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OPINIÓN | 'Los áticos de Ayuso y el fin de la impunidad', por Neus Tomàs

La era de los fantoches en el poder

Ayuso, junto a Almeida, celebrando el día de la Virgen de La Paloma con multitud de insultos al gobierno y su presidente. EFE/ Mariscal
18 de agosto de 2026 22:03 h

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Un grave terremoto sacude Colombia cuando acaba de tomar posesión de la presidencia el ganador de las elecciones Abelardo de la Espriella. En ningún momento anterior había disimulado quién y cómo era. Ante esta gravísima emergencia con al menos 273 personas muertas, casi cuatro mil heridas y unas 25.000 familias afectadas, el presidente ratificó con creces la impresión previa. Y para no andar con adjetivos, simplemente anotemos su forma de operar: presentarse en una de las ciudades más afectadas para repartir balones de fútbol con su logo cuando todavía no habían recibido las víctimas ni ayuda real, ni siquiera equipos de salvamento dado que ha vetado a los países no afines que la han ofrecido.

Abelardo de la Espriella es el ejemplo más reciente de un fenómeno por el que seres aparentemente normales eligen para representarles en la gestión pública a políticos estrambóticos, siempre de ultraderecha, que les aplicarán políticas que van a perjudicarles. Milei, en Argentina, ya fue en su día un prototipo clamoroso. Trump en Estados Unidos, en línea ascendente de despropósitos, decidía esta semana cargarse la política exterior estadounidense para acercarse al llamado líder supremo norcoreano, Kim Jong-un, en contra de su aliado del sur. Porque le cae bien, dice. Trump redondeó la faena, insultando gravemente a una periodista de CNN que le preguntaba por este caso, ante el silencio del resto de los asistentes a la rueda de prensa. Ninguno de los cuales, que sepamos, abandonó la sala.

Te preguntas una y otra vez qué ha ocurrido para que estos especímenes adquieran tal grado de poder. Y hay explicaciones, siquiera incompletas. Desde la educación social en la estupidez a la manipulación y el fomento del espectáculo como guía. Sobre las necesidades reales de millones de personas, se alzan esas mayorías que no se enteran ni de dónde les aprieta el zapato pero gozan y sufren, aman y odian a golpe de anuncio propagandístico. Sin saber que incluso esos salen de sus impuestos restándoles servicios. Es la era, sin duda, de los desaprensivos. Porque les sobra con abducir a un número suficiente de soportes de voto y gestión para que les funcione.

En España tenemos y padecemos, sobre todo, a esa mujer que, desde la presidencia de una comunidad autónoma y sustentada por 1.599.186 votos, se cree equiparable al Pedro Sánchez que le obsesiona, elegido desde 179 escaños del Congreso con 12,6 millones de votos ciudadanos detrás. En estricto funcionamiento de una democracia parlamentaria, completamente legal.

Ayuso puede reducir el acceso a la universidad pública que afecta al común de los ciudadanos, dejar a sus hijos sin carrera, ir privatizando la sanidad, distribuir groseramente nuestros impuestos para, por ejemplo, enterrar en el “almacén” Zendal 170 millones de euros que hubieran aliviado al menos la agonía de 7.291 ancianos muertos sin asistencia médica en pandemia por ese protocolo que sí existió. Y son solo unos pocos ejemplos. Su pasión por los áticos y los negocios de su pareja son ya punto y aparte. Con todo eso y mucho más, sale a insultar al gobierno y sobre todo a Pedro Sánchez, con unas barbaridades de puro alucine, y sus fans orgasmizan con ella. El fenómeno es impresionante. Solo por informar de algunas de estas cuestiones emiten desde las redes insultos que ni los descargadores de los muelles de Hamburgo, desde perfiles con su banderita rojigualda y su canesú.

Hay fuertes rumores de que Ayuso está tocada por sus áticos y los apoyos -remunerados en “publicidad” institucional pagada con nuestros impuestos- se vuelcan con ella a niveles de patetismo. No es una estrella de Hollywood, nunca nos contaron “los looks” de nadie más. De la Reina Letizia, sí, y no es el caso desde luego.

Lo peor de todo esto es la degradación que está sufriendo la propia sociedad. Demasiada irracionalidad y odio que nubla el criterio y el futuro. Ultraderecha pura y dura para restas dramáticas de la democracia. Una sociedad así se va a pique. Y es un fenómeno internacional, más agudizado en algunos países.

Sabemos que los cómplices decisivos cambian de caballo ganador por el que apostar sin problemas, lo hemos visto con anterioridad. Será igual o peor. Revocar esta situación, atemperarla siquiera, pasa por que el gobierno afronte con valentía sus obligaciones para con los ciudadanos que incluyen aventar con toda valentía estas terribles disfunciones. Y, desde luego, depende en gran medida de los ciudadanos recuperables para la cordura que analicen a fondo lo que ocurre, su colaboración si es el caso, y actúen en consecuencia.

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