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Lourdes Lancho

Periodista. Subdirectora de "A vivir que son dos días" en la Cadena SER.

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Si vamos a elecciones: "Por favor, vota lo mismo"

No entiendo nada. Confieso que me he perdido en la trama de esta serie, y lejos de parecerme un reto continuar para saber por dónde y cómo se resuelve, me dan ganas de dejarla. El problema es que no estamos en una plataforma de contenidos audiovisuales, y ese guion es lo que está pasando ahora en España. Tres meses después de las elecciones… Tres meses después y tras la fallida investidura, ahora el no-candidato a la presidencia dice que se reúne con representantes de la sociedad civil. ¿No le había quedado claro ya el mensaje en las urnas?

Sé que no soy la única que no acaba de entenderlo. Lo dice el CIS: la población española ve la política como un problema. No como la llave que los resolverá, sino un problema per se. Y eso que la encuesta se hizo antes de las sesiones de investidura, donde el candidato a la presidencia se dirigió a los que había derrotado en las urnas, y no al que consideraba "socio prioritario". Es de locos. Nos piden que votemos para pararlos, y en el primer discurso ante la cámara les ruega su ayuda como si estuviera en peligro mortal. No se entiende.

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Sin cobertura

"Sin servicio" se leía en la esquina superior de nuestras pantallas. No teníamos cobertura, y nadie parecía demasiado preocupado. Es verdad que tampoco se veía a nadie pendiente del móvil. Un pueblo de la Catalunya interior, cerca del nacimiento de uno de sus ríos más emblemáticos. Un río pequeño de un país, una patria, que como cantaba Pere Quart en sus Corrandes d'Exili es "tan petita, que la somio completa" (tan pequeña, que la sueño entera). Un pueblo que vivió un pasado mejor gracias a las fábricas a la vera de ese río, que con su caudal tan limitado, movió la primera industria catalana, fábricas con naves modernistas, y torres para sus propietarios, parques diseñados por Gaudí... Colonias para los obreros... Ahora no quedan más que las ruinas de todo aquello y los últimos trabajadores, ya jubilados, que se sientan a tomar un granizado o una cerveza en los bares que dan a la carretera, que parte el pueblo, y deja al río con sus puentes de piedra al otro lado. 

Final de vacaciones en un pueblo, en el umbral de los Pirineos, con una realidad lejos de los titulares y la tertulias. Veo esteladas, lazos amarillos, pancartas de libertad a los presos políticos. Veo también a mi alrededor gente que se saluda y se para a hablar en castellano y catalán. Aquí más de medio pueblo llegó desde el sur a trabajar en esas fábricas. Se saludan y charlan porque compartían telares y turnos, sus hijos escuela, equipo de fútbol y sesiones dobles en el cine Llobregat, ahora desde hace tiempo cerrado. 

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El discurso de las urnas

¿Lo oyen? Son las urnas, que han dicho que los españoles quieren que las cosas no se salgan de madre. Que se afronten los problemas y los retos de futuro, sean modelo de estado… o lo que sea, desde la política.

Quienes no parecen escuchar ese mandato son los de siempre. Los que están en ambos extremos de la polaridad en la que nos ha instalado, precisamente, la falta de praxis política. Los primeros gestos de esta nueva legislatura han marcado un camino. Y ese camino es el de la política, y la política es diálogo y llegar a un acuerdo. Y seguramente en un buen acuerdo, todo el mundo pierde algo, pero está claro que, en realidad, todos salimos ganando.

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¿Y la europea?

Voté por primera vez en unas elecciones europeas. Soy de la generación que vivió cómo pasábamos del que todo lo de fuera era mejor a equipararnos y perder ese complejo heredado del lado oscuro de nuestra historia que siempre aplica aquello de "Santiago, y cierra España".

Desde el auge del euroescepticismo, y el disgusto del Brexit, me hago la pregunta de qué haríamos si Europa se rompiera. Y, disculpen, lo hago a modo usuario. Cambiar moneda. Pasar fronteras. No tener programas de intercambio universitario, o cultural... Por no hablar de perder los fondos que han permitido que España sea uno de los países donde mejor se vive del mundo. Y, pese a todas críticas y defectos que le podamos encontrar a nuestro sistema, uno de los lugares donde mejor funcionan las cosas.

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El verdadero 'Notre-Dame' es callar las muertes

El Open Arms vuelve a la mar. Una noticia agridulce, porque no tiene permiso para hacer lo que ha venido haciendo desde que el Mediterráneo se ha convertido en la ruta de huida de los desesperados y en una fosa común. Un barco al que se le prohíbe rescatar náufragos, personas condenadas a una muerte segura si no se las rescata. Si el sentimiento de humanidad no funciona, apelemos al derecho internacional, al derecho marítimo o a ese derecho no escrito pero respetado por marineros y trabajadores de la mar desde el inicio de los tiempos: rescatar y ayudar a quienes estén en apuros en medio del mar. Es pura humanidad, puro sentido común.

He dejado pasar horas para intentar templar mi indignación ante una propuesta que se hizo desde Bruselas. Se propuso que los eurodiputados renunciasen a un día de su sueldo como donación para la reconstrucción de la Catedral de Notre-Dame de París. Sé que es un símbolo, que es uno de los iconos de esa ciudad, de Europa y si me apuran de nuestra civilización y cultura. Pero me incendia por dentro  esta idea del presidente del Europarlamento y que el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, instase a todos los Estados miembros de la UE a contribuir en la reconstrucción de la catedral parisina. ¿En serio? La Europa implacable de la austeridad y los recortes durante la crisis. La Europa que mira hacia otro lado y silba, cuando países como Grecia, Italia o España están solos gestionando la frontera sur y la emergencia de refugiados e inmigrantes. La Europa que consiente campos de refugiados donde se hacinan miles de personas en condiciones infrahumanas. Hablen con las ONG que siguen trabajando en Lesbos y Samos. Porque ya no lo sacamos en portada, pero es absolutamente intolerable que esto siga pasado en Europa, que haya gente viviendo así y sin esperanza ninguna de mejora.

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Los jóvenes tienen la agenda política

Se cierran las listas electorales y, lo que antes era excepción, se ha convertido en la norma generalizada. Siempre algún partido recurría a algún fichaje "estrella" que arrastrase a votantes indecisos por su prestigio, el respeto que generaba, valentía, etc. O a lo mejor es que éramos más inocentes, porque luego algunos de esos fichaje al final salían rana.

Toreros, presentadores, tertulianos… Incluso Abascal ha puesto a su madre y a su hermana en las listas. A nadie parece preocuparle la preparación y formación de quienes son candidatos a ocupar los escaños del Congreso o del Senado. Todavía me acuerdo cómo me extrañaba que un electricista, Corcuera, hubiese llegado a ministro de Interior. Porque en mi casa para ser alguien tenías que tener una carrera. Se daba por hecho. Claro que luego nos hemos enterado de que a según quién le regalan los títulos y los másteres. Y así nos va. Uno nos cuenta a las mujeres qué es un embarazo, y otro nos dice que está fatal abortar después de nacido el niño. O no se aclaran con la geografía en los carteles ya en precampaña.

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El Estado siempre empapela

Alguien dijo que uno de los principales errores de estrategia del independentismo catalán fue el de menospreciar la fortaleza del Estado, quizás confundiendo la política del gobierno de Rajoy, con lo que es el estado en sí.

Esta es una discusión antigua, que viví en mis primeros años de periodista, con el tema del GAL. Recuerdo una mítica entrevista de Iñaki Gabilondo a Felipe González, en la que lo va acorralando a preguntas, cargo por cargo para determinar qué era y qué no era Estado. Obviamente estaba en juego la denominación de terrorismo de estado y González intentaba esquivar responsabilidades.

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#8M2019: ni desánimo ni división

El año pasado la movilización del 8M fue histórica. A todo el mundo, incluso a nosotras mismas nos pilló desprevenidas. Recuerdo que nos mirábamos en la concentración de la mañana y la manifestación de la tarde con los ojos brillantes como diciendo, estamos juntas, estamos todas. Porque allí se veían desde las estrellas del periodismo hasta las becarias. Fue un día histórico en el que nuestras fotos ocuparon las portadas de la prensa mundial, y para nosotras fue una jornada feliz e inolvidable.

No sé por qué este año existía, en ese mismo entorno de mujeres periodistas un cierto desánimo, derrotismo, casi diría desmovilización. Teníamos dudas. Empezaron las reuniones, asambleas en las que no éramos muchas y debatíamos qué hacer. ¿Podríamos superar lo del año pasado? No lo sabemos, pero entonces, por qué ese pesimismo como punto de partida. ¿Había mejorado nuestra situación en la empresa, en la sociedad, en casa, después de ese histórico 8M del año pasado? La respuesta es obvia. No.

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Vuelve, Soraya, vuelve

Jamás pensé que diría esta frase y menos que la desearía fervientemente. Aludo a unos versos de Antonio Machado para hacerlo, porque prefiero una cabeza que piense frente a las que embisten. Y en su comparecencia ante el Supremo como testigo en la causa contra el procés, Soraya Sáenz de Santamaría demostró firmeza, competencia y serenidad al contestar las preguntas. Me daban ganas de levantarme a aplaudir ante algunas respuestas. Y no precisamente porque esté de acuerdo ideológicamente con ella, o porque crea que el gobierno al que pertenecía lo hizo bien en esta crisis. Es más, creo que fueron gran parte del problema. Pero escuchándola hablar y corregir, sin siquiera mirarle a la cara, al abogado de Vox, en cuestiones constitucionales. Corregir al fiscal en el funcionamiento y estructura del estado, lo bien que se había preparado su comparecencia... Alguna sonrisa se le escapaba a Soraya en las "esmachadas" que se marcó ayer en temas legales y de estado. Con su habitual pose de niña aplicada, las manos cruzadas en el pupitre, iba contestando a las preguntas con precisión. Disfruté.

Y es que estamos viendo como todo se derrumba a nuestro alrededor. Los independentistas se están dando cuenta que lo que pasó o era un farol, o en el peor de los casos, una inconsciencia. Por no hablar de la fiscalía y la abogacía del estado que, hasta el momento, no consiguen ni de lejos demostrar que hubo la violencia necesaria para acusar de rebelión. Y mucho menos para tenerlos casi un año y medio en prisión. Están dando vergüenza ajena, por lo menos lo que hemos visto y escuchado hasta ahora.

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España en serie

Dicen que las plataformas digitales han cambiado nuestra forma de ver televisión y cine. Y de percibir la realidad también. Al final de tanto ver series acabas viviendo la realidad como si fuese una de ellas. Espera, no. Es que la realidad cada vez se parece más a la ficción. Ya no la supera, están a la par.

En un mismo día coinciden varios puntos calientes de información. En el Tribunal Supremo primera jornada del juicio contra los líderes independentistas catalanes. Escenificación en la puerta, y en la sala. Los asientos de los acusados van de tres en tres como en los aviones o como en el dragón kan, tal y como han observado algunos en twitter.

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