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José Fernández-Albertos

Doctor en ciencias políticas por la Universidad de Harvard. En la actualidad soy investigador permanente en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC. La mayor parte de lo que escribo trata de las relaciones entre política y economía.

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Europeísmo y aceptación de la austeridad

"Sabemos lo que hay que hacer, pero no sabemos cómo ser reelegidos después de hacerlo". La famosa frase del expresidente de la Comisión Jean-Claude Juncker resumía excepcionalmente bien la incompatibilidad entre la percibida inevitabilidad de ciertas políticas económicas nacionales con las que algunos creían que había que responder a la crisis del euro y la aceptación ciudadana de dichas políticas. Esa incompatibilidad tuvo como consecuencia no solo la caída de muchos gobiernos, sino el tensionamiento de muchos sistemas de partidos en Europa. Sus consecuencias aún las sentimos hoy.

De acuerdo a uno de los argumentos dominantes de la época, una de las razones por las cuales la adopción de dichas políticas impopulares estaba generando tanto rechazo entre la ciudadanía era la débil legitimidad democrática de las instituciones supranacionales que las impulsaban. ¿Cómo iban a aceptar los electorados nacionales decisiones tomadas en el seno de la Comisión Europea, el Eurogrupo, o el Banco Central Europeo, instituciones sobre la cuales los ciudadanos percibían que tenían poca capacidad de control democrático, a diferencia de los gobiernos nacionales a los que podían sancionar en las urnas? ¿Generaban pues las políticas de austeridad más rechazo entre los votantes por el hecho de que no gozaban, a los ojos de muchos ciudadanos, de una clara legitimidad democrática?

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Lo siento, pero Teruel ya existía

Muchas páginas hemos escrito ya sobre una de las supuestas sorpresas de las pasadas elecciones: el auge de los partidos de ámbito no estatal (PANEs). En efecto, en estas elecciones han entrado formaciones nuevas al Congreso de los Diputados, y el número total de partidos en la nueva legislatura será el más alto de democracia. ¿Pero a qué se debe este resultado? ¿Es porque hemos votado más que nunca a candidaturas que aspiran a representar territorios concretos? ¿Podemos incluso concluir, como muchos han hecho precipitadamente, que el electorado ha aprendido que la mejor forma de influir en política es optando por candidaturas centradas en la defensa de los intereses de ciertas regiones? 

Veamos los datos: El gráfico 1 muestra, para cada elección al Congreso de los Diputados desde la restauración de la democracia, el porcentaje de votos válidos emitidos a partidos autonómicos o provinciales que no formaban parte de coaliciones o acuerdos electorales con fuerzas de ámbito estatal, y que han obtenido al menos el 0,1% del voto*.

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Gobernar en la fragmentación. Sí se puede

En el momento de escribir estas líneas, casi la mitad de los españoles viven en comunidades autónomas gobernadas por una coalición de partidos que no tiene mayoría absoluta en el parlamento regional. Es, como muestra el gráfico 1, la fórmula de gobierno autonómico más común de todas, e incluye a gobiernos de todos los colores ideológicos: la coalición de PP y Ciudadanos en Andalucía, el gobierno vasco entre PNV y PSE, el catalán entre Junts per Catalunya y Esquerra, o muchos de los gobiernos en funciones salientes, como el aragonés entre PSOE y Chunta Aragonesista. La siguiente categoría más común es la de los gobiernos de un solo partido en minoría: un 32 por ciento de los españoles viven en comunidades autónomas con esta fórmula. Juntando estas dos categorías, ocho de cada diez españoles viven con gobiernos autonómicos que no tienen mayoría absoluta en el parlamento, y que por tanto han de negociar apoyos con fuerzas que no están en el ejecutivo para ser investidos y aprobar leyes y presupuestos. Solo dos comunidades autónomas tienen hoy gobiernos de coalición con mayoría absoluta en el pleno (Comunidad Valenciana y Castilla-La Mancha), y solo una tiene un gobierno de un solo partido con mayoría absoluta (Galicia). 

Gráfico 1. Población española residente en comunidades autónomas con diferentes formas de gobierno, en porcentaje sobre la población total (Junio de 2019).

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Sobre el "voto útil" de la izquierda en Madrid

El otro día, a cuenta de esta tribuna de opinión en eldiario.es que defendía que el voto a Madrid en Pie es un voto útil por razones "matemáticas" (sic.), algunos colegas me preguntaban mi opinión.

Para empezar, convendría aclarar algunas ideas: No es cierto que las encuestas estén por principio incapacitadas para estimar a los partidos pequeños, o que sistemáticamente los infraestimen. Las muestras más pequeñas hacen más difícil estimar con precisión su nivel de apoyo, pero i) a estas alturas tenemos MUCHAS encuestas (lo cual reduce la incertidumbre), y ii) falta de precisión no implica necesariamente infraestimar su nivel de apoyo. De hecho, tenemos ejemplos de partidos pequeños a los que algunos dieron la posibilidad de entrar (Equo en 2011, Unió en 2015, PACMA en 2019) y que al final no lograron hacerlo, y no tenemos casos de partidos que obtuvieron representación y a los que ni una sola encuesta le concediera esa posibilidad. No es cierto pues que las encuestas siempre "castiguen" a los pequeños.

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28A: ganadores, medias victorias y batacazos

Los nacionalpopulistas han invadido Europa. Incapaces de recoger el voto de los descontentos con la automatización y la globalización, la izquierda tradicional se ha derrumbado en todo el continente. Pero, en las esquinas, tanto en la península escandinava como, sobre todo, en la península ibérica, así como en la ínsula británica, los viejos partidos socialdemócratas, resisten el avance de los populistas de extrema derecha, como versiones modernas de Astérix y Obélix. En los últimos meses, el SAP en Suecia y SDP en Finlandia se han consolidado en el poder; y, en los próximos meses, se pueden consolidar el PS en Portugal y el PSOE en España. Y, cuando haya elecciones en el Reino Unido, los laboristas podrían volver a Downing Street. ¿Por qué? ¿Cuál es la poción mágica de esta neo-socialdemocracia?

La crisis económica y las políticas de austeridad pueden explicar la victoria de los socialistas portugueses y españoles. Pero no es suficiente. Otros países del sur de Europa, como Italia o Grecia, han padecido una crisis tan o más notable y, sin embargo, sus partidos socialdemócratas fueron barridos hace tiempo. Mientras, ni en el Reino Unido ni en los países nórdicos han experimentado un severo apretón del cinturón, y, sin embargo, también parecen resistir, aunque desgastados, los socialdemócratas.

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Un vistazo a los datos de participación por municipios

A las 2 de la tarde habían votado ya 14,4 millones de electores, un 41,5% del censo, 4,6 puntos porcentuales más que en 2016. La participación ha crecido en todas las comunidades autónomas, aunque con notables variaciones entre ellas. El dato más notable es el del crecimiento en Cataluña, en más de 11 puntos, aunque también es cierto que es tuvo una participación muy por debajo de la media en el primer avance de hace tres años. Dentro de Cataluña este aumento es bastante "transversal", y afecta tanto a municipios donde los independentistas son hegemónicos como a donde son minoritarios.

¿Hay algún patrón en función de cómo votaron los municipios en 2016? La verdad, cuesta encontrar regularidades muy sólidas o llamativas. [Una nota de precaución: aunque encontráramos patrones claros, es siempre un ejercicio de alto riesgo inferir resultados electorales a partir de estos cambios: así, por ejemplo, una mayor participación en zonas de izquierda puede querer decir que los electores de izquierda se están activando, pero también que aquellos no formaban parte de la "mayoría local" están acudiendo esta vez a las urnas (con lo que podría beneficiar a la derecha)]  

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Los indecisos

Durante las últimas semanas y especialmente estos últimos días de campaña los indecisos parecen los protagonistas, de las noticias, de las encuestas (que ya no pueden publicarse) y, sobre todo, de los debates. Una descripción lo más exhaustiva posible de quiénes son 'los indecisos' parece, por tanto, de interés.

Hay una primera aclaración necesaria: la indecisión no puede medirse de forma directa, es lo que llamamos una variable latente que mezcla varias dimensiones no directamente aprehensibles. La gente está más o menos indecisa, más o menos decidida a hacer algo, en un continuum, en el que solo algunos se sitúan en los extremos. Por tanto, no es posible responder a la pregunta de ¿cuántos indecisos hay? sin antes definir a quién consideramos indeciso y a quién no. Las encuestas nos permiten conocer cuánta gente tiene clarísimo, medio claro o nada claro si irán a votar el día 28A, y también a qué partidos prefieren o entre qué partidos están dudando. Hay quienes responden a todas estas preguntas, y hay quienes no responden a ninguna. Por ello, dentro de todo el grupo de electores que se clasifican como indecisos podemos decir que unos parecen más indecisos que otros.

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Cinco claves y siete gráficos sobre el CIS preelectoral

Este martes se publicó el último barómetro del CIS antes de las elecciones. Los titulares probablemente ya los conozcan. Los resultados del barómetro dan al PSOE como partido más votado, aunque necesitaría pactos para gobernar, mientras que la suma de PP, Ciudadanos y Vox no llega a la mayoría absoluta. Más allá de estos titulares, queremos destacar aquí algunas otras claves que nos permiten conocer mejor cómo llegamos a las elecciones del 28A. 

En lo que respecta a la participación electoral, un 76.3% de los encuestados afirman que irán a votar con toda seguridad el 28A. Este dato siempre tiene un componente de deseabilidad social (nos gusta responder que vamos a ir a votar), aunque el modelo de estimación que utiliza el CIS lo reduce solo mínimamente a una participación del 74,8%, lo que estaría por encima de la registrada en las elecciones generales de los últimos años.

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¿Quién vota a Vox?

Un problema que hasta hace poco hemos tenido para decir algo sensato e informado sobre el electorado de Vox es que disponíamos de pocos datos para analizarlos con un poco de sistematicidad. La emergencia de Vox es algo muy reciente, y, a pesar del interés mediático por este partido y del buen resultado cosechado en las pasadas elecciones andaluzas, el número de encuestados que se muestran predispuestos a votar a este nuevo partido sigue siendo pequeño, lo que limita las posibilidades de análisis. Para resolver este problema de muestra, en el ejercicio que presento a continuación uno los dos últimos barómetros disponibles del CIS, el de Enero y el de Febrero. Al disponer de muestras relativamente grandes, gracias a este ejercicio puedo estudiar a algo más de dos centenares de personas que declaran querer votar a Vox en las próximas elecciones generales.

¿Cuál es el perfil socioeconómico de estos votantes? Sabemos, gracias a los análisis ecológicos a partir de los resultados de las elecciones andaluzas y a otros datos de encuesta que un gran porcentaje de ellos procede del electorado del Partido Popular. Pero ¿logran capturar votantes desencantados en otras latitudes ideológicas? ¿En qué medida hay un voto "económico" de descontento en la preferencia por Vox que podría ampliar la base social de la derecha en España? 

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La racionalidad de Ciudadanos

Una de nuestras tareas como politólogos es el de tratar de encontrar racionalidad a las decisiones de los actores políticos, especialmente aquellas que pueden resultar difíciles de comprender a primera vista. Los periodistas con frecuencia nos preguntan si esta o aquella decisión de un partido les saldrá rentable, si aciertan o se equivocan haciendo esto o lo otro. Personalmente, creo que en la mayor parte de los casos los mejor cualificados para responder a estas preguntas son los propios partidos. Al fin y al cabo, dedican mucho más tiempo y recursos que nosotros a pensar qué es lo más les conviene. Esto no quiere decir que no cometan errores, pero por lo general no creo que desde fuera estemos mejor posicionados para detectarlos.

En mi humilde opinión, nuestra tarea como politólogos no es tanto decir cuándo lo hacen "bien" y cuándo "mal", sino más bien proponer explicaciones que doten de racionalidad a su comportamiento. Si además consideramos que ese comportamiento no es deseable porque interfiere con un bien superior, entender la racionalidad que hay detrás es un ejercicio mucho más constructivo. Decir "qué horror, el partido hace X, deben de ser tontos o irracionales" no nos lleva a ninguna parte. Decir "qué horror, el partido hace X porque le conviene en la presencia de Y y Z", nos dice algo útil: cambiemos Y y Z, y el partido a lo mejor deja de hacer X.

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