El patio de mi recreo. El día que regresamos

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Llega la primavera, y podría decir que comenzamos a saborear objetivos cumplidos, a falta de tres meses para acabar el curso.

En plena pandemia y sin mucha información, nos enfrentábamos al desconocimiento en nuestro colegio, al igual que muchísimos compañeros y compañeras en sus respectivas escuelas.

Por mucha experiencia, por muchos cursos, conocimientos previos, esperaba aquel día con ansias, preparando cada detalle para que “todo” estuviera listo y para que la bienvenida fuera lo más grata posible después de seis meses sin vernos.

Nuestro primer día de clase, el 15 de septiembre de 2020, fecha de la que no nos olvidaremos muchos de nosotros, los acercamientos eran incómodos, raros, nuestra mente no estaba preparada para hablarle a un niño y una niña con una mascarilla, con pantalla y a distancia.

En mi caso, teniendo periodo de adaptación con niños y niñas de tres añitos, se me hizo tan duro que no pudieran ver mi cara al descubierto, conocerme realmente, poderles sonreír, aunque tuve que aprender a hacerlo con la mirada.

Ahora, pasados otros seis meses, los niños y niñas, nuestro alumnado, nos refuerza, nos recuerda cada día que, entre todos y todas, hemos podido y podremos con todo lo que venga.

A mí personalmente me han enseñado tanto, que mi mente va más rápido que mis manos, ellos me motivan a ser mejor profesional y humana cada día, a innovar, a que si de una forma no podemos, podremos de otra y realmente siento satisfacción, ante tal situación, tal pandemia, seguimos buscando recursos nuevos, creando y queriendo trabajar con el corazón.

Recuerdo ese primer día de clase, tras la pandemia, me había preparado como para un “campo de batalla”, pero reconozco, que tras esa coraza, lo que más deseaba era ver a “mis niños y niñas” de nuevo. Que me contaran mil anécdotas, que se llenara el colegio del murmullo, de sus risas, y que por fin tuviéramos de nuevo, “algo” de normalidad, poder volver a las aulas, vernos sin tener que hacerlo a través de una pantalla o de solo escuchar sus voces a través del teléfono.

Recuerdo recibir a los niños y niñas en la puerta, con mi mascarilla FFP2, mis gafas protectoras, mi pelo bien recogido, mi camisa “Covid” como el uniforme que llevaría si fuera sanitaria, mi riñonera preparada con hidrogel, kleenex, mi bolígrafo, mi lápiz y mi goma. En un mismo momento sentí alegría, miedo, emoción, una “mochila” cargada de responsabilidad, pero reconozco que la emoción que ganó, fue la FELICIDAD que sentí por volvernos a ver de nuevo en las aulas.

Mientras había estado preparando mi riñonera pensaba, “solo podré utilizar estos, los míos” y qué cosas de la vida, no poder compartir, en el colegio. Los valores comenzarían a cambiar pero lo que tenía claro, que el amor con el que quería comenzar y enseñar no cambiaría, sería aún mayor.

Habíamos preparado el colegio, para algo que en realidad desconocíamos.

Señalizaciones en el suelo, pegatinas y carteles que indicaban mantener el metro y medio de distancia y mucha cartelería por todos lados.

Cartelería en la que informábamos del uso obligatorio de la mascarilla, el hidrogel, el lavado de manos, mínimo cinco veces al día. Explicando las divisiones de grupos burbuja y explicándole a nuestro alumnado por supuesto, lo que eso significaría durante todo el curso escolar. Separando mesas a metro y medio de distancia mínimo, y comprobando que en algunos casos no iban a caber. Habilitando nuevas aulas para separar al alumnado en el comedor, etc.

En resumen, supongo que cuando te diga que mi cabeza se pasó el verano pensando y volviendo a pensar una y otra vez, cómo hacer las cosas, cómo prepararlas, con mucha incertidumbre y una cierta sensación de soledad, pienso que más de un compañero o compañera, se sentirán identificados conmigo.

Había que explicarle al alumnado tantas cosas, al igual que a sus familias. Que iban a ser grupos burbuja, cómo serían las entradas, salidas y que los niños y niñas más mayores no podrían levantarse de la silla.

Las palabras como “Plan de Contingencia” se habían grabado en mi mente como si de un “un plan de emergencia” se tratara.

La verdad que al final hemos ido realizando todo a través de este famoso “Plan de Contingencia”, a través de mucho compañerismo y mucho cariño con nuestro alumnado. Ellos son los verdaderos protagonistas de esta realidad “mágica” en nuestra escuela, porque son unos verdaderos héroes. Los niños y niñas tienen una capacidad de adaptación tan grande, que al final, nos han ayudado a seguir educando y a poder hacerlo en las aulas, incluso en mitad de una pandemia.

Mi mayor aplauso va para ellos, para sus familias, para mis compañeros y compañeras de aquí, de allí y de más allá, porque estoy segura de que todos y todas han puesto lo mejor de cada uno para poder volver a las aulas y hacerlo realidad.

Porque sigamos haciéndolo y apoyándonos entre todos.

Cristina MJ

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Publicado el
30 de marzo de 2021 - 10:31 h

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