Juan Carlos Rodríguez ‘El Palmero’, el hombre que hizo que se quedara el baloncesto en Los Llanos

22 de agosto de 2026 09:48 h (Hora canaria)

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Juan Carlos Rodríguez Brito.

Durante mucho tiempo, la historia del baloncesto en Los Llanos de Aridane tuvo algo de Guadiana. Aparecía con fuerza, desaparecía durante algunos años y volvía a surgir más tarde, casi siempre de la mano de un nuevo grupo de entusiastas. Había comenzado muy pronto. Ya en 1933-1934, Severo Rodríguez, «el Americano», impulsó una primera eclosión, con cancha, asociación y varios equipos, que la Guerra Civil truncó en 1936. Hubo que esperar hasta la segunda mitad de los años cincuenta para que el balón volviera a botar con cierta regularidad, primero con el Palermo y el Juventud Aridane y después con otros conjuntos. En los sesenta llegó otra etapa de pujanza y, en 1970, el nuevo Valle Aridane dio incluso el salto a Tercera División Nacional. Pero tampoco aquello duró.

En medio de esa historia de entusiasmos recurrentes aparece Juan Carlos Rodríguez Brito, santacrucero de procedencia y llanense de adopción. En Los Llanos pronto fue simplemente Juan Carlos «el Palmero», precisamente porque procedía de Santa Cruz de La Palma. A comienzos de los setenta era apenas un muchacho, uno de los jóvenes que empezaban a destacar alrededor del Instituto y del recién creado Valle Aridane. En la temporada 1971-72 se incorporó, todavía adolescente, al primer equipo, donde coincidió con jugadores como Gregorio Pulido, Sarbelio Rodríguez «Chaveco», Javier Acosta, Nicolasín Gómez, Rosendo Rodríguez, Pedro Ángel Camacho o Leoncio Morín y también con su hermano Paco Rodríguez Brito, que ya había formado parte de la plantilla en la campaña anterior.

Los Llanos Confort 2 (1985).

Juan Carlos permaneció en aquel Valle Aridane hasta 1973-74, cuarta y última temporada del club en Tercera División. Después siguió jugando en la tradicional competición de verano de la capital de la isla, adonde el Aridane Anra se incorporó en 1974. El equipo estable había desaparecido, pero él continuaba jugando. Y acaso ahí esté una de las claves para comprender lo que sucedería después: Juan Carlos había conocido desde dentro aquella peculiar fragilidad del baloncesto llanense, había participado en uno de sus renacimientos y había visto también cómo, apenas unos años después, volvía a quedarse sin una estructura que le diera continuidad. Esta vez había que empezar por abajo

A principios de los años ochenta el baloncesto volvió a despertar en Los Llanos, pero esta vez ocurrió algo diferente: se empezó por la base. En 1981 se puso en marcha la campaña Aridane 81, destinada a promover el deporte escolar. Marisol Van Baumberghem, figura imprescindible para entender el desarrollo del baloncesto femenino en el municipio, contó para el básquet con Juan Carlos Rodríguez y Augusto Cáceres. Comenzaba entonces para «el Palmero» una larga trayectoria como entrenador y formador que se prolongaría durante más de veinte años y que acabaría cambiando la historia de este deporte en el Valle.

Campaña Aridane-81.

Durante aquellos primeros años no existía todavía, en Los Llanos, una competición federada regular que enfrentara cada fin de semana a los equipos llanenses con los de Santa Cruz de La Palma. Había algo anterior y quizá más importante: niños y jóvenes a los que enseñar a jugar, grupos que organizar, entrenamientos, actividades escolares, encuentros y partidos cuando era posible. Antes de volver a competir de manera estable había que reconstruir prácticamente desde abajo una base que se había perdido. Ya no se trataba, como había ocurrido otras veces, de reunir a unos cuantos jugadores para sacar adelante un equipo sénior durante una o dos temporadas, sino de formar primero a quienes algún día integrarían esos equipos.

En esa tarea Juan Carlos desarrolló una labor fundamental entre los muchachos, mientras Marisol Van Baumberghem hacía otro tanto, particularmente, en el baloncesto femenino. El Patronato Municipal de Deportes terminaría poniendo en marcha una Escuela de Baloncesto dirigida por Juan Carlos Rodríguez, que se convirtió en un auténtico revulsivo para este deporte en el Valle de Aridane. Ahí se encuentra probablemente su aportación más importante: no en un resultado concreto ni en un determinado ascenso, sino en la paciencia de trabajar durante años con quienes todavía no eran jugadores, cuando los frutos de aquel esfuerzo apenas podían adivinarse.

Aridane Alupalma (1997).

En muchas de aquellas iniciativas contó, además, con la colaboración de su esposa, la médica Nieves Rosa Arroyo, que prestó asistencia sanitaria en numerosos equipos, torneos y actividades de las décadas de 1980 y 1990. Eran tiempos en los que levantar un proyecto deportivo exigía que cada cual aportara mucho más de lo que podía reflejar un acta o una clasificación.

El alma mater del Aridane

Los resultados comenzaron, no obstante, a llegar. En 1984, Los Llanos puso en marcha su propia competición de verano, el Aridane-84, cuya primera edición ganó precisamente el Confort-2 dirigido por Juan Carlos. La temporada siguiente, aquel Los Llanos Confort-2 fue subcampeón insular sénior, con «el Palmero» como entrenador-jugador y con otro de sus hermanos, Julio Rodríguez Brito, entre los componentes del equipo. El baloncesto sénior regresaba así al municipio, pero ahora disponía de algo que había faltado en otras ocasiones: detrás comenzaba a existir una cantera.

En pocos años el nuevo Aridane pasó de competir en el ámbito insular a conseguir el ascenso a Segunda División. En 1987-88 regresó a las competiciones provinciales con Juan Carlos inicialmente en el banquillo, Para entonces, sin embargo, su importancia dentro del club hacía tiempo que había desbordado esa función concreta. Juan Carlos se había convertido en el alma mater del C. B. Aridane, en una referencia que permanecía mientras cambiaban los técnicos, llegaban y se marchaban jugadores o se sucedían temporadas mejores y peores.

Y quizá el mejor indicador de que aquel trabajo había arraigado fuera precisamente que empezaron a aparecer otros entrenadores capaces de continuarlo. Juan Jesús Camacho, Cipriano Castro, Leoncio Morín, Juan Manuel Remedios, Toni Rodríguez, Alejandro o Josema Ramos fueron algunos de quienes asumieron después, junto a los que venían de fuera, responsabilidades en aquel baloncesto que ya no dependía exclusivamente de una sola persona. Ese relevo constituye, en realidad, una parte esencial del legado de Juan Carlos: no construyó únicamente equipos; ayudó a levantar una estructura capaz de sobrevivir a sus propios impulsores.

Aridane Anra (1974).

A finales de los ochenta, el Aridane se había convertido ya en uno de los principales focos del básquet insular. Era capaz incluso de atraer a destacados jugadores de Santa Cruz de La Palma, como José Luis López o Fernando Peña. La situación se había invertido respecto de décadas anteriores: aquel baloncesto llanense que tantas veces había tenido dificultades para reunir un equipo podía ahora competir por algunos de los mejores jugadores de la isla. Hubo después problemas deportivos y económicos y el primer equipo terminó retirándose de la competición autonómica en 1991-92, pero esta vez la retirada no significó la desaparición del baloncesto. Permanecían jugadores, entrenadores, competiciones y, sobre todo, una base que ya había echado raíces.

Juan Carlos aún tendría tiempo de regresar al primer plano. En 1996-97, al frente del C. B. Aridane Alupalma, volvió a conducir al club a una fase de ascenso y el equipo terminaría consiguiendo el salto a la liga autonómica. Habían transcurrido más de quince años desde Aridane 81 y más de veinticinco desde que aquel adolescente santacrucero comenzara a hacerse un hueco en las canchas del Valle. «El Palmero» seguía allí.

«El Palmero»

La vinculación de Juan Carlos Rodríguez Brito con Los Llanos desbordó, además, las propias canchas. Durante años fue funcionario de los ayuntamientos de Tazacorte y Los Llanos de Aridane, aunque sea su trayectoria deportiva la que aquí centra nuestro interés. Sí añade una pincelada distinta su afición a la poesía, que cristalizó muchos años después en la publicación del poemario El ruido de las palabras. Otra faceta de un hombre al que varias generaciones, sin embargo, seguirán asociando ante todo con una cancha, un balón y un grupo de muchachos aprendiendo a jugar.

No fue Juan Carlos quien llevó por primera vez el baloncesto a Los Llanos. Ese honor corresponde a Severo Rodríguez y a aquellos pioneros de los años treinta. Tampoco estuvo solo en la recuperación de los ochenta: la aportación de Marisol Van Baumberghem al baloncesto femenino fue extraordinaria y alrededor de ambos hubo–no muchos– entrenadores, directivos, jugadores, familias y responsables deportivos sin los que nada habría sido posible. Pero en la historia moderna del baloncesto llanense existe, indudablemente, un antes y un después de Juan Carlos Rodríguez Brito.

Aridane Panificadora Llanense (1987).

Él había vivido aquel baloncesto que aparecía y desaparecía y conocía, como jugador, lo fácil que era que un proyecto prometedor terminara diluyéndose. Cuando le tocó asumir otras responsabilidades ayudó a construir algo distinto: una escuela, una cantera, equipos, entrenadores y, en definitiva, una cultura baloncestística suficientemente sólida para sobrevivir a una generación. Esa fue su gran obra y por eso su importancia no puede medirse únicamente por los partidos que ganó o por los ascensos que consiguió.

El muchacho que llegó desde Santa Cruz de La Palma y al que sus compañeros llamaron «el Palmero» acabó convirtiéndose, paradójicamente, en uno de los hombres que mejor representan el baloncesto de Los Llanos de Aridane. Su aportación merece, por ello, algo más que el recuerdo afectuoso de quienes jugaron o entrenaron con él. Merece un reconocimiento del baloncesto palmero y, de manera muy especial, de Los Llanos de Aridane, donde su trabajo dejó una huella que alcanza mucho más allá de los equipos que dirigió. Durante décadas, el básquet había ido y venido por el Valle casi como el Guadiana. Juan Carlos Rodríguez «el Palmero», junto a otros, consiguió que esta vez se quedara. Y eso bien merece un tributo.

J.J. Rodríguez-Lewis

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