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Pablo Manzano Baena

Doctor en Ecología por la Universidad Autónoma de Madrid y experto en ganadería y medio ambiente, es investigador independiente en ecología y en cooperación al desarrollo. Ha trabajado, entre otros, para la UICN y la FAO en diversos proyectos de desarrollo rural y de cooperación en países como Bosnia-Herzegovina, Mongolia, la India, Argentina, Turquía o diversos países de África. Ha colaborado con revistas y medios como Ecologista, Diagonal, El País, RTVE, Canal Orbe 21 o El Confidencial.

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Ropa agroecológica para proteger el mar

El plástico es un material tan utilizado que ya cada vez menos recuerdan los tiempos en los que las muñecas eran de porcelana y las botellas de leche, retornables. Aún queda gente de esa época, no obstante, pues su aparición en masa data tan sólo de los años 50. Barato y maleable, su uso desechable masivo y la falta de previsión para tratar un material que la biosfera no puede reintegrar en sus ciclos hace que inevitablemente acabe en la alcantarilla del mundo: el océano. Los plásticos plantean un problema ambiental tan grande, tan en aumento y con tantos aspectos cruzados que hasta los gobiernos mundiales, reunidos bajo la Asamblea General de la ONU, ya han llamado a la acción.

Los seres humanos somos muy visuales, y los científicos no somos para menos. No es extraño que, sobre este problema, la atención haya estado centrada en la parte más visible del problema: bolsas de plástico o restos de envases que se acumulan en diversos animales, o que acaban lavados en playas de zonas de alto valor natural. Las acciones para resolver el problema que está más frente a nuestros ojos se multiplican, y entre otras surgen iniciativas para reciclar estos residuos en fibra textil (poliéster, acrílico), siguiendo los principios de la economía circular. Pero lo que el ojo no ve, los microplásticos, plantea un serio problema de sostenibilidad a la larga, pues podemos estar aplazando el problema en vez de solucionarlo.

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El arroz dorado ataca de nuevo (o cómo matar moscas a cañonazos)

Tras la aprobación de la comercialización del arroz dorado para consumo humano en Australia y Nueva Zelanda vuelven los ataques contra la comunidad ecologista por la oposición contra los agrotransgénicos, tildándola de oscurantista y acientífica a pesar de la solidez de sus razonamientos. Hace una semana leíamos un artículo en este sentido en las páginas de este diario.

Los argumentos más sólidos contra la utilidad misma del arroz dorado, ese tótem sagrado de los partidarios de los agrotransgénicos (dado el carácter altruista de su desarrollo), se resumen en dos grandes puntos. El primero es que sigue siendo una tecnología inmadura; hasta hace dos años no se consiguió una variedad agronómica que tenga posibilidades de resultar aceptable. Con las técnicas que se han utilizado para la inserción del transgén se corre el riesgo de afectar a genes que nada tienen que ver con la vitamina A, algo que ya ha ocurrido en variedades de arroz dorado en las que se había afectado sin querer al metabolismo hormonal y ralentizado el crecimiento; también se tuvieron muchas dificultades para mantener los niveles de vitamina A en el arroz cocinado o para incorporar la modificación genética a variedades locales.

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