Un derecho muy cuestionable

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Caminando caminando por la maraña digital leo y releo que un político italiano reivindica el derecho al odio. Alega que por sus venas corre la sangre de Julio César y sangre no le ha de faltar, pues César fue cosido a puñaladas a las puertas del senado con claro ensañamiento en especial de su propio hijo adoptivo Bruto, y bruto sí que era además de ingrato. Bueno, trataré de analizar el tema, el derecho al odio, como doctorando que fui de filosofía del derecho sin por ello renunciar a la retranca, que junto al asadero palmero y al pulpo a la gallega, es mi seña de identidad social. A todo derecho corresponde algún deber, lo decía el gran Ciriaco de Caledonia, muchos siglos antes de que los derechos se comieran a los deberes. Ergo, que es el por tanto de los pedantes, habría que definir este derecho, pues una cosa es odiar así en seco, sin agredir ni física ni verbalmente al odiado, y otra cosa convertir el odio en acción y sé que esta frase pondría a pelear a Platón con Aristóteles y nada más lejos de mi intención, que milito en las mermadas filas del amor indiscriminado, cosa que, en fin, nadie que me conozca se cree. Pero a lo que voy, el derecho al odio, expresión contradictoria en sí misma, pues es la esencia misma del derecho evitar el odio, asegurar una convivencia pacífica y negociar los conflictos, haciendo con ello posible la democracia, a ese derecho correspondería algún deber, el deber de aceptar que me odien sin odiar al que me odia, que estaría en su derecho a odiarme, excúsenme el retruécano, y el que odia primero odia dos veces, y llegado a este punto debo detenerme no sea que acabe odiando a este político que reivindica un derecho francamente odioso y vuelta a empezar y en ese bucle estamos.

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