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Antiespecismo interseccional, una cuestión de necesidad

31 de julio de 2026 06:02 h

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Existe una tendencia recurrente dentro de algunos espacios militantes a entender cada lucha emancipadora como un compartimento estanco. Como si el patriarcado, el racismo, el colonialismo, el capitalismo o el especismo fueran estructuras separadas que pudieran analizarse y combatirse de manera aislada. Sin embargo, pocas luchas evidencian tanto la necesidad de una mirada interseccional como el antiespecismo.

No porque el sufrimiento animal sea “más importante” que otras opresiones, sino porque el mecanismo de ajenidad sobre el que se sostiene el especismo alcanza un grado difícilmente comparable con otros sistemas de dominación. La distancia material, cultural y emocional que la sociedad construye entre los seres humanos y el resto de animales es tan profunda que convierte la violencia cotidiana contra millones de individuos en algo prácticamente invisible.

Las teóricas feministas y decoloniales llevan décadas explicando cómo funcionan los procesos de otrorización. Simone de Beauvoir señalaba que la construcción del “Otro” era un mecanismo imprescindible para sostener la subordinación de las mujeres. Edward Said analizó cómo Occidente fabricaba una imagen exotizada y deshumanizada de Oriente para justificar relaciones coloniales. Frantz Fanon explicó de qué manera el colonialismo produce sujetos despojados de humanidad a través de la violencia material y simbólica. Judith Butler profundizó en la idea de qué vidas son consideradas dignas de duelo y cuáles quedan fuera del marco de lo reconocible. Es imposible que una persona que se considere antiespecista lea este párrafo y no vea cómo todo esto aplica a la explotación animal.

El especismo lleva este proceso todavía más lejos. Los animales no humanos no solo son construidos como “otros”, son convertidos directamente en objetos: mercancías, unidades de producción, cuerpos para el consumo. Los animales no humanos son percibidos como seres sin intereses propios y sin capacidad de agencia política reconocible. La vaca no es una madre separada de su cría: es leche. El cerdo no es un individuo con capacidad de disfrutar o sufrir: es jamón. La gallina no es una vida atravesada por el encierro y la explotación: es una máquina de poner huevos.

Carol J. Adams ya relacionó hace décadas la cosificación de los cuerpos de las mujeres y de los animales en La política sexual de la carne, mostrando cómo los distintos sistemas de opresión comparten lenguajes, imaginarios y formas de violencia. Angela Davis también ha señalado la necesidad de comprender las luchas emancipadoras desde marcos amplios, capaces de conectar las distintas estructuras de dominación. Incluso autoras como bell hooks insistieron en que cualquier movimiento político que ignore las múltiples dimensiones de la opresión termina reproduciendo jerarquías internas.

El antiespecismo no puede permitirse ese error.

Resulta imposible entender la explotación animal sin hablar del capitalismo industrial que necesita maximizar beneficios a través de cuerpos explotables; sin hablar de colonialismo y extractivismo, que arrasan territorios para sostener macrogranjas y monocultivos destinados a alimentar animales encerrados; sin hablar de patriarcado, que históricamente ha asociado la dominación de la naturaleza, de los animales y de las mujeres a una misma lógica de control; sin hablar del racismo que nutre de trabajadoras precarizadas o casi esclavas a la industria del sufrimiento animal.

La interseccionalidad no diluye el antiespecismo: lo fortalece. Lo conecta con las condiciones materiales que sostienen la explotación animal. Lo saca del terreno del consumo individual para devolverlo al ámbito de la transformación colectiva.

Sin embargo, desde hace años parece consolidarse un sector del veganismo profundamente incómodo con esta idea. Un sector que insiste en que hablar de feminismo, antifascismo, colonialismo o lucha de clases “distrae” del sufrimiento animal. Curiosamente, muchas de las voces más visibles de esta corriente suelen compartir perfiles similares: hombres que entienden el activismo como una plataforma de visibilidad individual, a menudo atravesada por dinámicas de mercado, monetización y construcción de marca personal.

No deja de resultar llamativo que algunas de estas figuras encuentren más facilidad para compartir espacios con personajes de extrema derecha con cierta sensibilidad animalista que con militantes antiespecistas que insisten en conectar la explotación animal con el resto de sistemas de opresión. Como si el problema no fuera convivir con discursos racistas, machistas o autoritarios, sino cuestionar las estructuras que sostienen privilegios propios.

También resulta significativo que quienes más insisten en reducir el antiespecismo a una cuestión exclusivamente individual rara vez aparezcan sosteniendo colectividades antiespecistas, participando en redes de apoyo mutuo, organizando campañas colectivas o construyendo espacios militantes duraderos. El veganismo entendido únicamente como identidad de consumo o como superioridad moral individual termina siendo perfectamente compatible con el aislamiento político, con la lógica influencer y, en última instancia, con el propio sistema que convierte cualquier disidencia en mercancía.

Frente a ello, el antiespecismo interseccional plantea algo mucho más incómodo: que la explotación animal no puede separarse de las estructuras económicas, culturales y políticas que atraviesan el conjunto de la sociedad, que la violencia contra los animales no humanos no surge de individuos malvados aislados, sino de un sistema entero organizado alrededor de la dominación y la mercantilización de la vida.

Eso implica comprender también nuestras propias contradicciones. Ninguna militante está completamente fuera de las estructuras que critica. Todas hemos crecido en sociedades profundamente especistas, patriarcales, racistas y capitalistas. Precisamente por eso la formación política continua resulta imprescindible. No como ejercicio académico elitista, sino como herramienta colectiva para identificar cómo operan las distintas formas de opresión y cómo pueden infiltrarse incluso dentro de nuestros propios espacios.

Cuando los movimientos pierden capacidad de análisis político, otras voces ocupan ese vacío. Voces simples, individualistas, aparentemente cómodas y fácilmente consumibles en redes sociales. Discursos que reducen el antiespecismo a recetas de consumo, a debates estéticos o a contenido diseñado para generar interacción y beneficios económicos. Discursos que, además, tienden a construir una identidad vegana separada del resto de la sociedad, encerrada en dinámicas de pureza y diferenciación.

Ese camino conduce inevitablemente al gueto político.

Un antiespecismo incapaz de dialogar con otros movimientos sociales, incapaz de conectar la explotación animal con las condiciones materiales de vida de la mayoría social y centrado únicamente en identidades individuales corre el riesgo de convertirse en una subcultura autorreferencial, cada vez más pequeña y desconectada.

Por el contrario, un antiespecismo interseccional tiene la capacidad de construir alianzas amplias, señalar las raíces estructurales de la violencia y situar la liberación animal dentro de un horizonte colectivo de transformación social.

Necesitamos más espacios militantes y menos gurús. Más organización colectiva y menos marcas personales. Más formación política y menos consignas vacías diseñadas para algoritmos.

El reto del antiespecismo no consiste únicamente en convencer a más personas de dejar de consumir animales. Consiste en construir una sociedad incapaz de aceptar como normal cualquier forma de dominación.