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Juan Agulló

Sociólogo y periodista. Actualmente es profesor titular del Instituto Latinoamericano de Economía, Sociedade e Política (ILAESP, UNILA, Brasil).

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Venezuela: lo que no se entiende

Cuando se piensa en Venezuela casi nadie se plantea que, por autoritario que pueda parecer el régimen de Nicolás Maduro, ineficiente su acción de gobierno e incluso, legítimo el hilo que conduce hasta Juan Guaidó, el elemento (geo)político que subyace, es inquietante. Hace mes y medio que una cuarentena de países ha reconocido a un "Gobierno" que, en un contexto de polarización y crispación, no tiene un control real del territorio y mucho menos, del Estado. La decisión originaria proviene, además, de Washington y todo esto ocurre en un entorno volátil, como el latinoamericano, en el que los conflictos post-electorales son moneda corriente.

¿Qué sucederá cuando, a partir de ahora, vuelvan a producirse situaciones similares en la región? Difícil de predecir aunque, como otras muchas posibles consecuencias del inopinado desconocimiento internacional de Maduro, casi nadie se lo ha preguntado. Normal: el relato prefabricado en el que son encasilladas las noticias sobre Venezuela descansa sobre tres ejes argumentales ("Maduro-dictadura-hambre") que traban casi cualquier cuestionamiento extra, por razonable que sea. Los enfoques son machacones y los comentarios, ideologizados. Ante eso, lo que este artículo se plantea es intentar iluminar las abundantes zonas de sombra.

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¿Qué se puede esperar de Bolsonaro?

La pregunta, en realidad, debería ser más amplia: ¿hacia dónde irá Brasil en los próximos años? Si nos atenemos a los trapos sucios de Jair Bolsonaro, divulgados por la prensa internacional durante las últimas semanas, fascismo puro y duro. Si se consideran algunos elementos, menos centrados en el personaje, la explicación puede ser más rica en matices. En realidad no se trata de blanquear al próximo presidente, un outsider, sino de saber qué puede pasar en la octava economía del mundo: un país habitado por 208 millones de personas, que dobla en extensión a la Unión Europea y que suele ser frecuentemente asociado -desde que el intelectual vienés Stefan Zweig publicó un libro al respecto, en 1941- a la idea de futuro.

Pese a ello en Brasil, ahora mismo, no se respira mucho optimismo. Como decía el humorista Millôr Fernándes en tiempos de crisis, aquél es un país con "un enorme pasado por delante". Un pasado que da pistas. La primera: Bolsonaro será presidente pero, al igual que Lula da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (2011-2016), no tendrá un poder absoluto. Eso siempre y cuando, claro, no rompa las reglas del juego. En caso de que respete la Constitución, lo previsible es que el parlamento de Brasilia siga siendo el gran escenario de negociación. Es algo a lo que un país que tiene más de treinta partidos representados en el parlamento está muy acostumbrado. En ese marco, Bolsonaro y su Partido Social Liberal (PSL) no lo tendrán fácil: contarán con un porcentaje de escaños similar al de Ciudadanos en España (10%).

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Brasil: Biblia, buey, bala

A Jair Bolsonaro, reciente ganador de la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas, le hubiera resultado complicado ser elegido en España: en 2003, en los pasillos del Congreso, no dudó en espetarle a una compañera diputada que no la violaba porque “no se lo merecía”. Además de ese desagradable episodio, el personaje en cuestión ha ido acumulando a lo largo de los años improperios y salidas de tono de todos los colores: racistas, machistas, homófobas, glorificadoras de la dictadura militar y en términos generales, poco compasivas. Los brasileños no pueden esconder que saben quién es Jair Bolsonaro: sus exabruptos, exageraciones, zafiedades y empanadas mentales forman parte del acervo político nacional. 

Aunque, desde que el ex Presidente Lula da Silva (PT, izquierda) fue encarcelado y su candidatura presidencial, impedida, Bolsonaro lideraba las encuestas, sus posibilidades reales se dispararon a una semana de los comicios. Contribuyó a ello la transfusión de votos de la burguesía urbana liberal, fundamentalmente paulista (del Estado de São Paulo, 45 millones de habitantes, con un PIB y un IDH de los más altos de América Latina). Prueba de ello es que el PMDB y el PSDB, los dos grandes partidos promotores -en 2016- del Impeachment contra la ex Presidenta Dilma Rousseff, el domingo pasado, apenas sumaron un 6%. El anti-petismo no parece haber sido de hecho, el causante de una adhesión en masa tan rápida e impresionante. 

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