El Nazareno de Santa Cruz de La Palma: historia, devoción y patrimonio. Del desagravio de septiembre a la celebración de octubre
La devoción a Jesús Nazareno constituye una de las manifestaciones religiosas más arraigadas de Santa Cruz de La Palma. Su importancia trasciende la Semana Santa y se extiende a diferentes momentos del calendario religioso y a distintos espacios de la ciudad. Durante siglos, la imagen estuvo vinculada a la Venerable Hermandad de Jesús de Nazareth, a la procesión del Miércoles Santo y a la ceremonia del «Punto en la Plaza», pero también a unas funciones de desagravio, hoy desaparecidas, que tuvieron su origen en la profanación de la antigua imagen durante la procesión del Miércoles Santo de 1679.
La primera ceremonia de desagravio tuvo lugar el 14 de septiembre de 1679, coincidiendo con la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, y adquirió una notable solemnidad. Los actos se prolongaron durante un novenario acompañado de música, fuegos artificiales y otras manifestaciones festivas, y culminaron con una solemne procesión general durante la octava, en la que participaron ambos cleros y el conjunto de la población. El cortejo realizó una estación penitencial ante el lugar donde se había producido la profanación, donde se representó una loa con música alusiva al suceso. La ceremonia conjugaba así oración, penitencia, música y representación, convirtiendo el desagravio en un acontecimiento de especial relevancia para la ciudad.
Estas funciones adquirieron posteriormente carácter anual y, con el tiempo, la celebración quedó fijada en el 21 de octubre, fecha documentada en las disposiciones del vicario de 1775. El culto de desagravio, iniciado en septiembre, pasó así a celebrarse en octubre y quedó vinculado a la ermita del Señor de la Caída, levantada en el lugar donde se había producido la profanación. Esta evolución constituye una de las manifestaciones más singulares de la devoción al Nazareno y permite comprender su estrecha relación con la historia religiosa y urbana de Santa Cruz de La Palma.
La renovación de las imágenes
La actual imagen de Jesús Nazareno fue realizada por el escultor Fernando Estévez (1788-1854) entre 1840 y 1841, por encargo de Luis Van de Walle y Llarena (1782-1864), quinto marqués de Guisla-Ghiselin y gobernador militar de La Palma. Junto al Nazareno, Estévez realizó la Virgen Dolorosa, conocida popularmente como «La Magna». Ambas esculturas sustituyeron a las antiguas imágenes veneradas desde el siglo XVII en el convento dominico de San Miguel de las Victorias.
Las dos obras quedaron concluidas el 14 de enero de 1841 y fueron trasladadas desde La Orotava a Santa Cruz de La Palma por Antonio María de Lugo-Viña. El 7 de abril de ese mismo año, Miércoles Santo, comenzaron a recibir culto, según consta en las inscripciones conservadas en la parte posterior de ambas imágenes.
Desde entonces, Jesús Nazareno y la Virgen Dolorosa participan en la procesión del «Punto en la Plaza», que representa el encuentro de Cristo con su Madre, correspondiente a la cuarta estación del Vía Crucis. San Juan Evangelista completa el conjunto y actúa tradicionalmente como intermediario entre ambos.
La renovación de las imágenes estuvo vinculada a la Venerable Hermandad de Jesús de Nazareth, fundada en 1667 en el convento dominico y considerada una de las corporaciones religiosas históricas más antiguas de la ciudad. Aunque inicialmente se pensó sufragar el nuevo encargo mediante la venta de determinados atributos de oro de la antigua imagen, finalmente Luis Van de Walle asumió personalmente el coste del Nazareno y de la Virgen. Su hermano, el presbítero Esteban Van de Walle y Llarena, costeó asimismo la imagen de San Juan Evangelista, obra del escultor palmero Manuel Hernández, «El Morenito».
La continuidad institucional de la hermandad quedó reforzada con la aprobación de sus nuevos estatutos por la reina Isabel II, mediante Real Orden de 27 de junio de 1864.
El «Punto en la Plaza» y el calendario devocional
La procesión del Miércoles Santo constituye la expresión más conocida de esta devoción. Las tres imágenes recorren itinerarios diferentes hasta confluir en un punto de la ciudad alrededor de las seis de la tarde, donde se escenifica el encuentro entre Jesús y la Virgen.
Sus antecedentes se remontan al siglo XVII y están relacionados con el patronato ejercido por Gaspar de Olivares y Maldonado e Inés de Brito y Lara sobre el altar de Jesús Nazareno. En la escritura otorgada el 6 de julio de 1666 establecieron diversas obligaciones económicas destinadas al culto, entre ellas la financiación de la procesión del Miércoles Santo, además de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, celebrada el 14 de septiembre, y las misas cantadas de los viernes.
Este dato permite establecer una temprana relación entre el culto al Nazareno y el mes de septiembre. La Exaltación de la Santa Cruz se vinculaba directamente con el principal atributo de la iconografía de Cristo Nazareno: la cruz que lleva camino del Calvario. El culto a la imagen quedaba así integrado en un calendario religioso más amplio, en el que la cruz ocupaba un lugar esencial.
Esta vinculación adquirió una dimensión todavía más significativa tras la profanación de la antigua imagen en 1679, pues fue precisamente el 14 de septiembre de aquel año, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, cuando se celebró la primera función de desagravio. De este modo, la fecha pasó a quedar relacionada no solo con la exaltación de la cruz, sino también con la reparación pública de la ofensa sufrida por el Nazareno.
Una obra destacada de Fernando Estévez
El Nazareno de Estévez pertenece a la etapa final de la producción del escultor y constituye una de sus obras más destacadas. Realizado en madera policromada y con una altura aproximada de 164 centímetros, presenta a Cristo de pie, con la cruz apoyada sobre el hombro derecho.
La composición se caracteriza por la serenidad y se aleja de las representaciones excesivamente dramáticas de la Pasión. La expresión del rostro, de rasgos clasicistas, destaca por sus grandes ojos rasgados y su mirada penetrante. El cabello, la barba y las manos están tratados con especial naturalismo, mientras que la actitud corporal transmite aceptación y sosiego. Como han señalado distintos especialistas, parece que Cristo, más que cargar la cruz, la abraza.
Esta concepción responde al ideal de belleza y perfección propio del lenguaje clasicista de Estévez. El resultado es una representación de Cristo joven y sereno, en la que el sufrimiento de la Pasión queda transformado en una expresión de dignidad y serenidad.
A la talla se asocia, además, un importante conjunto patrimonial. Destaca el trono rococó, realizado en madera sobredorada y calada, así como los cuatro Ángeles de la Pasión, enviados desde La Habana por el comerciante palmero Cristóbal Pérez Volcán. Estas figuras portan distintos instrumentos de la Pasión y constituyen piezas de notable interés dentro del patrimonio religioso de la isla.
Especial relevancia posee también la túnica del Nazareno, bordada en oro sobre terciopelo rojo y fechada tradicionalmente hacia 1771. Procedente, según la tradición historiográfica, de talleres gaditanos o sevillanos, fue donada a la antigua imagen y continuó utilizándose con la actual. Está considerada una de las piezas más destacadas de su género conservadas en Canarias.
Pérez Volcán (1725-1790), uno de los principales benefactores del culto, manifestó en su correspondencia una profunda devoción por el Nazareno y dejó en su testamento una manda de 6.000 pesos destinada a la imagen. Los fondos contribuyeron a sufragar diversos bienes vinculados a su culto, entre ellos la corona, los ángeles, la túnica y el trono. El patrimonio se completa con otros objetos, como el estandarte procesional de terciopelo violeta y bordados de oro, adquirido por la Hermandad en 1870.
La celebración del 21 de octubre: el culto de desagravio
La relación del Nazareno con el mes de octubre tiene un origen diferente y especialmente singular. Durante la procesión del 29 de marzo de 1679, la antigua imagen transitaba por la calle Real del Puente del Medio, actualmente Pérez de Brito, cuando una mujer considerada demente, María Ruiz, le arrojó un vaso de inmundicia.
El hecho fue considerado una grave profanación y provocó una profunda conmoción entre los fieles. Como respuesta, se promovió posteriormente la construcción de una ermita en el lugar donde se había producido el incidente, destinada a «perpetuar la memoria de aquel atentado y desagravio». El nuevo oratorio quedó bajo la advocación del Señor de la Caída.
La existencia de esta ermita estuvo estrechamente relacionada con la celebración del 21 de octubre, documentada por Fernández García. Según su testimonio, el Nazareno tenía «otra celebración el día 21 de octubre», ordenada por el vicario conforme a unas normas establecidas el 12 de noviembre de 1775. La jornada tenía carácter penitencial y culminaba con el traslado procesional de la imagen hasta la ermita del Señor de la Caída, acompañado de loas, música, fuegos artificiales y representaciones teatrales.
La celebración presentaba, por tanto, una naturaleza distinta de la procesión del Miércoles Santo. Mientras esta última representaba el camino de Cristo hacia el Calvario y su encuentro con la Virgen, la ceremonia otoñal estaba vinculada a la reparación pública de una ofensa sufrida por la antigua imagen. El episodio de 1679 se incorporaba así al calendario religioso mediante una práctica penitencial periódica que unía devoción, procesión, música y representación.
La celebración del 21 de octubre demuestra que el culto al Nazareno no estuvo limitado al ciclo de la Semana Santa. La imagen protagonizó también una manifestación religiosa vinculada a un episodio concreto de la historia de la ciudad, en la que el lugar de la profanación adquirió además una dimensión devocional propia.
La ermita del Señor de la Caída desapareció con el paso del tiempo. La documentación permite situarla no en la actual plazoleta Vandale, como se había señalado tradicionalmente, sino en el solar de la casa que actualmente lleva el número 12. El oratorio sufrió el impacto de un rayo en su espadaña y posteriormente quedó destruido por un incendio. Su desaparición física modificó el paisaje urbano, pero no elimina la importancia histórica de la celebración que estuvo vinculada a aquel espacio.
Septiembre y octubre: dos fechas en la historia del Nazareno
La relación con septiembre y octubre permite contemplar la devoción al Nazareno desde una perspectiva más amplia que la estrictamente vinculada a la Semana Santa. El 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, aparece documentado desde los primeros años del culto y adquirió una significación particular después de la profanación de 1679, al celebrarse en esa fecha la primera función de desagravio.
El 21 de octubre, por su parte, representa la evolución posterior de esta tradición. La celebración documentada en el siglo XVIII trasladó al otoño la práctica penitencial vinculada al antiguo agravio y la relacionó con la ermita del Señor de la Caída.
Septiembre y octubre constituyen así dos momentos diferentes, pero relacionados, dentro de la historia de esta devoción: el primero, asociado a la Exaltación de la Santa Cruz y al origen del desagravio; el segundo, a la consolidación de una celebración penitencial vinculada a la antigua profanación. Ambos permiten comprender que el culto al Nazareno formó parte de un calendario religioso más amplio y estuvo profundamente ligado al espacio urbano de Santa Cruz de La Palma.
Continuidad de una tradición
La renovación de las imágenes en el siglo XIX no supuso una ruptura con esta trayectoria. La obra de Fernando Estévez dio continuidad al culto del antiguo Señor y pasó a ocupar un lugar destacado en la vida religiosa de Santa Cruz de La Palma y de la isla. La nueva escultura mantuvo su función procesional y se incorporó a una tradición en la que se habían sucedido imágenes, hermandades, ceremonias, donaciones y espacios de culto.
En la actualidad, el Nazareno continúa participando en la procesión del Miércoles Santo y en la ceremonia del Santo Encuentro. Desde 1987 lo acompaña la Cofradía del Santo Encuentro y, desde 1993, la Cofradía de Cargadores de Cristo Preso y las Lágrimas de San Pedro. Estas corporaciones representan la continuidad de una tradición iniciada en el siglo XVII y adaptada a las diferentes etapas de la historia de la ciudad.
El Nazareno constituye así un patrimonio que reúne arte, devoción, historia y espacio urbano. Su valor no reside únicamente en la calidad de la escultura de Fernando Estévez, sino también en el conjunto de imágenes, tronos, túnicas, ángeles, documentos, hermandades y ceremonias desarrollados en torno a ella.
Desde la antigua talla venerada en el convento dominico hasta la obra de Estévez, desde el «Punto en la Plaza» del Miércoles Santo hasta la desaparecida celebración de octubre, el Nazareno ha mantenido una presencia continuada en la historia religiosa y urbana de Santa Cruz de La Palma. La sucesión de estos cultos demuestra, además, que su significado no quedó circunscrito a la Semana Santa: septiembre y octubre fueron también momentos relevantes dentro de su trayectoria devocional.
La desaparición de la ermita del Señor de la Caída y la transformación del espacio urbano han hecho que este episodio haya quedado prácticamente oculto para las generaciones actuales. Por ello, sería deseable que las instituciones competentes considerasen la instalación de una placa que señalase el lugar de la antigua ermita y recordase el episodio de 1679, así como la celebración de desagravio que posteriormente estuvo vinculada a este espacio.
Una iniciativa de estas características permitiría recuperar para vecinos y visitantes un episodio singular de la historia religiosa y urbana de Santa Cruz de La Palma y devolver al lugar parte de su significado histórico. La colocación de esta referencia contribuiría, en definitiva, a preservar y difundir una tradición vinculada al Nazareno que, aunque ya desaparecida, forma parte de la historia devocional y patrimonial de la ciudad.
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