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Fernando Montaña Lagos

Historiador y filósofo, autor del libro 'Adios a dios'.

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Llamada a la izquierda: superen el paradigma del líder

Al ejército, a la monarquía, a las instituciones religiosas y a las conservadoras le gusta la idea del líder: es un guía, un ápice del sistema vertical y jerárquico, que influye, decreta y ejecuta sin consulta ni apelación. Parece que a la izquierda no le gustan, o no le funcionan los líderes. ¿Por qué? Quizá porque sabemos que ser humano significa ser falible, no berzotas, falible, que puedes fallar. Y queremos que nos coordinen seres humanos, no superman, ni el Papa; no pensamos que una vez que fallas un tanto pasas a ser descalificado para todas las otras labores que puedes desempeñar sin defecto.

También porque estamos al corriente de cómo pierde su propio norte el líder cuando lleva un tiempo soportando esa carga inhumana (de mantenerse permanentemente coherente, duro, firme, responsable, ingenioso, cabal). Porque, lo quieran o no, subidos en el ring, recibiendo golpes a diario y alejados de las gradas, los líderes acaban perdiendo oído, incluso para los más próximos, y no tardan en aparecer soberbios o taimados. Porque no creemos posible que un solo líder concentre en su persona el conocimiento y la visión práctica necesaria para atender a todos los problemas de un estado, responder a todas las preguntas y tener siempre la última palabra. Porque sabemos que la cabeza de un líder es muy  fácil de golpear con una sola piedra; por muy espigado o encumbrado que esté, su equilibrio, como el de un mástil, resulta inestable. 

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Tercer acto

Ya lo entendí, está clarísimo. Cómo, yo, jugador asiduo de ajedrez, no lo vi venir. Esto no era una partida de mus guarrete entre dos mindundis de barrio, se trataba del primer acto de una escenificación de profesionales, sensatos, conscientes de que la negociación debe ser también una forma de pedagogía social. Pedro tenía que acallar a las fieras, dar un paso, mostrar la iniciativa, guiñar al Ibex, ganar el centro. Pablo tenía que ser coherente con su programa, corresponder con la confianza de los nacionalistas, mantener su acuerdo por la transparencia y la ayuda a los desahuciados por el austericidio, negarle su papel a la casta y darle en las narices al que se baja los pantalones y prefiere volver al pasado para mantener el poder. ¡Qué bien han representado esos papeles! ¡Qué genuinos y dignos! ¡Qué creíbles en su falsa modestia y en su sobreactuada soberbia! ¡Qué verosímiles a pesar de cuan forzado entraba el guion en este punto de giro de nuestra historia democrática!

Hay un órdago y un no quiero. Golpean la mesa, tiran las cartas, salen del bar ceñudos, cada uno en una dirección, uno con el amigo que está dispuesto a pagar las copas, el otro seguido meditabundo por el colega de toda la vida, veámoslo así, por ahora (es un guion clásico). La parroquia se queda paralizada. El señorito aprovecha y monta el numerito confesando en una fingida charla informal que lo más probable es que haya elecciones el 26 de junio, así desencadena la impotencia. La parroquia asiente. Al final va a ser cierto que  la unión de la izquierda es una quimera, deciden marcharse a casa a ver el fútbol… hasta junio.

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Cierta mujer connivente con los reyes machos

Cada 90 minutos, lo que tarda en ver una película, un hombre asesina a una mujer para salvar su honor. Recientemente numerosas jóvenes indias del estado de Kerala denunciaron en facebook la discriminación que prohíbe la entrada al templo de las mujeres con la menstruación. Una mujer se irrita porque su hija de seis años considera que el traje de un tal rey Gaspar es incorrecto. Todos los maltratadores parten de la idea de que la mujer es inferior y es su posesión. Los analistas valoran hasta qué punto merece la pena crear problemas donde no los había: "Es la (sagrada) tradición". '. Me pregunto si un clérigo soportaría una sola semana sirviendo a una Diosa que le considerara un ser menor, deficiente y dependiente de su inapelable opinión. ¿Aceptaría el hombre la palabra de la sacerdotisa dictándole normas de conducta basadas en la obediencia y la humillación? No es disculpable que el hombre no se alce para revertir el teomachismo que tan difícil le pone la vida a su compañera. Pero, ¿y esa mujer, que sufre las imposiciones, por activa y por pasiva, de un dios masculino, lejano y cruel, que justifica todas las afrentas y los insultos que puedan hacerle? ¿Por qué no se rebela? El arqueólogo francés Jaques Cauvin especula con que la religión nació de la mano de una diosa femenina de la fertilidad hace 10 o 12.000 años en Oriente Próximo. Pero mientras la historia nos aclara sobre la desaparecida diosa Asherah-Astarte-Ishtar, lo sabido es que desde la que Jarpers denominó Era Axial (750-350 a.n.e.) se inauguró una religión dominada por los dioses macho desde la que los profetas y los sacerdotes macho ejercieron una muy eficaz reprogramación de las cuestiones de género. A la mujer no le cupo más remedio que  adoptar una posición sumergida, secundaria, difusa; una adaptación que, a base de mantener una connivencia con el sector opresor, le otorgaba mínimas parcelas de poder que finalmente redundaron en una comprensión enfermiza y benevolente con la conducta, hábitos y tradiciones establecidas por sus opresores.

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¿Por qué las mujeres no son el reflejo de dios?

Miguel de Unamuno se hacía esta pregunta: "¿Dios es macho o hembra?". Hasta una niña pequeña puede responderla sin dudarlo un instante. Así, de un modo tan meridiano que parece invisible, el templo del machismo sienta sus bases en la roca madre de la religión. Permítanme que ilustremos muy someramente cómo la primacía testosterónica quedó inscrita con letra clara y varonil en numerosas perlas de sus libros y actas sagradas. El propio Pitágoras, fundador de la religión pitagórica en el siglo V a.n.e., dejó claro que  “Hay un principio bueno, que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo, que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”.

¿Qué tendría la opinión femenina para la religión que a Orígenes, el filósofo de los albores del cristianismo, lo sacaban de sus casillas? “Es en efecto, impropio de la mujer hablar en una asamblea, sin que importe lo que diga, aun en el caso de que pronuncie cosas admirables o incluso santas, pues nada de eso tiene mayor importancia por el hecho de proceder de la boca de una mujer”.  Una acusación semejante podría llevar hoy al autor de las declaraciones a visitar los juzgados. Consideren que esta no es una idea aislada de un personaje secundario de la Institución Eclesiástica, Pablo de Tarso se mostraba igual de tajante: “Hagan como se hace en todas las Iglesias de los santos: que las mujeres estén calladas en las asambleas. No les corresponde tomar la palabra. Que estén sometidas como lo dice la Ley, y si desean saber más, que se lo pregunten en casa a su marido. Es feo que la mujer hable en la asamblea”. Tendrían y tienen una razón poderosa que desconocemos, ellos, los santos, su “Ley”, y su particular necesidad de preservar esa belleza del diálogo machista.

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