Periodismo y libertad de expresión
Hay momentos en la vida en que uno debe ser capaz de enfrentarse a las circunstancias. Uno debe ponerse a prueba y saber si está preparado para cumplir con sus propias palabras; para saber si aquello que proclamó a viva voz lo sigue manteniendo cuando llega la hora de oponerse a leyes injustas, movimientos políticos irracionales, acciones sociales abusivas y arbitrarias. Para atreverse con todo ello necesitamos tener la libertad de poder expresar lo que pensamos al respecto. Según la definición que hemos podido encontrar en el diccionario, la libertad de expresión comprende “la libertad de expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción; la libertad de producción y creación literaria, artística, científica y técnica; la libertad de cátedra; y la libertad de comunicar libremente información veraz por cualquier medio de difusión, emisión de juicios personales y subjetivos, creencias, pensamientos, ideas y opiniones”.
El derecho a la libertad de expresión está recogido en todas las constituciones y ordenamientos jurídicos de cualquier país democrático. De hecho, este es uno de sus pilares necesario para que todo estado democrático y de derecho sea denominado como tal. Es uno de los derechos humanos más importantes y está recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuyo artículo 19 establece: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.
En España, la libertad de expresión está recogida en el artículo 20 de la Constitución, dentro del capítulo segundo “Derechos y libertades”. Su apartado primero dice: “Se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción». Este derecho tiene sus limitaciones tales como el derecho al honor, a la honra, a la intimidad, a la integridad, etc. Esto es así para que, hechos como las injurias y calumnias que menoscaban el honor y la imagen del damnificado, no queden impunes. Otros límites son la apología de la violencia o el delito de odio. A menudo, la línea que separa la libertad de expresión de lo que no lo es, es muy delgada y varía según quien la interprete. Es común que los propios juristas tengan diversas opiniones sobre lo que debe o no debe amparar este derecho. Un periodista conservador es igual de respetable que un periodista progresista si ambos cumplen estas reglas mínimas. Los lectores pedimos transparencia; no vale meter todo en la misma coctelera. Defendemos el periodismo, no las reglas que interesen de manera sectaria a determinados grupos de poder. No es una herramienta más para captar clientela con determinados contenidos. Cuando alguien lanza engaños, bulos, trampas, distorsiones y calumnias, está intentando engañar a quien, por una razón o por otra, se deja engañar. El poder se nutre de la ignorancia.
Y dicho todo esto tan políticamente correcto, tan de diccionario y que me ha costado sudores buscarlo, meditarlo, copiarlo y transmitirlo, debo añadir que en este momento de mi vida empiezo a dudar sobre lo leído y aprendido; empiezo a no creer en esa libertad desde el momento que veo cómo se condena a quienes la llevan a cabo; cómo se multa y persigue y acusa a periodistas que la ejercen, a escritores que la practican y a políticos que la defienden. Es más, creo que no existe, y sus múltiples interpretaciones son una mera justificación para seguir creyendo en ella porque necesitamos hacerlo, porque no podemos caer en la cínica postura de negarla de forma absoluta; porque hacerlo acabaría denigrándonos y sería como rechazar la capacidad humana para elegir, decidir, y comportarse como seres dotados de inteligencia, no como bestias.
Elsa López
23 de julio de 2026
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