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MINUTO POLÍTICO Los temas del día

Jacint Jordana

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Pompeu Fabra. Llicenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universitat de Barcelona el año 1987 y Doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona, el año 1992. Ha sido decano de los Estudios de Ciencias Políticas y Gestión Pública (1996-1997), Secretario General (1997-1999) y Vicerector de evaluación y docencia (2001-2003) de la Universitat Pompeu Fabra. Profesor visitante en la Australian National University, Wissenschafts Zentrum Berlin y la Universitat de California (San Diego), entre otras. Actualmente dirige el Institut Barcelona d'Estudis Internacionals (IBEI), instituto interuniversitario de investigación establecido en el año 2004.

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La independencia de los reguladores bancarios y sus consecuencias

Es frecuente leer o escuchar entre expertos y creadores de opinión que muchos problemas de políticas públicas se pueden resolver dando más independencia a los profesionales que, desde el ámbito público, son responsables de gestionar tales políticas. En ocasiones se propone que la mejor receta para resolver los complejos problemas de la democracia es separar completamente las decisiones “técnicas” de las políticas. El supuesto implícito es que las decisiones públicas son de mejor calidad cuando se las elimina de la esfera política. Desde el punto de vista de la legitimidad democrática, estas propuestas son sin duda discutibles, y sólo se compensan, por lo menos en parte, si existen los mecanismos de control y rendición de cuentas adecuados. Nuestro argumento, no obstante, es que la independencia no lo resuelve todo, y a veces no sirve para nada.

No planteamos aquí un argumento general contra las garantías de independencia en cualquier entidad u organización pública. Hay muchos casos en los que existen argumentos razonables a favor de su introducción. Los políticos y los legisladores pueden proteger a servidores públicos no electos para que puedan tomar decisiones comprometidas, si consideran que es el mejor camino para conseguir buenos resultados en términos de política pública. Atándose a sí mismos para hacer más difíciles determinadas decisiones futuras, los políticos evitan algunas de las trampas que genera la democracia, como la intensa competencia por atraer electores, el inmediato peso de la opinión pública, o el descuento rápido del futuro en función del ciclo político. No solo en el mundo de la política se hacen estas cosas. El diseño de mecanismos de decisión para no sucumbir a tentaciones futuras se encuentra presente en muchas esferas de nuestras vidas, tanto pública como privada, como nos ha recordado frecuentemente Jon Elster, y es comprensible que se utilice este tipo de mecanismos para hacer que la democracia funcione adecuadamente.

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Recortes sin debate: el gasto social en España durante la crisis

Gracias a su continuado acceso al crédito, el gobierno ha tenido mayor capacidad de reacción para afrontar la crisis que la mayoría de las comunidades autónomas. Si no predominaran aún unas prácticas tan centralistas en la política española, este problema se hubiera debido convertir en uno de los debates públicos más importante de los últimos años. Debatir mediante qué políticas era mejor ajustar los presupuestos en el contexto crítico de la crisis, desde una perspectiva multinivel, hubiera llevado a una deliberación sobre las preferencias públicas y las prioridades en política social, más allá de las posibilidades estrictas de cada nivel de gobierno, lo que no ocurrió en ningún caso. Todo lo contrario. La evasión de responsabilidades y el oportunismo del gobierno central -aprovechando los fallos de un nuevo modelo de financiación autonómica en un contexto de recesión- han dominado la escena política estos años, agravando los problemas políticos y sociales ya existentes.

La reciente publicación de datos de contabilidad nacional para el año 2012 nos permite confirmar la enorme dimensión de los ajustes presupuestarios en España. También podemos ver claramente cómo se distribuyeron los ajustes, tanto sectorial como territorialmente. Como ya sabemos, los límites del déficit público –y también del aumento de la deuda- no se decidieron en el marco del sistema político español, pero sí había margen en el ámbito doméstico para decidir el contenido de los recortes. De las series anuales de contabilidad nacional, un dato que sorprende es la estabilidad en la distribución territorial del gasto social, a pesar de los enormes ajustes presupuestarios. Durante todo el período de la crisis, más del 90% del gasto en educación y en salud se concentró en el ámbito autonómico. Por otra parte, el gasto en protección social y pensiones se encontraba concentrado en el ámbito central, con un 90% del total.

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¿Por qué no interesa el federalismo en España?

Sin duda que saber por qué no interesa el federalismo en España es una pregunta que a muchos nos gustaría poder responder con certeza. De hecho, hace ya muchos años que se han hecho propuestas en este sentido, especialmente desde Cataluña, para transformar el Estado de las autonomías en un modelo federal más homologable internacionalmente y más adecuado a las tensiones territoriales que históricamente ha sufrido España. Sin embargo, no despertaron ningún interés entre los partidos políticos de ámbito estatal, ni tampoco generaron muchos debates y reflexiones entre expertos e intelectuales de diverso origen. Sólo muy recientemente, a regañadientes y bastante a su pesar, el PSOE ha empezado a introducir el tema entre sus propuestas políticas. Actualmente en Cataluña, con la excepción del PSC y sus perseverantes propuestas, el interés por el federalismo también se ha reducido mucho, por agotamiento de muchos y desesperación de algunos.

Podemos especular con algunas conjeturas para responder a nuestra pregunta. Una primera respuesta sería la dimensión de competencia electoral. Especialmente en los últimos quince años, en la lucha electoral entre los grandes partidos se produjo una cierta competencia en torno al nacionalismo español. Se trataba de un nacionalismo retórico, expansivo, algo modernizador y, sobre todo, homogeneizador. Aunque esta estrategia fue iniciada por el PP, una vez instalada, el temor de perder votos al partido que mostrara alguna debilidad frente a demandas e identidades singulares, arrastró también al PSOE en la espiral nacionalista. Además, nuevos partidos, como PUyD, consiguieron crecer compitiendo más duramente aún con la misma lógica nacionalista. El discurso electoral de carácter identitario era simple, casi banal, basado en vagas alusiones igualitarias y, fundamentalmente, en explotar algunos prejuicios recurrentes, como, por ejemplo, el supuesto carácter egoísta de los catalanes. Sin embargo, la efectividad de este discurso en la España de la década del 2000 ayudó a frenar cualquier transformación federal del modelo territorial, por el miedo a los costes electorales para el partido que los impulsara, que hubiera sido acusado de “vender” el país a los intereses particulares de algún territorio.

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Urgencias (no sólo) francesas

Francia es una país excepcional, en cierto modo admirable. No hay otro país igual en el mundo. Posiblemente más consciente de su distinción que cualquier otro, se enfrenta a los retos de la crisis, la Europeización y la globalización de una forma distinta al resto de los países. A los franceses les ha costado asimilar plenamente las consecuencias de la globalización –la mundialización, como dicen ellos-; no porque no estuvieran internacionalizados –como el que más, sin duda- sino por lo qué ésta implicaba de mezcla, de creciente mestizaje cultural, empresarial, político, etc., a todos los niveles.

Un libro recientemente publicado en Francia, Urgences françaises, constituye un buen diagnóstico, y al mismo tiempo un ejemplo, de tales contradicciones. Su autor, Jacques Attali, ensayista prolífico y asesor de todo tipo de políticos franceses durante las cuatro últimas décadas, hace un detallado diagnóstico de los problemas políticos, sociales y económicos actuales de Francia, nos habla de su creciente estancamiento y declive, y sugiere la necesidad una nueva revolución francesa –porque considera que Francia solo avanza a golpe de revoluciones-, como reacción para afrontar decididamente y con urgencia las calamidades que identifica.

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