El breñusco Julián Guerra Cabrera (1875-1959), el más prolífico fundador de periódicos de La Palma

20 de agosto de 2026 12:13 h (Hora canaria)

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Periódico 'La Antorcha del Obrero'

Anselmo Julián Guerra Cabrera, Julián Guerra como se le conocía habitualmente, ocupa un lugar singular en la historia del periodismo de La Palma. No fue probablemente el periodista de mayor brillantez literaria de su tiempo, ni tampoco el articulista más celebrado, pero sí el más prolífico fundador y director de periódicos que ha tenido la isla. Entre 1900 y 1934 puso en marcha y dirigió nueve cabeceras, una cifra extraordinaria para una isla pequeña y para una época en la que sostener económicamente un periódico constituía casi siempre una aventura incierta. Todas aquellas publicaciones tuvieron, además, un denominador común: fueron periódicos obreristas, católicos o ambas cosas a la vez.

Su propia biografía ayuda a explicar esa trayectoria. Guerra había nacido en Breña Alta el 22 de enero de 1875, en el seno de una modesta familia campesina, en un municipio donde alrededor del noventa por ciento de la población era analfabeta. Después de recibir las primeras letras en la escuela pública de su pueblo, marchó al Seminario Conciliar de La Laguna, donde permaneció entre 1892 y 1896. No llegó a ordenarse sacerdote. Abandonó aquella primera vocación y se convirtió en maestro, profesión a la que dedicaría prácticamente toda su vida. Ese paso por el Seminario no constituye un detalle menor. Guerra no fue un socialista que años después descubriera el catolicismo. Su formación cristiana era anterior a sus primeras incursiones periodísticas y convivió durante años con un obrerismo cada vez más intenso, con evidentes simpatías republicanas y con la recepción de algunas ideas y reivindicaciones socialistas.

Enseñanza, preocupación social y periodismo resultaron en él actividades difícilmente separables. Dirigió escuelas promovidas por sociedades obreras como El Amparo del Obrero, la Sociedad Escolar de Obreros de La Palma, El Porvenir del Obrero o El Defensor del Obrero, creadas para proporcionar enseñanza gratuita a trabajadores y a sus hijos. Aquel maestro fue, al mismo tiempo, uno de los personajes más dinámicos del periodismo palmero del primer tercio del siglo XX. Luis Felipe Gómez Wangüemert llegó a considerarlo, no sin cierta mordacidad, más gestor de periódicos que periodista de pluma.

De El Fiscal a La Disciplina: los años del obrerismo

Tras iniciarse probablemente como redactor de La Justicia, Guerra puso en marcha El Fiscal, que apareció el 15 de enero de 1900 y alcanzaría 91 números hasta enero de 1902. Nació como «semanario independiente, órgano de la juventud», con un propósito de evidente sabor regeneracionista, pero fue adquiriendo pronto un marcado carácter combativo. Llegó a proclamar la «guerra sin cuartel al degradante cunerismo», al atropello de la justicia y a quienes se enriquecían a costa del sudor de los trabajadores.

El periódico se movió en ambientes próximos al republicanismo y fue concediendo una importancia creciente a la cuestión obrera. Recordó favorablemente a Pi y Margall y Nicolás Salmerón, promovió la creación de un centro instructivo para los trabajadores, hizo llamamientos a su unión, defendió al concejal socialista Antonio Fernández Pérez e incorporó una sección denominada «Propaganda obrera». Al mismo tiempo denunciaba la «farsa electoral» de la Restauración y aspiraba a que las clases trabajadoras alcanzasen representación en los ayuntamientos.

Su independencia política explica una aparente paradoja. En las elecciones de 1901 apoyó al conservador Pedro Poggio y Álvarez, no por identificación ideológica, sino por considerarlo candidato del país frente al cunerismo y no existir una alternativa republicana u obrera. Cuando esta apareció dos años después, la posición de Guerra sería muy diferente. Las discrepancias entre Guerra y Manuel Pestana Henríquez sobre la manera de abordar las cuestiones sociales y religiosas acabaron separando a los dos principales animadores de El Fiscal. Pestana fundó El Grito del Pueblo, mientras Guerra puso en circulación pocos meses después La Voz del Obrero. La ruptura periodística, por cierto, no terminó con la amistad entre ambos.

La Voz del Obrero apareció el 6 de septiembre de 1902 como «semanario defensor de la clase trabajadora». Si en El Fiscal el obrerismo había ido ganando terreno, ahora constituía la razón de ser de la publicación. Sus páginas difundieron el pensamiento socialista, particularmente el de Pablo Iglesias, siguieron el desarrollo del movimiento obrero y defendieron reivindicaciones como el descanso dominical, la jornada de ocho horas, la agremiación y la educación. Su proximidad al republicanismo fue igualmente explícita. El periódico llegó a sostener que el triunfo de la República podía significar el comienzo de la revolución social y en 1903 apoyó la candidatura republicana de Pedro Pérez Díaz al Congreso. Constituida aquel año la Asociación Gremial de Obreros de La Palma, pasó a ser órgano de esta sociedad y llamó a los trabajadores de la isla a integrarse en ella.

Portada de 'Regeneración Palmera'.

Sería tentador concluir que Guerra había abrazado entonces el socialismo. Sus propios escritos aconsejan mayor cautela. En marzo de 1903 reconocía que existía «alguna verdad» en las pretensiones de socialistas y anarquistas, pero explicaba también desde dónde las juzgaba: se consideraba «deudor de la doctrina de Cristo». Su antigua formación seminarística permite comprender mejor aquella aparente contradicción. Guerra podía asumir reivindicaciones socialistas y colaborar políticamente con los republicanos sin haber abandonado su matriz cristiana.

En 1905 promovió su tercer proyecto netamente obrerista, La Disciplina, órgano de la Sociedad Escolar de Obreros de La Palma, creada para establecer escuelas de instrucción primaria, organizar conferencias y formar una biblioteca. El periódico se situaba en la línea de La Voz del Obrero, pero su raíz católica aparecía ya con mayor nitidez. No desaparecía por ello su preocupación política. Guerra defendía expresamente la participación de los trabajadores en la vida pública: mediante ella podían conseguir mejores escuelas, una distribución más justa de las cargas fiscales, leyes más favorables y normas que limitasen la jornada laboral. La Disciplinarepresenta, por tanto, menos una ruptura que una progresiva decantación: el obrerismo permanecía; lo que empezaba a definirse con mayor claridad era el fundamento cristiano desde el que Guerra trataba de responder a la cuestión social.

La consolidación del catolicismo social

Ese proceso se hizo inequívoco en 1907 con El Porvenir del Obrero. La nueva cabecera seguía siendo obrerista, pero aparecía ya claramente inscrita en el catolicismo social alentado por la Rerum Novarum de León XIII y en el movimiento de la denominada «buena prensa». El Porvenir del Obrero nació el 1 de junio de 1907 como órgano de la sociedad del mismo nombre y permaneció en circulación hasta enero de 1910. Pretendía «oponer un dique a las vejaciones y abusos que contra el operario se cometen y reivindicar los derechos del mismo» y desde su número 25 se proclamó órgano de una sociedad expresamente católica.

En sus páginas convivían la defensa de la enseñanza religiosa y las críticas al liberalismo con la instrucción popular, la cooperación obrera, el descanso dominical o la jornada de ocho horas. Esta última reivindicación alcanzó incluso un resultado tangible: en 1907 el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma asumió las ocho horas como exigencia para sus contratistas. Tampoco faltaron las polémicas. Su principal adversario fue Germinal, órgano del Partido Republicano y de inspiración librepensadora, que acusaba al semanario de clerical e incluso de carlista y llegó a rebautizarlo, con la mordacidad característica de aquella prensa política, como El porvenir de… los paúles.

Cinco años después de su desaparición, Guerra regresó a la arena periodística con La Antorcha del Obrero, que apareció en 1915 y fue el primer periódico publicado en Breña Alta. Órgano de El Defensor del Obrero, otra sociedad fundada por Guerra y dotada también de escuelas, combinó nuevamente obrerismo y catolicismo. Pero no se limitó a la doctrina. Denunció la paralización de las obras de la carretera de Bajamar, fundamental tanto para las comunicaciones como para proporcionar trabajo en los difíciles años de la Gran Guerra, siguió las obras del túnel del risco de la Concepción y dedicó especial atención al naufragio del Príncipe de Asturias en las costas brasileñas en 1916, en el que perecieron cinco palmeros que emigraban a Argentina.

Tuvieron que transcurrir diez años para que Guerra emprendiera una nueva aventura periodística. En plena dictadura de Primo de Rivera apareció, el 24 de julio de 1926, Regeneración palmera. Por primera vez fundaba un periódico católico sin el marcado carácter obrerista de sus anteriores empresas. Subtitulado «Periódico bi-semanario de intereses generales, literatura, noticias e información», fue la cabecera más informativa de cuantas dirigió. Su catolicismo permanecía intacto —participó activamente en el Día de la Buena Prensa—, pero prestó una considerable atención a los problemas cotidianos de La Palma y, entre ellos, a las gestiones para conseguir la reanudación de las obras públicas paralizadas en la isla. Desapareció en junio de 1929, después de 177 números; un intento posterior de prolongarla con el título de Regeneración apenas tuvo recorrido.

La Segunda República abrió un escenario muy diferente para el catolicismo español. En ese contexto nació Acción social, el 4 de julio de 1931. La publicación llegaría a convertirse en una de las principales cabeceras de la derecha palmera durante la República, aunque Guerra solo dirigió su primera etapa, hasta finales de 1932. La confrontación entre catolicismo y laicismo adquiría ahora una dimensión política mucho mayor, y las polémicas fueron especialmente intensas con Espartaco, órgano del movimiento obrero palmero. A finales de 1932 Guerra traspasó la propiedad del periódico y quedó reducido posteriormente a la condición de redactor. No parece que aquel papel secundario encajara demasiado bien con quien durante más de treinta años había acostumbrado a fundar y dirigir sus propios periódicos. En 1934 volvió a intentarlo.

Patria y letras fue su última aventura periodística. Probablemente solo alcanzó veinte números y apenas se conservan unos pocos. Se presentaba como órgano de las Asociaciones Católicas de Obreros y Estudiantes de La Palma, reuniendo de nuevo dos constantes de la trayectoria de Guerra: enseñanza y cuestión obrera, ahora inequívocamente interpretadas desde el catolicismo social. El semanario defendió expresamente la sindicación de los trabajadores y publicó las bases de organización y el programa del sindicalismo obrero católico, al tiempo que combatía con insistencia al socialismo. Pero subsistía una continuidad que atravesaba toda la trayectoria de Guerra: la preocupación por las condiciones materiales de los trabajadores. Patria y letras reclamó casas baratas para los obreros, una cooperativa constructora, mejoras en la higiene y salubridad de Santa Cruz de La Palma y denunció incluso las deficiencias del abastecimiento de agua de la ciudad.

Periódico 'La Voz del Obrero'.

Un hombre de periódicos

La trayectoria periodística de Julián Guerra permite seguir algunas de las transformaciones ideológicas y sociales experimentadas por La Palma durante el primer tercio del siglo XX. Pero sería simplificador describirla como un desplazamiento lineal desde el socialismo hasta el catolicismo. Guerra había recibido una prolongada formación religiosa antes de comenzar su actividad periodística. Desde El Fiscal mostró, al mismo tiempo, una creciente preocupación por los trabajadores, un acusado anticaciquismo y simpatías hacia el republicanismo. Con La Voz del Obrero alcanzó su momento de mayor aproximación al socialismo, difundiendo algunas de sus ideas y defendiendo varias de las reivindicaciones que el movimiento obrero había convertido en banderas propias. Pero incluso entonces continuaba considerándose «deudor de la doctrina de Cristo». La Disciplina hizo más explícita aquella raíz cristiana y El Porvenir del Obrero consolidó definitivamente su adscripción al catolicismo social.

Por debajo de esa evolución permanecieron algunas constantes: la preocupación por la enseñanza, la defensa de los trabajadores, el asociacionismo, una profunda religiosidad y una extraordinaria confianza en la capacidad de la prensa para intervenir en la sociedad. Lo que cambió fue, sobre todo, el marco doctrinal desde el que Guerra trató de dar respuesta a aquellas preocupaciones. Sus periódicos reflejan perfectamente ese itinerario. El Fiscal transitó desde un regeneracionismo independiente hacia un creciente obrerismo; La Voz del Obrero representó su mayor aproximación al republicanismo y al socialismo; La Disciplina hizo más visible la raíz católica de aquel compromiso social; El Porvenir del Obrero y La Antorcha del Obrero combinaron inequívocamente catolicismo y obrerismo; Regeneración palmera fue su cabecera más informativa y la única inequívocamente católica que abandonó aquella impronta obrera; Acción social respondió al clima de confrontación religiosa de los primeros años republicanos, y Patria y letras cerró el círculo reuniendo nuevamente apostolado católico, educación y preocupación por la cuestión social. Esa caracterización coincide con la conclusión del estudio de investigación: la prensa de Guerra fue siempre obrerista, católica o ambas cosas, con Regeneración palmera como principal excepción a la impronta obrera.

Julián Guerra murió en Santa Cruz de La Palma el 27 de enero de 1959, con ochenta y cuatro años. Un antiguo discípulo suyo, Antonio Hernández Rodríguez, escribió entonces que desaparecía uno de los hombres más sencillos y humildes de su generación, pero también uno de los de mayor rendimiento en «virtudes ciudadanas» y «fecundas actividades profesionales». La apreciación no parece exagerada. Maestro durante toda su vida, promotor de sociedades obreras, impulsor de escuelas y fundador y director de nueve periódicos, Anselmo Julián Guerra Cabrera fue, por encima de cualquier otra consideración, un infatigable hombre de periódicos. Sorprende, por ello, el escaso reconocimiento público recibido por su figura, hasta el punto de que ni siquiera su Breña Alta natal le ha dedicado una calle. Acaso ha llegado ya el momento de reparar el olvido.

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