El centro de Tenerife que pretende salvar la fauna silvestre: tortugas amputadas, caparazones rotos y aves envenenadas

Cría de tortuga boba nada en el centro de conservación de especies de Tahonilla

Una nave que pasa desapercibida en La Laguna es el cobijo para las tortugas marinas que se enredan en el plástico. También lo es para las que acaban heridas por las hélices de los barcos y para las aves que comen el veneno que se oculta en los terrenos con el objetivo de matar a los ratones. “Hay mucho trabajo, hay días en los que llego por la mañana y no me voy hasta la noche”, cuenta uno de los dos veterinarios del centro de conservación de fauna silvestre de La Tahonilla Alejandro Suárez.

En ese mismo espacio se atiende a más de 3.500 pardelas cenicientas al año y 1.500 animales de diversas especies, la mayoría de ellos aves y tortugas marinas. A un lado del pasillo del centro, hay una montaña de cajas apiladas que se utilizan para transportar a las pardelas. La contaminación lumínica de las Islas hace complicada la vida de estas aves marinas, clasificadas como vulnerables. “Las crías se quedan cegadas en la orilla y son incapaces de salir al mar y volar”, cuenta Suárez. También lo denunció en diciembre de 2021 SEO/Birdlife. En este punto, es cuando son rescatadas y trasladadas a los centros de conservación. 

Las pardelas no son las únicas pacientes del centro. Una pareja de águilas permanece desde hace algunos meses en recuperación. “Me temo que nunca podrán volver a vivir en libertad”, se lamenta el veterinario. Una de ellas fue golpeada por un vecino cuando la pilló entrando a su gallinero. El golpe le ocasionó daños neuronales y problemas de visión que le impiden volar sin chocar. A veces por el estrés algunas de estas aves también se autolesionan. 

Junio es el mes del año con más ingresos. En todos los casos, el equipo trata de dar una salida a los animales, pero a veces la falta de soluciones hace que tengan que ser sacrificados para no pasar el resto de su vida en una jaula. 

Durante la visita la otra veterinaria del centro Patricia Sanjuan atiende a un cernícalo que acaba de ingresar. Ella trabaja en Tahonilla, dependiente del Cabildo de Tenerife, por un convenio con el INEM que tiene una duración de un año. Sin embargo, por el volumen de trabajo, para Suárez sería ideal mantener a otra especialista en el recurso.

El cernícalo es una de las especies de animales enfermos más frecuentes. Suelen envenenarse con los productos que se usan en el norte de Tenerife para evitar las ratas y los ratones. Junto a ellas también hay cuervos víctimas de envenenamiento, búhos o corujas. 

Las tortugas marinas

En doce meses, la atención de las tortugas marinas puede alcanzar el centenar de ejemplares solo en este centro de Tenerife. La especie más frecuente es la tortuga boba, la más habitual en el Archipiélago. Las afecciones que sufren estos animales y el motivo por el que son trasladadas a Tahonilla están provocadas por la actividad humana. Los anzuelos ilegales, los artesanales que se abandonan en el mar, las redes de pesca y las heridas por las hélices de los barcos son los motivos más frecuentes del ingreso de estos animales en el centro de recuperación.

En un solo día, el pasado 23 de mayo, llegaron al centro de recuperación de especies once tortugas. A causa de las afecciones, el veterinario tuvo que amputar siete aletas. “Intentamos salvar a toda costa las aletas porque una tortuga macho sin aleta no puede procrear, mientras una hembra puede resguardar sus huevos en la orilla aunque con mayor dificultad”, cuenta. 

Para determinar si es necesario retirar una aleta a una tortuga marina se realiza un test de sensibilidad profunda, un método que consiste en presionar la zona hasta que el animal reaccione. “Si no se mueve es que la zona está muerta. Por tanto, si decides dejarlo ahí, no tiene sensibilidad y no tiene sangre, se prolonga la posibilidad de que se muera por una infección”, añade el veterinario. 

En una visita por este espacio un total de siete tortugas fueron atendidas. Dos se recuperaban en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del centro. Una de ellas abatida por la hélice de un barco que le cortó a la mitad el caparazón, la otra, con parte de una aleta gangrenada por el enredamiento con las redes de pesca, rafia y el plástico que estaban tirados en el mar. Arriba, en pequeñas piscinas individuales para evitar conflictos, hay tres tortugas grandes, de la especie de tortuga boba, que tienen las aletas dañadas. Allí, dos tortugas pequeñas que sufren anemia nadan en una piscina con un sistema que imita las corrientes marinas. Todas ellas serán soltadas a lo largo de la semana.

Los viajes recreativos y el avistamiento de cetáceos se convirtieron en una demanda turística en Canarias hace más de tres décadas. El Archipiélago, junto a Andalucía, fue pionero en comercializarlos. Sin embargo, el empresario Sergio Hernández advierte que es necesario más control en la zona. “Hay embarcaciones con licencia para navegar, pero que no tienen el permiso para acercarse a los animales y aun así lo hacen”, cuenta el dueño de la empresa de tours ecológicos Bonodea. La presencia de motos de agua y otras embarcaciones acuáticas protagonizan choques y causan estrés a los cetáceos de la zona.

“Aunque haya muchas actividades diferentes en el mar, se podrían realizar si son respetuosas con el medioambiente”, añade el empresario. Para Sergio Hernández es fundamental respetar la normativa que indica a qué distancia acercarse a los cetáceos, así como utilizar productos ecológicos y recoger la basura que van encontrando en el mar. “Hay un barco de vigilancia que da la vuelta a la isla, pero pocos medios”, añade.

El plástico y los tejidos, en el estómago de los animales

El pasado fin de semana fueron atendidos 40 animales. Casi todas eran aves silvestres entre los que destacan los pollitos de búhos, cernícalos, halcones, aguilillas o los paiños. Las aves y todas las tortugas que llegan al centro defecan plástico. Así lo explica el veterinario que denuncia la presencia de microplásticos en la costa. Junto a las tortugas de la UCI, Alejandro Suárez guarda una caja llena de redes de pesca, un envoltorio de plástico de una conocida marca de supermercados, rafia y otros restos de plástico. “Esto es lo que pudimos sacar de una sola tortuga”, denuncia. 

Sergio Hernández es propietario de Bonodea, una empresa de viajes marítimos ecológicos que se localiza en Puerto Colón. Hace una semana, en una de las travesías habituales por la Zona de Especial Conservación (Teno-Rasca) rescataron a un delfín moteado que jugaba con un plástico. Luego, subieron las imágenes a redes sociales para concienciar a la población de la importancia que puede tener un solo gesto. “El delfín es un animal que tiene mucha curiosidad, en este caso jugaba con el plástico y a veces los juegos acaban mal”, cuenta el empresario.

La presencia de basura en el mar es cada vez más frecuente y las travesías en Bonodea así lo demuestran. “Muchas veces vamos a recoger el plástico que vemos flotando y después nos damos cuenta de que hay tortugas marinas enredadas en él”, explica el dueño de la empresa. 

La colaboración entre las empresas de tours marinos y los centros de recuperación de especies es fundamental para el rescate de animales en Tenerife. Una vez pasan a competencia del centro y para conocer la causa de la muerte, se le practican necropsias a los animales. En una sala en el exterior del recinto de Tahonilla, cubierta de tonalidades grises, se resguardan los restos de animales que serán luego recogidos por una empresa especializada. 

Microplásticos

La Universidad de La Laguna (ULL) lidera un proyecto europeo que evalúa el Impacto de Microplásticos y Contaminantes Emergentes en las Costas de la Macaronesia (IMPLAMAC). La iniciativa se coordina entre seis universidades y centros de investigación repartidos en Canarias, Azores, Madeira y Cabo Verde. Este mismo año, el mismo equipo de investigación Achem, de la ULL, comprobó la presencia de microplásticos también en especímenes de dorada, trucha arcoiris y lubina. 

Los plásticos tienen muchos aditivos (colorantes, endurecedores, plastificadores, protección ultravioleta) que actúan como disruptores endocrinos. Cuando un disruptor es ingerido la molécula imita y desencadena el proceso hormonal, explica el catedrático y coordinador del grupo de investigación Javier Hernández Borges. Esto supone una alteración del funcionamiento habitual del organismo. 

Los plásticos no son los únicos que ocasionan problemas a los seres vivos que habitan en el mar. También están los restos de tejidos cada vez más frecuentes en el ecosistema. “Las estaciones depuradoras y aguas residuales filtran entre el 70 y el 99% de estos tejidos, pero el resto no”, explica Borges. Como conclusiones de un estudio aún por publicar, el catedrático revela que la calidad de la ropa, así como la falta de filtros para controlar las micropartículas de tejido que salen de la lavadora y los problemas de filtración en las estaciones depuradoras hacen que estas partículas terminen en el mar. 

“Los emisarios afectan al medio. Es más, analizamos cuatro puntos en todas las islas, incluso en La Graciosa y obtuvimos los mismos resultados”, añade Borges. En este punto las afecciones que pueden provocar los plásticos son muy diversas. Dependen del tamaño. Cuanto más pequeñas, más afectan a organismos filtradores como los mejillones, las almejas o las lapas, y cuanto más crecen pueden obstruir el organismo del animal hasta ocasionarles la muerte, producir desgarros o una falsa sensación de saciedad que puede causarles desnutrición y como consecuencia la muerte. 

Las buenas intenciones

Los pollitos de búho que descansan en el centro se han rescatado del suelo de algunas fincas. “Si hay suerte sobreviven, pero si hay algún gato por la zona terminan por jugar con ellos y los matan”, cuenta el veterinario. Por ese motivo, en algunas ocasiones son trasladados al centro para terminar su proceso de cría. “Lo soltamos con la mayor garantía de que no se lo coma un gato”. 

Por otra parte, las aguilillas que son criadas a mano por seres humanos luego son incapaces de sobrevivir por sí solas. “Por criarla a mano desde pequeña, puede acabar en un parque o un espacio recreativo pidiendo de comer. Ya no se puede soltar, porque está acostumbrada al ser humano”, concluye el veterinario. La crianza de especies silvestres como animales domésticos repercute en sus posibilidades de sobrevivir.

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