Vilaflor de Chasna: cada vez menos papas y más cerrajas
Nos cuesta manifestar
la alegría percibida
disfrutando de la vida
a la sombra del pinar.
Pesadumbre da mirar
las huertas abandonadas,
por las cerrajas pobladas
como en terrenos balutos,
recuperando atributos
de tierras no roturadas.
Jócamo, 24.IV.2026
Nota: Para los biólogos en general, más acostumbrados a defender los raros endemismos de la flora canaria que los exiguos cultivos insulares, el título puede resultar equívoco y considerarlo una provocación. Nada más lejos de nuestra intención. Simplemente constatamos una realidad que admite poca discusión: los pintorescos bancales agrícolas de Vilaflor de Chasna (Tenerife), antaño admirados por propios y extraños, actualmente han pasado a engrosar la lista de “paisajes abandonados” del campo canario.
Para el biólogo con cultura campesina, la situación genera una sensación de desasosiego y frustración inevitables, por más que asumamos las causas del abandono. Los lugareños lo resumen de forma irrefutable: “El campo es duro y si a eso se suma el que cada vez llueve menos; el agua de galería es cara y resulta más rentable venderla al turismo; los abonos están por las nubes; las plagas son cada vez más y los venenos más caros. Y, por si fuera poco, competir con las papas que vienen de fuera resulta imposible… Es un milagro el que todavía haya vecinos que planten cuatro matas para consumo propio”.
A la sombra de los pinos, el naturalista con alma romántica se regocija con el progreso del pinar que desciende a cotas inusuales, acompañado por endemismos que, calificados hasta hace poco de escasos o extremadamente raros, se regeneran de forma espectacular. Es el caso de las cerrajas o cerrajones (Sonchus canariensis subspc. canariensis), muy favorecido por la dispersión anemócora (mediante el viento) o el tajinaste local (Echium virescens). Menor alegría despierta la eclosión de la pintoresca amapola de California (Eschscholzia californica), especie invasora que provoca el deleite general, celebrada por turistas y personas que ignoran la amenaza que supone para la flora autóctona.
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