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Stefan Meister

Miembro académico del think tank Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. Ha sido observador electoral de la OSCE y responsable de proyectos de educación en Rusia, en especial en la región de Kaliningrado.

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¿Detendrán las sanciones a Putin?

La destitución del presidente Víktor Yanukóvich el 22 de febrero por el Parlamento ucraniano bajo la presión del movimiento Maidán provocó un shock en Moscú. Incluso aunque Yanukóvich nunca fue el presidente prorruso que Moscú esperaba, había sido el típico líder postsoviético. Era corrupto, egoísta y maleable, y por tanto compatible con la política rusa. De repente, Moscú se había quedado sin su hombre en Kiev. Hasta entonces, más allá de presionar a Yanukóvich para que resolviera la situación creada por Maidán (por la fuerza si era necesario), Putin había observado los acontecimientos a distancia. Incluso cuando los ministros de Exteriores de Alemania, Polonia y Francia intervinieron en el conflicto ucraniano para impedir una sangrienta guerra civil, Putin no envió a un radical a negociar, sino a un experimentado y cauteloso diplomático como Vladímir Lukin. Todo esto demuestra que Putin subestimó la situación y esperaba conservar los palos y zanahorias necesarios para influir en la política ucraniana.

La situación cambió por completo con la destitución de Yanukóvich y la toma del poder por un Parlamento proeuropeo. En momentos de crisis, Putin actúa con energía, pero de forma tradicional. Rodeado por radicales en el Kremlin, Putin comprendió que estaba en peligro de perder al vecino más importante de Rusia y que esto tendría importantes consecuencias geopolíticas. La incapacidad de influir en Ucrania a través del poder blando llevó a un giro hacia el poder más duro. Controlar y, si fuera necesario, absorber Crimea, era un paso lógico en su razonamiento.

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