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Juan José Santos Mateo

Crítico de arte y comisario independiente, colaborador regular de medios como Artnexus, Dardo Magazine o Artishock, ha comisariado exposiciones individuales de Isidoro Valcárcel Medina, Elina Bortherus o PSJM, y colectivas como "Selección Española" o "Ciudad de Mente".

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La mutilada Bienal de Mercosur y la deriva de los grandes eventos artísticos

Mercosur es un marco económico originado tras la firma del Tratado de Asunción en 1991. La intención; generar un bloque comercial entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay (posteriormente Venezuela y Bolivia) que potencie el mercado entre ellos. Cuatro años después, se empezó a gestar una bienal de arte en la casa del empresario brasileño Jorge Gerdau Johannpeter. En esa reunión estaban el gobernador del Estado, el secretario de Estado de Cultura y otras autoridades junto a artistas, coleccionistas, empresarios y representantes de los sectores culturales. Decidieron invertir en ese evento cultural, llamarlo Bienal del Mercosur (ya que los artistas provendrían de los países del bloque económico), y ubicarlo en Porto Alegre. Tiene gracia, o ninguna, que ahora su futuro esté en entredicho por motivos de plata.

La edición actual, la décima, iba a ser colosal. Casi 700 obras de arte de más de 400 artistas de toda Latinoamérica, seleccionadas por el curador jefe Gaudêncio Fidelis, junto con un equipo formado por Márcio Tavares, Cebreros Urzaiz, Fernando Davis, Raphael Fonseca, Ramón Castillo y Regina Teixeira de Barros. Nadie se preguntó si era cabal la propuesta, dado el contexto económico de los grandes patrocinadores del evento; el Gobierno brasileño y la empresa Petrobras.

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El detective de arte urbano (y sus 10 mejores casos)

En el año 2000 Guillermo de la Madrid se topó con unas obras callejeras de Eltono y Nuria Mora en el barrio de Lavapiés. Fue una revelación. Un encuentro feliz entre alguien que pretendía convertir la ciudad de manera altruista en un lugar más estético, frente a un espectador en potencia que necesitaba otro tipo de experiencia visual, sin esperar nada a cambio, y sin haberlo pedido.

De la Madrid, desde entonces no ha parado de documentar las obras que se va encontrando en las aceras y en las paredes de los edificios: "Se convirtió en casi una obsesión y desde entonces no salgo de casa sin la cámara". En su blog, Escrito en la pared, va actualizando las obras de arte que descubre en sus paseos. En el 2012 fundó, junto a Diana Prieto, Madrid Street Art Project; plataforma desde la que lanzan "safaris urbanos" (rutas guiadas para conocer obras de arte urbano) y que acercan esta práctica a las aulas de los institutos de secundaria a través de charlas, talleres con artistas o de los propios safaris.

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Paz Errázuriz, fotografías al margen

Ella, recién llegada de Chile, la otra punta de la otra punta, se encontraba allí, en un departamento del Village neoyorquino. Era el año 1986, y estaba en el centro del mundo. Llevaba bajo el brazo algunas fotografías de su serie La manzana de Adán, y otras imágenes de boxeadores. La fotógrafa quería obtener apoyos para poder publicar esa serie. Aparece la dueña del departamento. "He leído todos sus libros", le dijo la chilena. Y a la dueña, Susan Sontag, le encantaron las fotografías de Paz Errázuriz. El libro La Manzana de Adán se publicó en los 90. Apenas tuvo eco en un Chile en el que por fin se amanecía en democracia. El trabajo de Paz Errázuriz no obtuvo el reconocimiento que merecía hasta hace poco, y ese libro no alcanzaría una repercusión justa hasta que no fue reeditada recientemente por la fundación chilena Ama.

La relación de la obra fotográfica de Errázuriz (Santiago de Chile, 1944) con la literatura no se limita a aquella anécdota. Con Diamela Eltit realizó un libro de forma conjunta, El Infarto del Alma. Con Enrique Lihn hizo toda la parte visual de su trabajo Paseo Ahumada, con Malú Urriola llevó a cabo el proyecto La Luz que me ciega. Los escritores escriben al margen de las fotografías. Las fotografías, son anotaciones al margen de la historia oficial chilena. Y el margen, está hoy en el centro del mundo.

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Bienal de la Habana: de la revolución a la revelación cubana

La Bienal de la Habana, también llamada “La Bienal del Tercer Mundo”, es un evento que nació como cita de reflexión y discusión, primero entre los propios artistas y teóricos cubanos, y después, aglutinando a demás actores del arte latinoamericano. Al contar con un presupuesto, proveniente del Estado, débil, los artistas que acuden desde fuera han de financiar su presencia, usualmente, con el apoyo de sus galerías privadas (en caso contrario, con dinero público). Una de las consecuencias de la apertura de la Bienal y del crecimiento del evento fue la llegada de coleccionistas, críticos y curadores extranjeros, que han aupado al estrellato y comprado obra a numerosos artistas cubanos.

La presente edición de la Bienal visualiza los cambios que están teniendo lugar en la isla; la apertura de relaciones con Estados Unidos o la Iglesia católica, y la adaptación de los ciudadanos al nuevo marco. Por esa apertura acceden oportunistas, transacciones opacas, y sorprendentes incongruencias ideológicas. Pero también persisten ciertos fantasmas del pasado.

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Ceguera en la Bienal de la ciudad del ojo

El poeta Joseph Brodsky decía en Marca de agua, su carta de amor a Venecia, que era imposible tener pesadillas en “la ciudad del ojo”, donde “las demás facultades desempeñan un borroso papel secundario”. La Bienal se está convirtiendo en una fiesta secuestrada por los ricos, donde el resto de elementos, artistas, comisarios, y sobre todo, espectadores, juegan un rol de agregado. Y donde es perfectamente posible tener pesadillas.

Okwui Enwezor, comisario general de esta edición, se paseaba por la Bienal como un Humberto I. Ya se conocían los premiados del jurado: mejor participación nacional, República de Armenia (con el genocidio armenio de 1915 de fondo); mejor artista, Adrian Piper; mejor artista joven, Im Heung-Soon. Menciones especiales a Joan Jonas, Harun Farocki, el colectivo sirio Abunaddra, y al argelino Masinisa Selmani. La propuesta curatorial de Enwezor, así como sus decisiones electorales, han configurado una Bienal pretenciosa (desde el título, Todos los futuros del mundo) y políticamente correcta; varias obras se solidarizan con conflictos sociales y económicos pero sin ser excesivamente contundentes, con alguna excepción, como Who is Building the Guggenheim Abu Dhabi de Gulf Labour Coalition.

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Misterio desvelado: el pabellón español de Venecia

La primera pregunta obligada al comisario, Martí Manen: ¿son ajustados titulares como Martí Manen sacará a Dalídel armario de la Historia del arte? No, claro que no, responde entre risas. “Hay mucho más que eso”. Y es verdad; hay política, hay vínculos con la actualidad italiana, hay denuncia y hay investigación. Pero no por ello deja de ser un pabellón rosa. Muy rosa.

En la sala central, eje del resto de propuestas, pintada de rosa y con mobiliario daliniano (dos sillas Leda y un sofá Mae West), se presentan vídeos de apariciones televisivas de Salvador Dalí y de interpretaciones de su figura por parte de especialistas (Vicenç Todolí, Manuel Borja-Villel y Montse Aguer). Ese es el Dalí que interesa a Martí Manen; el manipulador, el que se construye su propia imagen, el que juega con su identidad, el provocador. “Queríamos ponérnoslo difícil”, me comenta Manen. “¿Dalí es el punto de partida para los artistas?”, “Sí, aunque luego cada uno haya tirado por su lado”, aclara.

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El Pan y la Belleza: lo que nos espera en la Bienal de Venecia

Analicemos una postal veneciana de principios del siglo XX. Dos tipos, sentados en los Giardini, vestidos con traje, sombrero y bigote, comentando las novedades de la edición de esa Bienal de arte, el pastizal que costó aquel pabellón nacional, la injusticia del premio del jurado, el dislate de fiesta en el que estuvieron el día anterior, y lo encantadora que es la ciudad al atardecer. Realmente, nada ha cambiado.

Cada dos años se reúnen coleccionistas, apasionados del arte, o profesionales del postureo para disfrutar de esta masiva selección de artistas distribuida por los Giardini (3.000 metros cuadrados) y Arsenale (8.000), y comparten el poco oxígeno que queda con especialistas y críticos que repiten la misma queja desde la primera edición de 1895; el anquilosamiento de esta estructura, la demencia de seguir rellenando con dinero las arcas de la Fundación de la Bienal para competir en estas absurdas olimpiadas, un pasatiempo para ricos, en las que cada país lucha por hacerse con el deseado León de Oro. He aquí la paradoja; cada año más naciones alquilan un espacio para mostrar el fruto de sus creadores a pesar de criticar la obsoleta idea de mantener muestras de arte por representación nacional en la era de la globalización.

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Pasar al otro lado (y los golfistas del Estado)

A los ciudadanos africanos que deciden cruzar la frontera en Ceuta y Melilla de manera ilegal no les espera una alfombra de Welcome en España. Si intentan hacerlo por mar, no se embarcan en barquitos de juguete hechos por niños. Si cruzan, no se ponen a jugar al escondite con la policía. Y si algún periodista les retrata, no les consultan el pie de foto.

El artista Guibert Rosales conoce muy bien cómo los motivos sociales, políticos y económicos pueden acabar por convertir a vecinos en enemigos. Ha retratado con su cámara la frontera física y mental que separa a su Cuba natal del resto del mundo. Ahora afincado en España, desplaza su discurso hacía la separación entre África y España, y lo consigue a través de la ironía. En Coto de caza dibuja en varios felpudos la silueta de inmigrantes coronando una valla. Frente a ellos, la típica alfombra de bienvenida que ponemos delante de la puerta de casa. Chus García-Fraile, quien acudió a Marruecos por encargo de Intermón Oxfam en 2013, también ha trabajado con la idea de trasladar la imagen de la valla en formato alfombra, una de las principales industrias manufactureras del país (“Melilla border”, 2014), obra de arte que cualquier coleccionista puede adquirir para ponerlo debajo de la televisión que emite esas molestas noticias sobre inmigración. Es lo mismo que hacemos los turistas del primer mundo con las alfombras marroquíes.

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Arte a domicilio

El Museo Reina Sofía perdió medio millón de visitantes en el 2014. ¿A la gente cada vez le interesa menos el arte? No, los espectadores han preferido quedarse en casa. En casas como la de Ángela Cuadra, que ha convertido su salón en “Salón”. Un espacio independiente donde organiza exposiciones modestas, familiares, pero de calidad. Los eventos son anunciados sólo por Facebook: “Prefiero que sea así, ya que no es un lugar público exactamente. Las exposiciones suelen durar un par de días en horario de 20.00 a 23.00h.”.

Cuando la pregunto qué cargo le pongo se lo toma a risa: “Eso de tener un cargo en mi propia casa, ¡jejejeje! Pon que soy el ama de llaves. Es broma. No sé, no hay jerarquías. Aunque soy la cabeza visible tanto mi marido Kato como los vecinos de arriba están involucrados en el proyecto”. Vecinos y espectadores curiosos acuden a “Salón” para tener un contacto más cercano con el arte y con los artistas, y el hecho de que esto suceda en un domicilio particular no reduce su relevancia. No se produce un arte de andar por casa.

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¿El peor año para el arte? (y estamos en marzo)

En 1994, el artista Antoni Muntadas lanzó The File Room, una plataforma online que registra todos los casos de censura en el mundo del arte. Están organizados por motivos sexuales, de lenguaje, religiosos, políticos, económicos o sociales pero, con los tres meses que llevamos de año, y la cantidad y la gravedad de los casos de censura, veto, destrucción y coacción al arte, sus archivos se desbordan. ¿El arte es cada vez más peligroso para el poder, o el poder es cada vez más peligroso para el arte?

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