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Fabiola Meco

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Palabra de político

En estas semanas no dejo de preguntarme sobre la trascendencia de la palabra de un político. Me indignan especialmente casos como el de Cristina Cifuentes y el de cuantos han obtenido y obtienen tratos de favor por su condición de políticos VIP,s. Me sobrepasan quienes en las Universidades públicas financiadas con recursos públicos crean chiringuitos donde se dispensan esos tratos de favor y subordinación, tan alejados del significado de la Academia.

Las instituciones universitarias son parte de la Administración pública y como tales tienen las mismas ventajas e inconvenientes, e incluso los mismos peligros. No están menos expuestas al riesgo de que en ellas aniden zombies, existan irregularidades y haya margen para el fraude y la corrupción. No lo están más ni menos que las demás Administraciones. Todas están dirigidas e integradas por personas.

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Las mujeres nunca fuimos el sexo débil

La RAE define aún el sexo débil como conjunto de las mujeres, frente al sexo fuerte que, para la ilustre Academia, es el conjunto de los hombres. Una definición completamente discriminatoria sobre la que poco o nada ha pesado el principio y derecho fundamental del art. 14 de la CE que consagra la igualdad y la no discriminación por razón de sexo. A lo mejor tiene que ver con que de 43 miembros, sólo 8 son mujeres. Ante las contundentes críticas recibidas, la RAE sin despeinarse ha dicho que no suprimirá la expresión, que la revisará a finales de año indicando que la misma se predica de las mujeres con “intención despectiva o discriminatoria”.

Y me pregunto por qué nos cuesta todo tanto a las mujeres, por qué para nosotras es todo a medias, a golpes, por qué no eliminar de una vez por todas las discriminaciones, incluso las intencionales, por qué andamos aun así, peleando con uñas y dientes, a cada paso, por lo que es de cajón, de derecho y de justicia que se reconozca.

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De dirigentes a gobernantes. La utilidad del mientras tanto

Llegar a las instituciones es un paso importante para una fuerza política. Implica haber hecho un trabajo previo. Podemos lo hizo en un tiempo record. Acertó en el diagnóstico del momento histórico que vivía España, en el discurso de la transversalidad, en la visualización de un país dividido entre los de arriba (una minoría) y los de abajo (la mayoría). Se presentaba ante la ciudadanía como una fuerza política popular, patriótica y democrática. Ante la inoperancia de los partidos del régimen del 1978, Podemos prometía devolverle a esa mayoría social las instituciones, ponerlas a su servicio, defender desde ellas los intereses de la ciudadanía. En definitiva, les aseguró serles útil desde el primer día.

Hoy, tres años después, somos parte de esas instituciones en múltiples ámbitos territoriales. Estamos en el Parlamento Europeo, en el Congreso y Senado, en los parlamentos autonómicos y en los municipios, donde concurrimos con candidaturas de unidad popular. Somos una fuerza política que cuenta con un nutrido grupo de representantes en las instituciones. Y todo en un tiempo récord. Increíble, espectacular resultado. Pero no ganamos. Y la pregunta es, cuál es el margen de acción que nos queda desde la oposición. Hay quién piensa que debemos reguardecernos, atrincherarnos, que las instituciones nos quedan grandes. Otros defendemos que nos corresponde liderar la iniciativa, avanzar propuestas que ofrezcan solución a los problemas de la gente, hacer que las otras fuerzas políticas debatan sobre nuestras propuestas. Evitar que nos arrinconen, y menos aún arrinconarnos.

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La culminación del abrazo en Podemos

Decía Galeano “Pequeña muerte llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser si matándonos nos nace”.

En estos días hemos asistido a epístolas cargadas de testosterona de dos hombres, dos voces autorizadas, dos voces dirigentes. Dos líderes de opinión, a la interna y a la externa. En esas cartas hay palabras que apuntan de dónde venimos, lo que somos y lo que aspiramos a ser. Hay lugar en ellas para el encuentro y también para el desencuentro. Hay palabras dispares que, como las piezas de un complejo puzzle, toca interpretarlas y entrelazarlas a quienes las leen. A esas personas se les pide acierto y tino en saber al final en qué anda Podemos. Pero a veces, no son capaces de componer la sopa de letras, porque las piezas no encajan, o simplemente no quieren, porque están cansadas, están perdiendo el interés en tantos juegos florales.

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