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Fabiola Meco

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Si te dicen que cayó

Esta semana ha triunfado la moción de censura contra M. Rajoy y su Gobierno. No era la primera, era la segunda que se presentaba en esta legislatura. Antes de la moción presentada por el PSOE, Podemos presentó otra, en junio de 2017, que no prosperó, pues no contó con los apoyos suficientes. Entonces PSOE, PNV y PDeCAT se abstuvieron. A nuestra moción le faltaba un ingrediente, la gota que colmaría el vaso, la primera sentencia condenatoria del caso Gürtel. Una sentencia nada baladí; de efectos letales para el Partido Popular, como organización. La sentencia les reconoce conniventes con la corrupción, lucrándose de ella. Probada la caja B, las donaciones empresariales finalistas sirvieron para pagar gastos electorales del PP vinculadas a adjudicaciones irregulares posteriores de fondos públicos. Textualmente dice la sentencia: "un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional a través de mecanismos de manipulación de la contratación pública central, autonómica, y local". Nada que ver con la falaz y feliz interpretación de la sentencia que estas semanas han hecho destacados dirigentes del PP, nada sospechosos de no saber leer sentencias, como el mismo M. Rajoy, registrador de la propiedad, o MªDolores de Cospedal, abogada del Estado. Pero esta vez no, esta vez la mentira repetida mil veces no ha surtido el efecto proclamado por Goebbels, el rey de las mentiras.

A raíz de esta decisiva sentencia, de la verdad probada en sede judicial, todo se ha precipitado en el sentido menos deseado por el PP y por Ciudadanos; todos los actores tuvieron que mover sus posiciones. Hubo bambalinas, trabajo bien hecho, terceras mociones anunciadas capaces de provocar elecciones inmediatas, pero sobre todo hubo generosidad y sentido de la responsabilidad por todas las partes, excepto por parte de  Ciudadanos. Los de la bandera española de la regeneración política votaban NO a la moción. PNV inclinó definitivamente la balanza hacia la caída de M. Rajoy y su desgobierno inmerso en la corrupción.

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Todos los hombres del PP, o casi

Dice la RAE, la Real Academia Española, que honorable es un tratamiento especial que se destina a algunas personas por el lugar que ocupan. Así lo hace la Ley de los expresidents de la Generalitat Valenciana de 2002, que les reconoce a quienes ostentaron el cargo de President la condición de Molt Honorable con carácter vitalicio. Una condición pensada para las personas que han servido a la Comunitat Valenciana desde la más alta magistratura y que por ello han de tener presencia social por haber servido con dignidad y decoro en el ejercicio de su cargo.

No merecen tal reconocimiento los hombres del Partido Popular. No están hechos para él ni por asomo. Tres de los cuatro expresidents de la Generalitat del PP valenciano se han sentado en el banquillo por causas muy graves. En los juicios en los que han sido encausados hay enriquecimiento personal, corrupción, perjuicio para las arcas públicas valencianas -que seguimos pagando aún- y un daño reputacional para nuestras instituciones sin precedentes.

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No nos creen

A las mujeres, aún no nos creen. No reaccionan. Somos la mitad de la población. Denunciamos -y los datos nos respaldan- que cobramos menos que ellos, los hombres, por hacer el mismo trabajo. Protestamos porque la precariedad traducida en parcialidad y temporalidad de los contratos se ceba infinitamente más con nosotras. Seguimos en lucha contra ello, las Kellys son un claro ejemplo de dignidad. Exigimos más pronto que tarde soluciones del gobierno, de las patronales y de las empresas.

Visualizamos –también con datos- que hasta el límite de nuestras propias capacidades físicas y psíquicas asumimos casi por completo los cuidados, que en gran medida por ello no hacemos ni por incorporarnos al mercado laboral. Es necesario reorganizar urgentemente por el bien de la sociedad misma, el sistema de cuidados para la recuperación económica y el avance democrático.

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Palabra de político

En estas semanas no dejo de preguntarme sobre la trascendencia de la palabra de un político. Me indignan especialmente casos como el de Cristina Cifuentes y el de cuantos han obtenido y obtienen tratos de favor por su condición de políticos VIP,s. Me sobrepasan quienes en las Universidades públicas financiadas con recursos públicos crean chiringuitos donde se dispensan esos tratos de favor y subordinación, tan alejados del significado de la Academia.

Las instituciones universitarias son parte de la Administración pública y como tales tienen las mismas ventajas e inconvenientes, e incluso los mismos peligros. No están menos expuestas al riesgo de que en ellas aniden zombies, existan irregularidades y haya margen para el fraude y la corrupción. No lo están más ni menos que las demás Administraciones. Todas están dirigidas e integradas por personas.

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Las mujeres nunca fuimos el sexo débil

La RAE define aún el sexo débil como conjunto de las mujeres, frente al sexo fuerte que, para la ilustre Academia, es el conjunto de los hombres. Una definición completamente discriminatoria sobre la que poco o nada ha pesado el principio y derecho fundamental del art. 14 de la CE que consagra la igualdad y la no discriminación por razón de sexo. A lo mejor tiene que ver con que de 43 miembros, sólo 8 son mujeres. Ante las contundentes críticas recibidas, la RAE sin despeinarse ha dicho que no suprimirá la expresión, que la revisará a finales de año indicando que la misma se predica de las mujeres con “intención despectiva o discriminatoria”.

Y me pregunto por qué nos cuesta todo tanto a las mujeres, por qué para nosotras es todo a medias, a golpes, por qué no eliminar de una vez por todas las discriminaciones, incluso las intencionales, por qué andamos aun así, peleando con uñas y dientes, a cada paso, por lo que es de cajón, de derecho y de justicia que se reconozca.

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De dirigentes a gobernantes. La utilidad del mientras tanto

Llegar a las instituciones es un paso importante para una fuerza política. Implica haber hecho un trabajo previo. Podemos lo hizo en un tiempo record. Acertó en el diagnóstico del momento histórico que vivía España, en el discurso de la transversalidad, en la visualización de un país dividido entre los de arriba (una minoría) y los de abajo (la mayoría). Se presentaba ante la ciudadanía como una fuerza política popular, patriótica y democrática. Ante la inoperancia de los partidos del régimen del 1978, Podemos prometía devolverle a esa mayoría social las instituciones, ponerlas a su servicio, defender desde ellas los intereses de la ciudadanía. En definitiva, les aseguró serles útil desde el primer día.

Hoy, tres años después, somos parte de esas instituciones en múltiples ámbitos territoriales. Estamos en el Parlamento Europeo, en el Congreso y Senado, en los parlamentos autonómicos y en los municipios, donde concurrimos con candidaturas de unidad popular. Somos una fuerza política que cuenta con un nutrido grupo de representantes en las instituciones. Y todo en un tiempo récord. Increíble, espectacular resultado. Pero no ganamos. Y la pregunta es, cuál es el margen de acción que nos queda desde la oposición. Hay quién piensa que debemos reguardecernos, atrincherarnos, que las instituciones nos quedan grandes. Otros defendemos que nos corresponde liderar la iniciativa, avanzar propuestas que ofrezcan solución a los problemas de la gente, hacer que las otras fuerzas políticas debatan sobre nuestras propuestas. Evitar que nos arrinconen, y menos aún arrinconarnos.

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La culminación del abrazo en Podemos

Decía Galeano “Pequeña muerte llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser si matándonos nos nace”.

En estos días hemos asistido a epístolas cargadas de testosterona de dos hombres, dos voces autorizadas, dos voces dirigentes. Dos líderes de opinión, a la interna y a la externa. En esas cartas hay palabras que apuntan de dónde venimos, lo que somos y lo que aspiramos a ser. Hay lugar en ellas para el encuentro y también para el desencuentro. Hay palabras dispares que, como las piezas de un complejo puzzle, toca interpretarlas y entrelazarlas a quienes las leen. A esas personas se les pide acierto y tino en saber al final en qué anda Podemos. Pero a veces, no son capaces de componer la sopa de letras, porque las piezas no encajan, o simplemente no quieren, porque están cansadas, están perdiendo el interés en tantos juegos florales.

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