Mejor tuvieran vergüenza
Cuando la vida me pone en disyuntivas y no sé con qué quedarme yo siempre consulto con mi IA, que es mi mujer o alguna de mis cuñadas, que tienen soluciones para todo. De todos modos en cada pueblo antes había un par de sabios, cargados de consejos inapelables e incluso si venía al pueblo de vacaciones algún catedrático de la Universidad, tu madre lo traía a casa para que te aconsejara y te dijera cosas como: “No hijo, esa carrera ni se te ocurra que no tiene salidas”. Y por ahí iba yo, siempre por donde no había salidas y tampoco grandes entradas, pero al final tampoco me ha ido tan mal, incluso podría decirse que he seguido mi vocación y me he divertido bastante haciendo lo que me gusta. Pero la IA me da igual, la verdad, no pienso consultarle a la IA ninguna puñetera canción o poema, así soy yo, y bueno, cuando la IA escriba algo como la Biblia, o el Quijote o Cien años de Soledad, o alguna canción como my back pages de Bob Dylan, o levante alguna catedral como la de Burgos, sin ir más lejos, o filosofe como Kant, entonces yo sonreiré desde el otro lado, mientras tanto percibo con zozobra la batalla por la IA de un montón de empoderados a los que les falta la inteligencia más natural, el sentido común. Ahí están Musk y los adalides de la IA advirtiéndonos del peligro que ellos mismos han creado, o tal vez sólo intentan engañar a la competencia, sean los chinos o los USA, para ganar tiempo y dinero y controlar todo ese absurdo cotarro, hasta que un puñado de robots se carguen las famosas reglas de Asimov y se rebelen contra nosotros, que para eso estamos, para sufrir los desatinos de una panda de desaprensivos cuyo único dios es la tecnología. Mejor tuvieran vergüenza, oiga. (Como lo valiente no quita lo cortés, me encanta el enanito de los semáforos, aunque yo le pondría la polka, que he visto gente cruzar con el bailecito, yo mismo superé mi artrosis y lo intenté sin demasiado éxito).
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