Opinión y blogs

Sobre este blog

El jabalí en los medios

6 de mayo de 2026 06:01 h

0

Nuestro estudio al respecto del jabalí, publicado en la JAE - Journal of Animal Ethics (Revista de Ética Animal, publicada por la University of Illinois Press en colaboración con el Centro Ferrater Mora Oxford para la Ética Animal), muestra que los medios lo retratan de forma sensacionalista, anticientífica y contradictoria, mezclando alarmismo, prejuicio y ficción, y que incluso las imágenes aparentemente “inofensivas” pueden tener efectos sociales inesperados.

Tras analizar más de un centenar de artículos (enero de 2021–enero de 2024) en los cuatro diarios digitales más leídos de España, observamos que el discurso mediático lo convierte en chivo expiatorio y lo trata como si fuera una plaga y una “especie invasora”, atribuyéndole rasgos propios de los humanos: un villano malvado, con agencia y una supuesta agenda de destrucción.

¿Una amenaza ecológica, social y económica? 

El crecimiento poblacional de los jabalíes en España se describe en los medios como alarmante. Sin embargo, pese a las advertencias de la comunidad científica que subraya el papel ecológico clave del jabalí, incluso como aliado frente a los incendios forestales, los medios lo han convertido en el villano oficial del campo y la naturaleza. Lo hacen, además, sin precisar qué daños concretos causa, sin aportar datos verificables ni situar los conflictos en un contexto histórico y territorial. El resultado es un animal complejo reducido a la etiqueta de “plaga”. Una etiqueta que, según numerosos investigadores, no solo es simplista, sino también científicamente injustificada. En Catalunya, ni siquiera contamos con estudios de fondo que demuestren que el jabalí sea una amenaza para los ecosistemas, como recuerda Joan Real, del IRBio. Por su parte, Tomàs Marquès i Bonet (ICREA-UPF) lo resume sin rodeos: el jabalí no es el problema; el problema es el desequilibrio que hemos creado los humanos, al que la especie solo se adapta.

Lo mismo ocurre con los artículos que alertan sobre riesgos para la salud pública: se repiten fórmulas vagas, como que “transmiten enfermedades” o “provocan graves problemas de salud”, sin datos, contexto ni proporciones. Los ataques directos a personas son extraordinariamente raros, pero se amplifican con un tono abiertamente alarmista. A eso se suma el retrato del jabalí como amenaza económica, casi siempre ligado a los daños en cultivos y a la idea de un futuro rural en permanente peligro, más construido en base a titulares inquietantes que a un análisis serio.

Matar como gestión

La construcción mediática del jabalí como amenaza ambiental, social y económica casi omnipresente convence al público de que la matanza se perciba como algo lógico, incluso necesario. No es casual: la eliminación de especies etiquetadas como “plagas” o “invasoras” es una práctica de gestión habitual, y buena parte de los artículos presentan la caza como herramienta imprescindible para “controlar” la población. Sin embargo, ni siquiera existe consenso científico sobre su eficacia; al contrario, se ha observado que una mayor presión cinegética puede disparar las tasas de reproducción y hacer crecer aún más las poblaciones. El protagonismo de la caza como solución no solo delata el peso de los intereses económicos del sector y de la industria cárnica, sino que también consagra la visión profundamente antropocéntrica de dominio sobre otras especies: los humanos tenemos derecho a ordenar, a golpe de escopeta, quién merece vivir y quién no.

Un ejemplo claro es el caso reciente de la Peste Porcina Africana (PPA) en el Parque Natural de Collserola, en Barcelona. Los brotes amenazan la industria cárnica, por lo que, en vez de afrontar el problema de la ganadería intensiva -foco de insalubridad, brotes de enfermedades y tortura animal-, la respuesta incuestionada es mantener las granjas y seguir matando a los jabalíes silvestres. Y esta lógica se aplica también a especies que no son consideradas como “plaga” o “invasoras”, como es el caso del lobo ibérico, en estado crítico de conservación debido a la presión cinegética asociada a su supuesto impacto en la ganadería.

¿El jabalí, un invasor español?

Aunque es una especie originaria del Mediterráneo y el propio Ministerio para la Transición Ecológica no lo considera una “especie exótica invasora” (2023), al jabalí se le presenta una y otra vez como un “invasor”. Además, no solo lo pintan como invasor ecológico, sino también civilizacional: cuando aparece en calles, campos de golf o playas, sus simples avistamientos se viven como una intromisión intolerable, casi como una agresión a la propiedad privada. Esa etiqueta se apoya en una dicotomía muy asumida entre especies nativas y exóticas: las primeras se idealizan como “buenas” y merecedoras de protección, las segundas se demonizan como fuerzas externas que amenazan la biodiversidad. El resultado es que, en el discurso mediático, cualquier especie percibida como “mala” acaba metida en el saco de las “invasoras”, aunque no lo sea, como pasa con el jabalí.

De este modo, los medios retoman un vocabulario militarista que tiene similitudes con el discurso referido a las “especies invasoras”, diciendo, por ejemplo, que los jabalíes “asaltan”, “arrasan” y se desplazan “en ejército”. A los jabalíes, supuestamente malignos, los describen como monstruos: sus avistamientos se narran como una “pesadilla” o una “situación abrumadora”, llamándoles “depredadores temibles y consumados” o, directamente, “monstruos”, y describiéndolos físicamente de manera aterradora, con “afiladas fauces” y tamaño “descomunal”, con “mandíbulas torcidas” para “devorar”. Igual que en las narrativas sobre la sobreabundancia de fauna, el debate público sobre migración se apoya a menudo en estereotipos más que en datos, presentando a las personas migrantes como amenazas o delincuentes cuando, en realidad, solo buscan mejores oportunidades.

El jabalí, antropomorfizado

Los medios antropomorfizan a los jabalíes, es decir, les atribuyen rasgos o comportamientos humanos, como el ocio y el disfrute refinado. Se les describe “disfrutando de un chapuzón en el océano” o “disfrutando de una cena en el barrio más elegante de Marbella”. Un recurso literario que los humaniza con humor solo para ridiculizarlos: se ríen de ellos mientras los señalan como problema.

Estas imágenes, lejos de ser inocentes, reproducen lógicas similares a la deshumanización, la comparación de humanos con animales como herramienta para oprimir grupos humanos. En la propaganda y la guerra se utiliza para atribuir a un grupo falta de racionalidad, moralidad o capacidad de acción, trivializando sus vidas. La deshumanización construye un “ellos” irracional, peligroso o contaminante frente a un “nosotros” civilizado, y así se facilita que la violencia contra “ellos” parezca aceptable.

Además, cuando se presenta a los jabalíes “invadiendo” la ciudad, se activan las mismas metáforas que se usan contra personas migrantes, descritas como oleadas, plagas o delitos ambulantes. Cuando Vox habla de una supuesta “invasión migratoria”, recicla el mismo marco con el que los medios demonizan a los jabalíes, presentando a las personas migrantes como seres malignos y con una agenda de destrucción a la par que la de los jabalíes. Empleando el mismo vocabulario para referirse a los jabalíes y a las personas migrantes, los medios los equiparan, con el peligroso efecto de deshumanizar a las personas migrantes.

Reflexiones finales y preguntas

Los medios describen a los jabalíes como desvergonzados o incivilizados. Es cierto que están entre los animales más inteligentes, con capacidades cognitivas que se equiparan a las de un niño de tres o cuatro años. ¿Pero, juzgaríamos a un niño pequeño por falta de civismo? Igual que un niño de tres años, el jabalí no comprende su impacto social o ecológico ni los límites urbanos que lo rodean; estos son conceptos humanos, parciales y relativos, incluso en la propia comunidad científica. Pero la gran diferencia entre el jabalí y el niño es que, pese a tener capacidad de sufrir e inteligencia comparable, la sociedad apenas otorga consideración moral al jabalí: no hay protección legal ni servicios de bienestar para jabalíes. Por el contrario, su vida se reduce a un precio en el mercado: unos pocos euros por matarlo.

El apuro del jabalí es doble. Es humanizado para exigirle estándares morales humanos, como si fuera responsable de sus actos, mientras que, por ser un animal no humano, se le niegan derechos básicos. Humano para ser juzgado y animal para ser castigado. 

Para asegurar un futuro en España más justo, tanto hacia los animales no humanos como hacia los humanos, debemos gestionar la fauna con criterios científicos y una visión ecológica integral, reconociendo el papel del jabalí en el ecosistema en lugar de tratarlo como “plaga”. Esto exige un debate público sin metáforas deshumanizadoras ni comparaciones especistas y clasistas, marcos legales que tengan en cuenta la capacidad de sufrir de los animales y limiten la violencia contra ellos, y un cambio cultural donde cuestionemos nuestras propias responsabilidades como especie.