El Sanavadit
Celebramos hoy un aniversario muy especial. No es un día señalado en el calendario ni es el santo o el cumpleaños de un personaje histórico de esos que han realizado actos que llaman heroicos y luce medallas y condecoraciones sobre el pecho. Lo que hoy celebramos es una fiesta de lo que podemos encontrar a nuestro alrededor y aún podemos llamar nuestro. Es un lugar y una mujer a quien festejamos. Un bar y el alma de ese bar: Ana. El Sanavadit es el nombre del local donde se unen la ilusión y el coraje. El nombre lo dice todo. El nombre carga sobre sus hombros el significado de lo que es la familia, el trabajo y la lucha. EL Elisa, SA Salvador, NA Ana, VA Salvador hijo, DIT Judit. Ese es el sentido de la palabra bajo la cual nos reunimos para honrar cuarenta años de amor y de esfuerzo.
El comercio se abrió el 2 de junio de 1986 en el Caserío Miranda de Santa Cruz de La Palma. Antiguamente era una tienda de aceite y vinagre. Una mujer con veintitrés años comenzó esta aventura. Se llamaba Ana Celsa Concepción González. Desde niña se propuso alcanzar el deseo de tener un día algo suyo, una empresa donde entraran todos sus seres queridos, los amigos, las cosas buenas que la rodeaban y que la ayudaban a combatir su tristeza.
Se llamaba Ana y ha cumplido su ilusión con creces. Se sigue llamando Ana y mucha gente al negocio lo conoce por ese nombre. “Vamos a comer a casa de Ana” decimos a los amigos, a los hijos y ahora a los nietos. Y vamos a comer, no a un restaurante, sino a su casa que siempre es la misma: los mismos árboles, la misma terraza, los mismos barriles de madera, el mismo abrazo, la misma risa al venir a saludarnos y ofrecernos los mejores bocados del día.
Hay una cierta carga de nostalgia en esas comidas nuestras. Asociamos a El Sanavadit con ella y a ella con los calamares, las croquetas, el conejo en mojo y las picardías al respecto y con los chascarrillos y diálogos surrealistas que mantiene con los comensales. A mí lo que me gusta es ella, sus bromas, sus juegos de palabras y esa manera tan cercana que tiene de arroparnos y querernos cuando describe los platos recién hechos que debemos pedir.
Comer allí es saber de quienes que entran y salen por sus puertas siempre abiertas; es oír cantar a Mario en el interior mientras acuna a su hermana Alana o verlo trepar por muros y tejados como un gato y escucharle decir que lee tus cuentos por la noche; es encontrarte con personas que nunca has visto y sonríen al pasar por tu mesa; es saber que ella cocina para gente que no puede acercarse al restaurante y le lleva la comida a su casa y la ves caminar por la carretera no importa hacia dónde con bolsas y platos y una sonrisa que nadie sabe de dónde saca; es ver a Salvador detenido en la puerta vigilando el mundo y observándola a ella y a Judit que acuna en sus brazos a la más pequeña de la casa mientras ríe a carcajadas los comentarios de la madre.
A El Sanavadit lo asociamos con fiestas especiales como el día de Navidad cuando aún comíamos todos juntos y era la ocasión de reencontrarse con primos, tías y demás parientes en aquella mesa que parecía infinita y nadie ni nada era capaz de romper nuestros lazos; cuando había tormenta y volaban las hojas de los árboles por encima de nuestras cabezas y su porche era más un refugio que el comedor de un restaurante; cuando alguna vez estabas apesadumbrada y parabas a tomarte un café antes de seguir camino de Garafía o cuando querías evocar cómo era La Dehesa hace muchos años y cómo eran los amigos de entonces.
Ana dice recordarme haciendo la plaza del Planto, yo también la recuerdo a ella con unos nueve años correteando por allí con otras niñas. Hay incluso alguna foto de esos días con ella sentada en un montículo de tierra por debajo de la escuela y yo cavando sobre una montaña de piedras y cemento. Nada ha derrumbado nuestros sueños. La plaza y la ermita siguen allí. Nosotras también. Esa es la única verdad que nos pertenece. Seguimos en pie con la misma alegría y la misma firmeza de entonces a pesar de las cuestas y los sinsabores, a pesar de la vida o gracias a ella. El Sanavadit es la prueba.
Elsa López
30 de mayo de 2026
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