La música popular en La Palma

La Palma Ahora

Santa Cruz de La Palma —

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'La música popular en la Isla de La Palma'. Carátula

Coincidiendo con la Exposición sobre la vida y la obra de Luis Cobiella que durante este mes de julio se puede visitar en la Casa Salazar de Santa Cruz de La Palma, La Palma Ahora publica estas notas sobre su trabajo de investigación sobre la música popular que publicó la Universidad de La Laguna en 1947.

La música popular en La Palma

Notas a un trabajo aparecido en Revista de Historia, Universidad de La Laguna, 1947

El tranquilo aislamiento de los vecinos de los pueblos más lejanos fue interrumpido por una excursión, casi incursión de tres de la ciudad. Ya habían llegado, en los últimos tiempos, quienes preguntaron por las gentes más rudas y anotaran las palabras que de sus labios salían:

“¿para qué querrá este señor apuntar aúlo, abisero? Pero ahora es peor: estarán locos? vienen preguntando por los más viejos ¡y quieren hacerlos cantar!

En efecto: la mayor dificultad que encontré en mi labor de recogida de tonadas fue la de hacer entonar a los ancianos. Generalmente se les citaba en casa del maestro; éste hacía las presentaciones y nos ayudaba a exponer nuestro deseo. Acudieron, en su mayoría, mujeres, viejas vecinas asustadas, con voluntad de servir. No siempre lo hicieron... Imaginen el cuadro: comedor-sala del maestro; recién vacías, en la mesa, unas copitas de anís; un señor que pregunta por romances, relaciones, arrorrós...

- ¡Pero si eso no se canta!

- No importa; trate de recordar...

- Aquí lo que más cantamos es el punto cubano, la guajira...

- No, por favor: deseamos oír algún arrorró...

Silencio.

Otro señor, con pluma y bloc, se dispone a tomar la letra. Y, por último, el que escribe prepara unos pliegos de papel rayado, con manchas, líneas y redondeles, y da cuerda a un aparato cumplido, parecido a un reloj al revés pero sin reloj... En el silencio, el tictac del metrónomo y la expectación de aquellas tres personas que la pobre mujer ve por primera vez ¡y ahora ha de cantar, con sus 70 años y su voz ronca de temblores y recelos! Hubo algunas que no lograron emitir sonido. Las más, sin embargo, con verdadero sacrificio, hicieron gala de la innata generosidad de nuestro buen paisano y nos dictaron el sentir musical de hace más de un siglo.

Una de las mujeres había sido llamada a la ciudad por el Comandante Militar, que quería registrar sus tonadas; seguramente en aquella ocasión estuvo muy nerviosa y no dio pie con bola; el caso es que no pudieron apuntar nada en concreto. Y así, el día que cantó para nosotros, cuando el señor maestro la despedía y agradecía su amabilidad, preguntó:

- ¿Y usted cree que ese chico garrará lo que yo canté?

- ¿Por qué duda?

- Pos yo digo que cuando el señor melitar no pudo, él menos podrá...

Uno de los ejemplos insertos no fue tomado directamente; me refiero al número 26, “Punto cubano” que empieza: Cuando en Matanza supieron... Fue el que primero anoté, y lo oí en Madrid, de boca de un canario llamado “El Pariente”, en casa de Don Matías, “protector de artistas”: parece aquel rincón un trozo trasplantado de lo más puro de la tierra isleña: allí acuden El Tenor, el Maestro Álvarez, Cesarín, Montesdeoca.

'La música popular en la Isla de La Palma'. Ejemplo de 'Arroró.

En Barlovento tuvimos noticia de una anciana que sabía un sirinoque del país. Fuimos a ella. No lo podía cantar porque la letra era no apta. Por fin arreglamos el asunto del modo siguiente: conseguimos un tarro de sopas de miel con que obsequiamos a los nietos de la señora en cuestión. Aquélla cantó, a solas, a su hija; ésta lo hizo a su marido y el marido a nosotros. La tonada, aunque corta, nos llegó con todas la modificaciones que pueden darse al existir tantos intermediarios. Por fin vimos la “terrible” letra que hacía enmudecer de pudor a la buena barloventera; dice así:

Que bailen las damas

poquito cad' una

porque todas quieren

espantar las pulgas

Así fueron algunas escenas de recogida, que duró una semana larga; en ella, las personas más cultivadas de cada pueblo nos alojaron, alimentaron y ayudaron en esta labor. Gratitud a ellas.

Pero nada de esto hubiese sido posible sin la colaboración imprescindible y desinteresada de las nobles vecinas de nuestros campos.

Quise que así fuese lo que primero escribiera sobre mi trabajo: pública gratitud a mis anónimos colaboradores.

Luis Cobiella Cuevas

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