Justin Quayle cruzaba Kenia buscando respuestas en la novela en la que John Le Carré describía con una crudeza milimétrica la desesperación que invadía cada músculo del aventurero extraviado. Las obras de Don Winslow también transcurren en paisajes idílicos que se transforman en un infierno cuando ocurre la inevitable tragedia. Escobar: Paraíso perdido es un cuento de violencia protagonizado por un joven surfista canadiense que encuentra el edén en Colombia hasta que el amor le arrastra hasta la figura de Don Pablo.

El río Putumayo es el escenario de los trasiegos criminales que Winslow describe en El poder del perro y que giran en torno a tres conceptos: sangre, sexo y oro. Aquí es la Hacienda Nápoles el lugar que Escobar elige como centro de operaciones, un extravagante paraje repleto de animales exóticos, caserones, aviones privados y reliquias como el coche en el que murieron Bonnie y Clyde. Sangre y oro, porque en la casa de Escobar el sexo está reservado para el lecho matrimonial. De este averno intenta huir el protagonista mientras El Patrón vigila.

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Una jornada de excesos en el Zinemaldia

Con Magical Girl, Carlos Vermut demuestra que es un director moderno en el mejor sentido de la palabra. Utiliza el anticlímax para enganchar al espectador igual que Damon Lindelof dejaba en el aíre el final de cada capítulo de Perdidos. Bendita sea la herencia televisiva si se utiliza con talento. Tres de lo mismo para la influencia nipona: un lagarto negro, uno de los símbolos más importantes de la película, homenajea al reptil del padre de la literatura de terror japonesa Rampo Edogawa (pseudónimo de Hirai Taro). Por otro lado, el detonante de la trama es una clara referencia a la serie de dibujosMagical Girl: una niña enferma de leucemia anhela el vestido de una de sus protagonistas y el padre -un Luis Bermejo que encarna al hombre tranquilo- hará lo posible por hacer realidad el costoso capricho de su hija. Por último, la fábula de la película es tan recurrente como divertida: amar en exceso puede llegar a ser algo perverso.

El guión de Vermut es un thriller grotesco que se sostiene sobre tres historias de amor nocivas: el padre y la hija enferma, una mujer con problemas psiquiátricos y su severo marido y un profesor jubilado que está perdidamente enamorado de una antigua alumna. El cruce de historias es una clara referencia a al modo con el que Quentin Tarantino resolvió sus primeras películas Reservoir Dogs y Pulp Fiction. Sin embargo el argumento, lleno de disparates, es un reflejo del Pedro Almodóvar más folclórico de Mujeres al borde de un ataque de nervios o Volver.

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Laurent Cantet vuelve a Ítaca

El Retorno a Ítaca de Laurent Cantet es la vuelta de un hombre a su Cuba natal después de haber emprendido una aventura de dieciséis años en España. Como en la Odisea de Homero, la tierra que abandonó Amadeo ha sufrido el declive y el reencuentro con sus antiguos camaradas revela la frustración de los ideales de juventud. El regreso del exilio se transforma en una afrenta contra la resignación que anega a los que compartieron una vez ambiciones y proyectos que el tiempo se ha encargado de borrar.

Un utópico idealista, una abnegada oftalmóloga, un pudiente arribista y un pintor frustrado completan el cuadro de una noche en una azotea de La Habana. Sus diálogos descubren sus secretos, sus reproches pendientes y sus desengaños, y desmontan un régimen que un día se pensó como un edén y que finalmente ha legitimado el axioma que asegura que el poder corrompe. Pese al pesimismo inherente del encuentro, aún queda la amistad que construyeron como un confortable refugio en el que guarecerse.

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Goenaga y Garaño conquistan al Zinemaldia con un ramo de flores

A veces, el secreto de una pequeña historia reside en otorgar a un elemento cotidiano un valor inusitado. La película ganadora del año pasado en San Sebastián examinaba una problemática social en Venezuela a través del pelo de un niño. Eran Riklis utilizó unos limoneros para describir el conflicto palestino-israelí. Y si la trama es de suspense, los objetos se denominan McGuffins;  ya se sabe, un maletín o unos documentos que se disputan malos y buenos. Pero como Jose Mari Goenaga y Jon Garaño andan más por la vertiente sentimental, bastará con indicar que Loreak son las flores que van deshojando a los personajes de su película.

Una mujer con menopausia a los cuarenta y que vive un matrimonio demasiado convencional es la destinataria de un ramo anónimo cada semana. Tras la muerte de un hombre, el obsequio deja de llegar a su puerta y las flores aparecen en la carretera en la que el difunto sufrió el fatal accidente, así que el enigma es sencillo, pero esa no es la cuestión. Es una historia mínima, que diría Carlos Sorín, donde los directores vascos dilatan la redención o la raíz de conductas difíciles de entender para explicar las relaciones familiares.

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Paco de Lucía y Christian Petzold, arte mayor en el Zinemaldia

La muerte de un mito suele desembocar en una letanía de imágenes y textos que certifican la condición del fallecido. A veces es el crudo parné el que impone la celeridad necesaria para que los pingües beneficios no se pierdan por la alcantarilla. Pero si la obra en cuestión está basada en una relación de parentesco entre quien la escribe y quien es objeto de la misma, la cuestión del lucro suele ser inexistente. Curro Sánchez Varela nunca pensó que cuando puso la cámara frente a su padre estaba empezando a redactar un excelso obituario, que iniciaba el camino para convertirse en una suerte de Diego Manrique embrionario y posmoderno sin pluma y con celuloide.

El hijo de Paco de Lucía juega con una ventaja irrefutable: probablemente el genial guitarrista jamás hubiera mostrado una desnudez sentimental parecida ante cualquier otro realizador. Tal honestidad exigía un tratamiento proporcional. Paco de Lucía: La búsqueda es una carta de amor. Pero la misiva no está escrita mediante una concatenación de escenas melifluas y empalagosas que manifiestan unos sentimientos lógicos y universales. Sánchez Varela humaniza al genio, muestra a alguien que padece miedos e inseguridades, y baja del altar a quien por méritos propios ocupa un lugar sagrado en el imaginario popular. Y al final lo que consigue es agigantar la leyenda.

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Una película ucraniana sin subtítulos sobre pandilleros sordomudos fascina en Donosti

En Cosmos, el astrofísico Neil deGrasse Tyson vuela con su nave plateada a una pirámide, un siniestro expositor donde se encuentran agrupadas cada una de las especies que han desaparecido del planeta Tierra. Están divididas en secciones y cada una tiene un nombre que la define. Entre ellas, deGrasse señala una que aún no tiene ningún apelativo: es nuestra propia extinción. La hipótesis que planteaba la serie estadounidense es también la que desarrolla Autómata, la segunda película de Gabe Ibáñez, una historia de ciencia ficción que Ibáñez escribió para demostrar que sus guiones podían superar a los de Hollywood. A Antonio Banderas le gustó tanto el proyecto que, además de protagonizarlo, también quiso producirlo.

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Un thriller de manual en la España más profunda arrebata en San Sebastián

Poco tienen en común los suburbios madrileños con la frontera mexicana. O los pueblos de la Andalucía profunda con los bajos fondos californianos. Pepe Carvalho y Philipe Marlowe son dos personajes cínicos, pero el primero es un delicado gourmet y el segundo mata sus ratos libres con un par de hielos y un buen trago servido en vaso de cristal. Si Jean-Pierre Melville hubiera nacido en Sevilla, su samurái nunca habría sido Jean-Paul Belmondo. Sobran razones para que el thriller patrio tenga un marcado acento cañí, muy alejado del glamour violento de los años dorados de Hollywood o de la límpida estética de la nouvelle vague francesa. Por eso aquí hemos optado por la radiografía suburbial de cintas como Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto o el protagonismo de rufianes como Santos Trinidad.

El director sevillano Alberto Rodríguez ha aparcado su eclecticismo manteniendo la raigambre social de sus historias para centrarse en el devenir de policías que caminan rectos hacia la resolución de los casos, concibiendo la violencia como una herramienta más para alcanzar su objetivo. Pero La isla mínima no es Grupo 7. El director abandona las corruptelas de los agentes de la ley para trazar con escuadra y cartabón la investigación alrededor de un asesino que viola y descuartiza a jóvenes indefensas, una trama con ecos evidentes de la magistral Memories of Murder (Crónica de un asesino en serie, Bong Joon-ho 2003). Con los mismos métodos expeditivos con que los agentes limpiaban Sevilla de camellos para la Expo 92, Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez intentan romper el silencio que se impone en las marismas del bajo Guadalquivir. A diferencia de la camaradería que reinaba en la patrulla de las calles andaluzas, la relación entre los dos policías está marcada por la desconfianza y el abismo ideológico que los separa.

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Xavier Dolan le hace sombra a Denzel Washington en Zinemaldia

Zinemaldia presume de ser el más pequeño de los grandes festivales de cine, y todos los años atrae estrellas rutilantes a San Sebastián. A veces son símbolo de controversia, como Julia Roberts hace unos años. En otras ocasiones confirman el pedigrí del certamen. Este último es el caso de Denzel Washington, un actor que, con dos Oscar y una miríada de películas a su espalda, dio ayer lustre a la jornada inaugural. El intérprete estadounidense abría el certamen con The Equalizer (El Protector), segunda colaboración con el director Antoine Faqua tras Training Day, en la que el protagonista abandona su vida monacal para rescatar a una prostituta de las manos de la mafia rusa.

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La cultura salta al césped

Mogwai musicalizó la banda sonora del documental sobre Zinedine Zidane; uno de los protagonistas de la novela Capital de John Lanchester es futbolista; realizadores como Juan José Campanella o Ken Loach, con Futbolín o Buscando a Eric, han buscado inspiración en el deporte rey; e incluso Albert Camus anunciaba a mediados del siglo pasado. "En el fútbol yo he aprendido mucho más sobre la condición humana y sobre la ética de los hombres que en casi ningún otro lugar". Son manifestaciones que demuestran la íntima vinculación existente entre el deporte rey y la cultura, unos lazos que se han hecho más estrechos en los últimos años.

El último ejemplo llega a Madrid este fin de semana. En una versión más reducida que su edición en Barcelona, el festival Offside proyectará el viernes dos documentales en el Matadero. The Beautiful Game cuenta cómo el fútbol  sirve de catalizador del desarrollo social en África y Football is God describe la devoción casi religiosa que sienten unos aficionados de Boca Juniors por los ídolos del club argentino. Perspectivas ambas que pretenden buscar aspectos invisibles en el tratamiento que tradicionalmente se le da a este deporte.  

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