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Laura Beltrán

Estudiante del doble grado en Derecho y Ciencias Políticas y de la Administración Pública en la Universitat de València.

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Cuando ya ni tus orígenes logran definir tu identidad

¿Qué ocurriría si la UE cursara una petición de ingreso en la UE? La respuesta es clara: sería rechazada. En efecto, la propia UE no cumple las exigencias de democracia  que impone para conseguir el ingreso” (Ulrich Beck, Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización, 1999) ¿Qué querrá decir Ulrich Beck con esa carencia de democracia de la que habla? ¿Estamos tal vez ante una crisis existencial de la Unión Europea? En manos de cada individuo reside su respuesta personal ante esta cuestión, si bien negar un estancamiento de la Unión Europea supone creer en algo inverosímil, aislándose de todo cuanto en el seno de esta está sucediendo. Ciertamente puede observarse sin dificultad, y sin ir más allá de una perspectiva general, una crisis descompuesta en cuatro pilares, el económico, el político, el social y el moral, los cuales no pueden entenderse por separado, pues forman parte de un constructo en la cúspide del cual se ensalza la pregunta que se nos plantea. No es atrevido pues afirmar que Europa vive una crisis existencial que se inició con el siglo XXI y el estallido de la crisis económica mundial: ¿Fue tal vez el comienzo de un periodo de incertidumbre frente al futuro de Europa como actor global en su intento de desarrollarse en un proyecto político común?

Como todo suceso, debemos hallar su explicación en sus antecedentes, en su historia. Es por ello que sería ingenuo buscar el origen de la crisis europea remontándonos a una década, o lo más a principio de siglo, cuando desde la historiografía se nos está mostrando que fue a finales del siglo pasado, en la década de los setenta, cuando realmente fecundó la crisis. Fue en aquella década mencionada cuando los conservadores irrumpieron con fuerza en el panorama político, consiguiendo introducir unos valores sociales alejados de lo que Europa había sindicado como proyecto político de paz y progreso. Fue ya en aquel momento cuando aquellas palabras que Wiston Churchill pronunció: “Si Europa estuviera unida un solo día no habría límites para la felicidad, la prosperidad y la gloria de las que podrían disfrutar sus habitantes” (Wiston Churchill, 1946), fueron cuestionadas. Y es que ya a finales del siglo XX comenzaron los ataques contra el Estado de Bienestar considerándolo inútil, despilfarrador y creyendo que contribuía a eliminar la libertad de los individuos, siendo además una ofensiva contra el papel político del Estado como organizador y distribuidor de los recursos públicos. Los conservadores del momento abogaron, de forma drástica, por la liberalización de la economía, la privatización de las empresas y servicios, imponiendo la “ley del mercado” por encima de la justicia social. Aquella argumentación sería el poso sobre el que se remodelaría el papel de Europa a finales del siglo XX. ¿Qué ocurre entonces con la llegada del nuevo siglo?

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