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Rafael Doctor Roncero

Rafael Doctor Roncero (Calzada de Calatrava, 1966) es historiador del arte y gestor cultural. Ha trabajado en la programación de la sala de exposiciones Canal de Isabel II y de la Casa de América. Director del Espacio Uno del Reina Sofía (1997-2000), creador y director del Musac (2002-2009) y Director de la Fundación Santander 2016 (2010). Comisario de decenas de exposiciones en diferentes museos de España y Latinomérica. Autor de Una historia otra de la fotografía (Taller de Arte, 1999), Arte Español Contemporáneo (La Fábrica, 2013) y de las novelas Masticar los tallos de la flores regaladas (Almuzara, 2006) y La tormenta de amor (RDR, 2013). Desde 2011 hasta la actualidad dirige los Encontros de Artistas Novos en la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela. Compagina diferentes trabajos de docencia, crítica y gestión, y desde 2014 dirige su propia editorial, Los Doscientos. 

Lucas, Vidu, Lily

Hace ahora justo diez años, paseando con mi madre por un centro comercial de Santander, en un arrebato de euforia tras un buen día en el que nos habían dado unos buenos informes médicos, topamos con un escaparate donde había un pequeño chihuahua, que con sus saltos trataba de llamar nuestra atención. Nuestro estado de alegría era ideal para sucumbir a la trampa perfecta que esa tienda de animales nos ofrecía, a través de la ternura que desprendía ese pequeño cachorro desde su jaula. En un instante, una decisión tan importante fue aceptaba como forma de celebrar aquel momento.

Ya con él en los brazos y disponiéndonos a pagar, la mirada de una especie de copo de nieve tristón que no paraba de rascarse nos rompió el alma. Nos detuvimos y echamos para atrás, sabedores de que el pequeño chihuahua, tan gracioso y pizpireta, no tendría problema para encontrar una familia, y acabamos llevándonos al pequeñajo triste que, como luego pudimos comprobar, estaba enfermo y lleno de sarna. Fue una decisión que no solo le cambio la vida a Lucas, que así se llama este perro que ahora vive con mi hermana y es uno de los componentes esenciales de mi familia, sino también a nosotros.

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Un día en el zoo con el fotógrafo José Manuel Ballester

Yo tenía 6 años cuando la televisión llegó a mi casa. Era 1972 y los pocos programas infantiles que emitía esa única cadena eran seguidos por todos los críos de entonces con auténtica devoción. Con esa magia de la inmediatez audiovisual, el comedor de mi casa y mi cabeza se llenaban de payasos cantando cosas como lunes antes de almorzar una niña fue a jugar pero no pudo jugar porque tenía que planchar; u otra que decía que el cerdo nos da mantequita, rabo, orejita, rica morcillita y un buen chorizón. Canciones sencillas, inicialmente inocentes, que sin complejo alguno nos adoctrinaban sin preámbulos para comportarnos en una vida que nosotros, sin darnos cuenta, no estábamos eligiendo: desde esa ingenuidad, nos estaba siendo configurada paso a paso.

Aparte de esos payasos educadores había un programa que se llamaba Zoo Loco, en el que en cada emisión se cantaba Zoo, Zoo Loco, Zoo, Zoo Loco, es un reino de animales que en mi casa quiero yo... Ay que alegría yo siento, cuando al Zoo Loco yo voy, yo quiero a los animales pues necesitan amor. Todas estas canciones una y otra vez repetidas se convirtieron en una especie de mantra generacional, un mantra cargado siempre de unas intenciones claras para con todos nosotros. Era la época del crecimiento de una España tardodictatorial, que quería coger el ritmo de la contemporaneidad de los países europeos y ya había empezado a adquirir los hábitos de comportamiento de estos, esencialmente los que estaban relacionados con el cada vez más ampliado tiempo de ocio, sobre todo en las ciudades. Así, con Zoo Loco se incitaba a todo el mundo a acudir en familia al recién inaugurado Parque Zoológico de Madrid, que era la continuación del desarrollismo del ocio de la capital, iniciado tres años antes con la apertura del Parque de Atracciones, a escasos metros en la misma Casa de Campo.

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Monstruos que son regalos

Monsters for Animals es un proyecto que se plantea desde una web, a través de la cual intentar atraer donativos para diferentes protectoras y santuarios de animales. En esta web vamos colgando mis dibujos, que suelen ser intervenciones propias sobre imágenes fotográficas impresas, y los mostramos a la gente. Si alguien quiere alguno, se le regala cuando haga una pequeña aportación a alguno de los santuarios o protectoras elegidos entre aquellos con los que colaboramos.

No es una venta. Al menos no lo planteamos así. Si se tratase de una venta se haría por los cauces habituales y estaría sujeta a todo a lo que es el sistema de mercado general, que entiende que todo es oferta y demanda, y que todo tiene que llevar una plusvalía y unos requisitos de rentabilidad.

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Entreguen las armas y cojan los pinceles

El pasado 15 de agosto, el telediario de Telecinco, poco proclive a incluir noticias culturales, tras presentar a un torero que hacía una comida benéfica para una asociación de niños con síndrome de Down, continuaba con una segunda noticia taurina: la celebración de una corrida "picassiana", a celebrar cuatro días después (por lo que era, además, pura y simple promoción de un negocio particular). Un tal Alejandro Talavante (una de estas personas que se dedican a asesinar toros en esos espacios de tortura que, equivocadamente, se denominan plazas de toros) torturaría y mataría a seis toros bravos vestido con un traje con motivos picassianos. De ahí lo de corrida “picassiana”, no busquen más significado pues no lo hay.

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El mundo del arte, impasible ante el drama animal

El interés que suscita en España una feria de arte como ARCO es algo difícil de encontrar en otra parte del mundo ante algún evento similar. ARCO nació en un momento en el que Madrid, y España, estaba ávida de proyectos y señas de identidad capaces de acercarla a la modernidad que durante tanta dictadura se le había arrebatado. Así, lo que Juana de Aizpuru ideó y puso en pie, junto a la recién nacida Ifema, no sólo fue una feria de galerías de arte contemporáneo, sino un gran evento en torno a ellas, y con ello suplir la carencia de bienales u otro tipo de grandes proyectos artísticos inexistentes en esta sociedad. El éxito mediático y popular fue de tal envergadura que la feria devino en pocos años en la gran cita y fiesta del arte de Madrid, haciendo que febrero se convirtiese para la ciudad en el mes de ARCO.

Año tras año son seleccionadas más de dos centenares de galerías de los cinco continentes, que durante unos días muestran en Ifema obras de sus artistas, esperando conseguir que acaben en manos de un coleccionista o de instituciones. Eso es lo importante, aunque aún hoy en día, cuando ya la actividad artística de Madrid es amplia, se siga manteniendo el carácter de evento cultural con el que arrancó en 1982. La feria supone un reflejo de buena parte de lo que los artistas contemporáneos representados por esas galerías, que no lo son todos ni tienen que ser los mejores, producen en ese año. Las tendencias, las modas, los nuevos lenguajes, la eclosión de estrellas o la desaparición de otras se evidencia en este tipo de citas ineludibles si uno quiere ser parte del mundo del arte. A pesar de que ARCO no está considerada, como alguna vez se ha querido vender, entre las ferias más importantes que se celebran en el mundo, sigue manteniendo su dinámica de profesionalidad y aparentando ser uno de los ejes del mercado del arte, aunque el mercado del arte contemporáneo en nuestro país sea minúsculo.

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