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17 de mayo: los derechos no son irreversibles

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Cada 17 de mayo se conmemora el Día Internacional contra la Homofobia, la Bifobia y la Transfobia. No es una fecha simbólica más: recuerda que en 1990 la Organización Mundial de la Salud dio un paso histórico al retirar la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales. Aquello supuso mucho más que un cambio técnico; fue una enmienda a siglos de prejuicio, una grieta en el muro de la estigmatización que nos permitió a millones de personas empezar a vivir sin el peso de ser consideradas “anormales”.

Pero conviene no caer en la complacencia. Los derechos conquistados no son irreversibles. No están blindados por ninguna ley natural, sino sostenidos por decisiones políticas, por consensos sociales que pueden avanzar… o retroceder. Basta observar lo que ocurre en distintos países para entender que lo que hoy parece firme mañana puede tambalearse si quienes legislan deciden mirar hacia otro lado, o peor aún, retroceder deliberadamente. La historia reciente ya nos ha enseñado que los discursos de odio pueden volver a ocupar espacios que creíamos superados.

Por eso, defender los derechos del colectivo LGTBI no es un ejercicio retórico ni una causa que se active sólo en fechas señaladas. Es una responsabilidad cívica que también se expresa en las urnas, en el apoyo a proyectos políticos que garanticen la igualdad real y en la vigilancia constante frente a cualquier intento de recorte. No se trata de ideología, sino de dignidad. Porque cuando se cuestionan los derechos de una minoría, en realidad se está debilitando el piso democrático de toda la sociedad.

En ese contexto, también las instituciones con enorme influencia moral tienen una oportunidad, y una responsabilidad, que no siempre aprovechan. Por interés o por conveniencia… El pontificado del Papa León XIV parece haber dejado pasar la ocasión de avanzar en un gesto claro hacia el reconocimiento del colectivo LGTBI. No se trataba de revolucionar la doctrina, sino de algo mucho más sencillo y profundamente humano: un mensaje inequívoco de respeto y cercanía. Su predecesor, el Papa Francisco, sin romper moldes, sin ser un revolucionario, sí supo abrir pequeñas ventanas de complicidad con frases que, para muchas personas, significaron un alivio después de décadas de silencio o condena. A veces, en determinados contextos, un gesto vale más que un convenio.

Porque en el fondo de todo esto hay una verdad sencilla que no admite matices: nadie, ni una institución, ni un gobierno, ni una mayoría social, tiene legitimidad para cuestionar la identidad o la sexualidad de otra persona. No es opinable. No es debatible. Es un derecho inherente a la condición humana. Y cuando se pone en duda, no solo se hiere a quienes forman parte del colectivo LGTBI, sino que se erosiona el principio mismo de libertad sobre el que se construyen nuestras sociedades.

El 17 de mayo no debería ser solo un día de memoria, sino también de alerta. Un recordatorio de lo que costó llegar hasta aquí y de lo fácil que sería perderlo si bajamos la guardia. Porque los derechos, como la dignidad, no se heredan: se defienden cada día.

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