Los pequeños ganaderos que quieren regenerar la tierra contra la crisis climática

Guillermo Prudencio / Guillermo Prudenci

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Mucho antes de que acaparara tertulias televisivas y columnas de diarios, la palabra 'macrogranja' comenzó a sonar en España ligada a un pequeño pueblo soriano de 150 habitantes. En Noviercas, a los pies del Moncayo, se pretende abrir la mayor vaquería de Europa, con 23.500 vacas lecheras que generarían el doble de excrementos que toda la población de Castilla y León. Frente al proyecto se ha destacado la voz de uno de sus vecinos, un físico llegado desde Madrid hace cinco años. “El modelo de las macrogranjas es una perversión absoluta”, asegura Jorge Conte, que no tiene nada contra los rumiantes: se mudó a Noviercas, el pueblo de su madre, para hacerse ganadero. Pero con una idea muy diferente en la cabeza. 

Así son las macrogranjas que el PP dice que no existen

Saber más

Conte forma parte de un movimiento emergente de ganaderos que, frente al modelo industrial y a las críticas por el impacto ambiental de la carne, defienden que esta actividad puede ser parte de la solución frente a la crisis climática. 

“La vaca está muy demonizada hoy en día, pero el problema no es la vaca, sino cómo el ser humano maneja la vaca”, dice Conte, que produce carne de una raza autóctona en peligro de extinción, la serrana negra soriana. 

La clave está bajo las pezuñas de sus animales. Los prados y pastizales son uno de los ecosistemas más extensos de la Tierra. Desde las grandes llanuras de Norteamérica, a las estepas de Eurasia o las sabanas de África y Sudamérica, cubren gran parte de la superficie libre de hielo del planeta. Al crecer, la hierba almacena carbono en sus profundas raíces y lo atrapa bajo tierra: se estima que los pastizales albergan en sus suelos un 30% de las reservas de carbono terrestres

En los pastizales naturales, quien mantiene en equilibrio el ecosistema son los incendios y las grandes manadas de herbívoros migratorios, que siguiendo las lluvias van pastando, abonando y regenerando el suelo a su paso. “Los sistemas tradicionales de ganado, como la trashumancia en España, han imitado ese comportamiento, siguiendo la productividad vegetal que hay en invierno en Extremadura o Huelva, y en verano en las montañas de la cornisa cantábrica”, explica el ecólogo Pablo Manzano, investigador del Basque Center for Climate Change (BC3).  

La idea de ganaderos como Conte es poder replicar esta dinámica natural en fincas acotadas, como la dehesa en la que pasta su medio centenar de vacas a los pies del Moncayo. Es lo que se ha bautizado como pastoreo o ganadería regenerativa: los animales se concentran en una parcela pequeña, que tras su paso se deja descansar un tiempo largo, el suficiente para que la hierba vuelva a rebrotar con fuerza. Así se evita que la planta acabe tirando de los recursos de la raíz, debilitándose y muriendo: la antesala de la erosión, de un suelo desnudo y sin vida.

Desde las dehesas de Badajoz, en Extremadura, el ganadero Juan Luis Domínguez Campa siente que el desierto está a las puertas. “La ganadería extensiva, con un mal manejo, también perjudica a los pastos”, reflexiona desde su pueblo, Retamal de Llerena. “Nosotros antes hacíamos sobrepastoreo, seguro, porque teníamos parcelas de 40 hectáreas y los animales estaban allí un mes. Eso perjudica las praderas, se empobrecen y cada vez hay más cardos y menos hierba nutritiva”, incide. 

Juan Luis y su hermano Pedro siempre han vivido de las fincas que les cedió su padre, también agricultor y ganadero. Tras 30 años cultivando y criando animales (cerdos ibéricos de bellota y ovejas) de modo convencional, dieron el paso al manejo regenerativo en su finca de Mundos Nuevos. “Cada vez dependíamos más de las subvenciones, pero veíamos que la finca estaba cada vez más deteriorada y rendía menos. Bajaban los rendimientos, subía el consumo de fertilizantes químicos, y también su precio, cada vez más erosión y menos pastos para el ganado”, resume Juan Luis. Dejaron de labrar la dehesa y apostaron por regenerarla a través de sus 1.300 ovejas. “Intentamos frenar y revertir ese deterioro de la mano de los ciclos naturales. Pensamos que ese es el camino”.

Animales para frenar la crisis climática

El eje de este movimiento regenerativo es, precisamente, dejar que se recupere la vida del suelo, desde los microorganismos hasta la infinidad de animales que viven bajo tierra. Los excrementos del ganado son un veneno aplicado en exceso, como muestra la contaminación de ríos, acuíferos y embalses por los residuos de las granjas industriales. Pero en su justa medida son la llave de la fertilidad de la tierra, nutriendo las plantas que van acumulando materia orgánica bajo los pastizales: esa materia orgánica es carbono que se saca de la atmósfera, mitigando el cambio climático, y convierte el suelo en una esponja capaz de almacenar más agua y resistir mejor a las sequías. 

“Cada vez está más claro que los herbívoros son los grandes generadores de suelo, y que el ganado tiene la capacidad de recuperar todo el carbono de suelos degradados”, señala Pablo Manzano. Según el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU, mejorar la gestión de los pastizales a través de prácticas como estas tiene el potencial de evitar la emisión de 1,4 a 1,8 gigatoneladas de CO2 equivalente anuales: es lo que emitiría España a lo largo de más de seis años. 

Existen experiencias que han mostrado la eficacia de este modelo. Un proyecto del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), desarrollado en una finca que adoptó el manejo regenerativo en Girona, detectó que la materia orgánica en el suelo se había duplicado en tres años, mejorando en un 15-20% su capacidad de retener agua. La finca, abandonada en los años 70 en una zona de montaña mediterránea en la comarca de La Garrotxa, ha adoptado un modelo que integra el cuidado del bosque, campos de cultivo y animales (pollos, conejos y vacas). Según los resultados del proyecto, el LIFE Polyfarming, los pastos retienen tres veces más carbono durante los primeros seis años tras el paso a un modelo regenerativo, 30 veces más en el caso del huerto. “Los primeros años son muy difíciles, porque transformas todo el sistema de la finca. Pero ahora podría empezar a ser viable”, cuenta la investigadora Maria Josep Broncano. El CREAF estima que, si toda la superficie agraria y de pastizales de Catalunya pasara a este modelo, se compensarían todas las emisiones anuales de dióxido de carbono del sector agrícola catalán. 

La finca ha abierto dos pequeñas tiendas en Olot y en Banyoles, las ciudades más cercanas, y vende también sus productos a través de una plataforma online de venta directa llamada ‘De Yerba’, que también utilizan los hermanos Domínguez Campa. Todos los productores consultados para este reportaje apuestan por los canales cortos de comercialización: con venta directa a personas que buscan alimentos sobresalientes en sostenibilidad y bienestar animal, y están dispuestas a pagar más por ello.

Clientes no les faltan –los hermanos aún no han sacrificado a los “cochinos” de este año, y en dos semanas ya han vendido toda la carne que producirán– y, sobre el precio, defienden que el verdadero coste del modelo industrial no se paga en el supermercado. “La degradación de los suelos por la agricultura industrial para alimentar a ese ganado, la erosión, la contaminación del agua, eso no está en el coste del kilo de esa carne. Si eso se metiera, veríamos a ver”, dice Juan Luis Domínguez Campa. 

En las ganaderías industriales, que sus críticos llaman “fábricas de carne”, los animales son alimentados con grano —especialmente soja procedente de la deforestación de Sudamérica—  para acelerar el engorde. Pero cuando el ganado pasa la mayor parte de su vida al aire libre, y se alimenta sobre todo de hierba, el crecimiento es más lento y natural. “Me dejo llevar un poco por los ciclos naturales, llevamos bastante tiempo sin vender ternera porque en invierno los animales no engordan sin meterlos en una granja con calefacción y echándolos mucho de comer”, explica Jorge Conte, que vende su carne a través de la cuenta de Instagram de su ganadería, Moncayo Ecológico. Múltiples estudios han dejado claros también los beneficios nutricionales de la carne de pasto, con menos grasa, más ácidos grasos saludables y más propiedades antioxidantes. 

Más movimiento, más bienestar animal

Tener que mover y pastorear continuamente al ganado supone, según estos ganaderos, mayor bienestar animal, menos hacinamiento y menos enfermedades. “Las vacas son de una raza autóctona, la serrana negra soriana, que está adaptada al terreno, al clima de Soria. Son animales más resistentes a enfermedades, no puedes medicar por sistema y te interesa la prevención”, explica Conte. Dice que la dehesa a los pies del Moncayo donde viven sus vacas “es un paraíso” en el que los animales pueden crecer “felices y libres”.

El manejo tan minucioso del ganado implica, además, más mano de obra, que significa más gente en los pueblos y en el mundo rural. En Megeces, a 40 kilómetros de Valladolid, la Cooperativa Crica produce quesos, yogures y leche de vaca ecológicos, con un modelo regenerativo de sus pastos y cultivando el resto de la alimentación en campos propios. Tienen 25 vacas y allí trabajan seis personas que viven en el pueblo: como comparativa, la empresa que pretende abrir la macrogranja de Noviercas ha prometido 147 puestos de trabajo directos, con casi 1.000 veces más animales. “Si no lo hacemos así, creo que no fijamos población en el mundo rural”, asegura Alfonso Criado, de Crica

“Cuando hablamos con otros colegas nos dicen: hostia, ¿tenéis vacas en Valladolid y a pasto? Claro, pero con muchísimo esmero, dedicación y desvelo. Sin eso detrás, lo más cómodo es trabajar con las vacas encerradas en la cuadra”, asegura este ganadero, que “huyó” del modelo convencional al ver “peligrar” su granja por los costes altos, los precios bajos y los márgenes cada vez más pequeños. “Te metes en esa vorágine productivista y te da igual que las vacas produzcan 25 que 45, acababa el mes y estaba a cero”. 

“Creo que la agricultura y la ganadería regenerativa se van a popularizar porque es rentable. Yo a mi tío que es agricultor tradicional le digo que es trabajador de Bayer. Cosechas menos, pero gastas mucho menos”, reflexiona el vaquero soriano. Estos ganaderos ven como una ventaja la menor dependencia del exterior: menos gasto en piensos, en gasolina para mover el tractor, en abonos o en fertilizantes. Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, los precios de los piensos para el ganado han subido entre un 12% y un 26,5% en 2021, poniendo a muchas explotaciones contra las cuerdas. 

“Todo está relacionado con el precio del petróleo. Si dependes de la hierba te podrá llover más o menos, pero dependes del agua y la energía solar, y no estás tan expuesto”, asegura Juan Luis Domínguez Campa. “Pensamos que te vuelves más resistente, más resiliente que se dice ahora”. 

Lo que echan en falta estos productores es más asesoramiento sobre este modo de cultivar y criar el ganado, muy adaptado al terreno, al clima, a la singularidad de cada finca. “Metes la pata hoy, el año que viene igual metes un poco menos la pata… Es muy a ojo”, asegura Alfonso Criado, de Crica, que aprendió del campo “echando horas y horas” con su padre. Su pasión ahora es tratar de mejorar el suelo que pisan sus vacas cada día, y este año probará un nuevo experimento, un suplemento de microorganismos beneficiosos para el pasto. “Es como hacer yogur, tú siembras las bacterias que te interesa, para que hagan coagular la leche”, explica. Él tiene claro que con el modelo regenerativo “no hay recetas mágicas”. Eso sí, apunta: “Antes de volver a ser agricultor o ganadero intensivo, me haría carpintero”.

Mucho antes de que acaparara tertulias televisivas y columnas de diarios, la palabra 'macrogranja' comenzó a sonar en España ligada a un pequeño pueblo soriano de 150 habitantes. En Noviercas, a los pies del Moncayo, se pretende abrir la mayor vaquería de Europa, con 23.500 vacas lecheras que generarían el doble de excrementos que toda la población de Castilla y León. Frente al proyecto se ha destacado la voz de uno de sus vecinos, un físico llegado desde Madrid hace cinco años. “El modelo de las macrogranjas es una perversión absoluta”, asegura Jorge Conte, que no tiene nada contra los rumiantes: se mudó a Noviercas, el pueblo de su madre, para hacerse ganadero. Pero con una idea muy diferente en la cabeza. 

Así son las macrogranjas que el PP dice que no existen

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Conte forma parte de un movimiento emergente de ganaderos que, frente al modelo industrial y a las críticas por el impacto ambiental de la carne, defienden que esta actividad puede ser parte de la solución frente a la crisis climática. 

“La vaca está muy demonizada hoy en día, pero el problema no es la vaca, sino cómo el ser humano maneja la vaca”, dice Conte, que produce carne de una raza autóctona en peligro de extinción, la serrana negra soriana. 

La clave está bajo las pezuñas de sus animales. Los prados y pastizales son uno de los ecosistemas más extensos de la Tierra. Desde las grandes llanuras de Norteamérica, a las estepas de Eurasia o las sabanas de África y Sudamérica, cubren gran parte de la superficie libre de hielo del planeta. Al crecer, la hierba almacena carbono en sus profundas raíces y lo atrapa bajo tierra: se estima que los pastizales albergan en sus suelos un 30% de las reservas de carbono terrestres

En los pastizales naturales, quien mantiene en equilibrio el ecosistema son los incendios y las grandes manadas de herbívoros migratorios, que siguiendo las lluvias van pastando, abonando y regenerando el suelo a su paso. “Los sistemas tradicionales de ganado, como la trashumancia en España, han imitado ese comportamiento, siguiendo la productividad vegetal que hay en invierno en Extremadura o Huelva, y en verano en las montañas de la cornisa cantábrica”, explica el ecólogo Pablo Manzano, investigador del Basque Center for Climate Change (BC3).  

La idea de ganaderos como Conte es poder replicar esta dinámica natural en fincas acotadas, como la dehesa en la que pasta su medio centenar de vacas a los pies del Moncayo. Es lo que se ha bautizado como pastoreo o ganadería regenerativa: los animales se concentran en una parcela pequeña, que tras su paso se deja descansar un tiempo largo, el suficiente para que la hierba vuelva a rebrotar con fuerza. Así se evita que la planta acabe tirando de los recursos de la raíz, debilitándose y muriendo: la antesala de la erosión, de un suelo desnudo y sin vida.

Desde las dehesas de Badajoz, en Extremadura, el ganadero Juan Luis Domínguez Campa siente que el desierto está a las puertas. “La ganadería extensiva, con un mal manejo, también perjudica a los pastos”, reflexiona desde su pueblo, Retamal de Llerena. “Nosotros antes hacíamos sobrepastoreo, seguro, porque teníamos parcelas de 40 hectáreas y los animales estaban allí un mes. Eso perjudica las praderas, se empobrecen y cada vez hay más cardos y menos hierba nutritiva”, incide. 

Juan Luis y su hermano Pedro siempre han vivido de las fincas que les cedió su padre, también agricultor y ganadero. Tras 30 años cultivando y criando animales (cerdos ibéricos de bellota y ovejas) de modo convencional, dieron el paso al manejo regenerativo en su finca de Mundos Nuevos. “Cada vez dependíamos más de las subvenciones, pero veíamos que la finca estaba cada vez más deteriorada y rendía menos. Bajaban los rendimientos, subía el consumo de fertilizantes químicos, y también su precio, cada vez más erosión y menos pastos para el ganado”, resume Juan Luis. Dejaron de labrar la dehesa y apostaron por regenerarla a través de sus 1.300 ovejas. “Intentamos frenar y revertir ese deterioro de la mano de los ciclos naturales. Pensamos que ese es el camino”.

Animales para frenar la crisis climática

El eje de este movimiento regenerativo es, precisamente, dejar que se recupere la vida del suelo, desde los microorganismos hasta la infinidad de animales que viven bajo tierra. Los excrementos del ganado son un veneno aplicado en exceso, como muestra la contaminación de ríos, acuíferos y embalses por los residuos de las granjas industriales. Pero en su justa medida son la llave de la fertilidad de la tierra, nutriendo las plantas que van acumulando materia orgánica bajo los pastizales: esa materia orgánica es carbono que se saca de la atmósfera, mitigando el cambio climático, y convierte el suelo en una esponja capaz de almacenar más agua y resistir mejor a las sequías. 

“Cada vez está más claro que los herbívoros son los grandes generadores de suelo, y que el ganado tiene la capacidad de recuperar todo el carbono de suelos degradados”, señala Pablo Manzano. Según el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU, mejorar la gestión de los pastizales a través de prácticas como estas tiene el potencial de evitar la emisión de 1,4 a 1,8 gigatoneladas de CO2 equivalente anuales: es lo que emitiría España a lo largo de más de seis años. 

Existen experiencias que han mostrado la eficacia de este modelo. Un proyecto del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), desarrollado en una finca que adoptó el manejo regenerativo en Girona, detectó que la materia orgánica en el suelo se había duplicado en tres años, mejorando en un 15-20% su capacidad de retener agua. La finca, abandonada en los años 70 en una zona de montaña mediterránea en la comarca de La Garrotxa, ha adoptado un modelo que integra el cuidado del bosque, campos de cultivo y animales (pollos, conejos y vacas). Según los resultados del proyecto, el LIFE Polyfarming, los pastos retienen tres veces más carbono durante los primeros seis años tras el paso a un modelo regenerativo, 30 veces más en el caso del huerto. “Los primeros años son muy difíciles, porque transformas todo el sistema de la finca. Pero ahora podría empezar a ser viable”, cuenta la investigadora Maria Josep Broncano. El CREAF estima que, si toda la superficie agraria y de pastizales de Catalunya pasara a este modelo, se compensarían todas las emisiones anuales de dióxido de carbono del sector agrícola catalán. 

La finca ha abierto dos pequeñas tiendas en Olot y en Banyoles, las ciudades más cercanas, y vende también sus productos a través de una plataforma online de venta directa llamada ‘De Yerba’, que también utilizan los hermanos Domínguez Campa. Todos los productores consultados para este reportaje apuestan por los canales cortos de comercialización: con venta directa a personas que buscan alimentos sobresalientes en sostenibilidad y bienestar animal, y están dispuestas a pagar más por ello.

Clientes no les faltan –los hermanos aún no han sacrificado a los “cochinos” de este año, y en dos semanas ya han vendido toda la carne que producirán– y, sobre el precio, defienden que el verdadero coste del modelo industrial no se paga en el supermercado. “La degradación de los suelos por la agricultura industrial para alimentar a ese ganado, la erosión, la contaminación del agua, eso no está en el coste del kilo de esa carne. Si eso se metiera, veríamos a ver”, dice Juan Luis Domínguez Campa. 

En las ganaderías industriales, que sus críticos llaman “fábricas de carne”, los animales son alimentados con grano —especialmente soja procedente de la deforestación de Sudamérica—  para acelerar el engorde. Pero cuando el ganado pasa la mayor parte de su vida al aire libre, y se alimenta sobre todo de hierba, el crecimiento es más lento y natural. “Me dejo llevar un poco por los ciclos naturales, llevamos bastante tiempo sin vender ternera porque en invierno los animales no engordan sin meterlos en una granja con calefacción y echándolos mucho de comer”, explica Jorge Conte, que vende su carne a través de la cuenta de Instagram de su ganadería, Moncayo Ecológico. Múltiples estudios han dejado claros también los beneficios nutricionales de la carne de pasto, con menos grasa, más ácidos grasos saludables y más propiedades antioxidantes. 

Más movimiento, más bienestar animal

Tener que mover y pastorear continuamente al ganado supone, según estos ganaderos, mayor bienestar animal, menos hacinamiento y menos enfermedades. “Las vacas son de una raza autóctona, la serrana negra soriana, que está adaptada al terreno, al clima de Soria. Son animales más resistentes a enfermedades, no puedes medicar por sistema y te interesa la prevención”, explica Conte. Dice que la dehesa a los pies del Moncayo donde viven sus vacas “es un paraíso” en el que los animales pueden crecer “felices y libres”.

El manejo tan minucioso del ganado implica, además, más mano de obra, que significa más gente en los pueblos y en el mundo rural. En Megeces, a 40 kilómetros de Valladolid, la Cooperativa Crica produce quesos, yogures y leche de vaca ecológicos, con un modelo regenerativo de sus pastos y cultivando el resto de la alimentación en campos propios. Tienen 25 vacas y allí trabajan seis personas que viven en el pueblo: como comparativa, la empresa que pretende abrir la macrogranja de Noviercas ha prometido 147 puestos de trabajo directos, con casi 1.000 veces más animales. “Si no lo hacemos así, creo que no fijamos población en el mundo rural”, asegura Alfonso Criado, de Crica

“Cuando hablamos con otros colegas nos dicen: hostia, ¿tenéis vacas en Valladolid y a pasto? Claro, pero con muchísimo esmero, dedicación y desvelo. Sin eso detrás, lo más cómodo es trabajar con las vacas encerradas en la cuadra”, asegura este ganadero, que “huyó” del modelo convencional al ver “peligrar” su granja por los costes altos, los precios bajos y los márgenes cada vez más pequeños. “Te metes en esa vorágine productivista y te da igual que las vacas produzcan 25 que 45, acababa el mes y estaba a cero”. 

“Creo que la agricultura y la ganadería regenerativa se van a popularizar porque es rentable. Yo a mi tío que es agricultor tradicional le digo que es trabajador de Bayer. Cosechas menos, pero gastas mucho menos”, reflexiona el vaquero soriano. Estos ganaderos ven como una ventaja la menor dependencia del exterior: menos gasto en piensos, en gasolina para mover el tractor, en abonos o en fertilizantes. Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, los precios de los piensos para el ganado han subido entre un 12% y un 26,5% en 2021, poniendo a muchas explotaciones contra las cuerdas. 

“Todo está relacionado con el precio del petróleo. Si dependes de la hierba te podrá llover más o menos, pero dependes del agua y la energía solar, y no estás tan expuesto”, asegura Juan Luis Domínguez Campa. “Pensamos que te vuelves más resistente, más resiliente que se dice ahora”. 

Lo que echan en falta estos productores es más asesoramiento sobre este modo de cultivar y criar el ganado, muy adaptado al terreno, al clima, a la singularidad de cada finca. “Metes la pata hoy, el año que viene igual metes un poco menos la pata… Es muy a ojo”, asegura Alfonso Criado, de Crica, que aprendió del campo “echando horas y horas” con su padre. Su pasión ahora es tratar de mejorar el suelo que pisan sus vacas cada día, y este año probará un nuevo experimento, un suplemento de microorganismos beneficiosos para el pasto. “Es como hacer yogur, tú siembras las bacterias que te interesa, para que hagan coagular la leche”, explica. Él tiene claro que con el modelo regenerativo “no hay recetas mágicas”. Eso sí, apunta: “Antes de volver a ser agricultor o ganadero intensivo, me haría carpintero”.

Mucho antes de que acaparara tertulias televisivas y columnas de diarios, la palabra 'macrogranja' comenzó a sonar en España ligada a un pequeño pueblo soriano de 150 habitantes. En Noviercas, a los pies del Moncayo, se pretende abrir la mayor vaquería de Europa, con 23.500 vacas lecheras que generarían el doble de excrementos que toda la población de Castilla y León. Frente al proyecto se ha destacado la voz de uno de sus vecinos, un físico llegado desde Madrid hace cinco años. “El modelo de las macrogranjas es una perversión absoluta”, asegura Jorge Conte, que no tiene nada contra los rumiantes: se mudó a Noviercas, el pueblo de su madre, para hacerse ganadero. Pero con una idea muy diferente en la cabeza. 

Así son las macrogranjas que el PP dice que no existen

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