Últimas voluntades

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En mi libro Tránsito hay un largo poema dedicado a dejar bien claro cuál sería mi testamento, mis últimas voluntades. No me gusta pensar que una vez muerta vayan a hacer con mi cadáver lo que les dé la gana. Lo que no quise que hicieran conmigo estando viva no lo quiero estando muerta. No quiero que me zarandeen de un lado para otro como si fuera un fardo. Quiero opinar sobre mi muerte con la libertad y el coraje con que lo he hecho sobre mi vida. Es por eso que digo en ese texto lo que deseo que hagan conmigo. Ni más ni menos. Es curiosa esa mala costumbre que tienen los familiares de disponer sobre cadáveres que ya nada pueden objetar a sus decisiones. He conocido muertos a quienes les han dicho misas que no deseaban vivos; he visto cubrirlos con banderas de partidos o asociaciones a las que nunca pertenecieron, pero sí a algunos parientes que se empeñaban en mostrarlos de esa manera en el féretro. He conocido cantos y salmos dichos en su honor que jamás hubiesen querido escuchar.

Y así, sucesivamente. De mal en peor. En cambio, he hablado de este tema con algunos y he sabido de sus ganas de que lo dejaran en paz sobre la tierra que lo acogió con cariño estando vivo, cubierto con las flores que le gustaba mirar y oler, vestido normal como siempre lo hacía, la cara lavada y fruncido el ceño, como siempre lo tuvo. Hoy día, gracias a mortuorios, tanatorios, floristerías, diseños de cajones y demás muestras del comercio que se ha establecido sobre este asunto, nadie se libra de los gastos pertinentes, de las coronas, de los féretros de caoba y las cruces bruñidas. Nadie de misas y funerales. Nadie se libra de ser transportado a cementerios no deseados, tumbas compartidas con parientes poco afectuosos, de mármoles y de inscripciones que nunca hubiesen querido que les colocaran encima. Porque a lo mejor hubiésemos deseado que nuestras cenizas fueran arrojadas al mar o al aire o debajo de un drago en el norte de una isla cualquiera. O, sencillamente, que nos dejaran dentro de una cajita sobre el aparador observando a los vivos y disfrutando con ellos.

En estos días que tanto se habla de la muerte; días llenos de pesadumbre para muchos por la muerte de seres queridos, he intentado volver a reflexionar sobre el tema. Dónde, cómo y por qué quiero morirme. Cómo no quiero que me mueran. Hoy, que se habla tanto sobre ella, he pensado que debemos pronunciarnos con claridad sobre el asunto y que cada cual debería escribir su testamento vital, sus deseos a cumplir cuando llegue el final: si quiero morir antes o después; si debo quedarme plácidamente dormido en una cama abrazado a mis seres queridos o agonizar con dolores en una cama extraña rodeado de rostros extraños y sufriendo sin necesidad. Si la vida y las decisiones que yo tomo en ella son cosa mía, debería considerarse la muerte como algo mío también. Mi muerte es algo privado, y, por lo tanto, está en mi y sólo en mí las decisiones a tomar sobre ese asunto y no dejar a los parientes el mal trago de tener que decidir si me enchufan o desenchufan de un respirador llegado el momento.

Cuando he visto la muerte de cerca y he acompañado ese día a seres que amaba, he pensado si merece la pena preocuparse por ella. Al fin y al cabo, siempre habrá alguien o algo que lo haga por nosotros: el hospital, la iglesia, los amigos y parientes, las instituciones. Harán lo que les dé la gana, lo sé. Desde enterrarme fuera del cementerio a congelarme en una pista de hielo a la espera de ser reconocida; desde llenarme de flores el nicho, a dejarme tirada en la cuneta cubierta de tierra y cagadas de moscas; desde llorarme a gritos a reírse de mi mala suerte en este mundo. Habrá de todo. Ceremonias, rituales, ofrendas, misas, novenas y procesiones. Pero nadie sabrá a ciencia cierta lo que yo hubiese querido o cómo hubiese querido que fuera ese final a no ser que lo diga, lo escriba y lo firme ante notario.

Elsa López

8 de agosto de 2020

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Publicado el
8 de agosto de 2020 - 14:26 h

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