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Tefía: la memoria no es revancha

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Hay historias que uno no ha vivido, pero que aun así duelen porque forman parte de nuestra memoria común. Duelen porque, aunque no nos hayan tocado en primera persona, el dolor ajeno también es, de alguna manera, nuestro propio dolor.

Hace no tanto tiempo, aquí mismo, en Canarias, existió un lugar llamado Tefía. Una colonia penitenciaria perdida en el paisaje árido de Fuerteventura donde el franquismo encerró a personas consideradas “peligrosas”. Entre ellas, hombres cuyo único “delito” era ser homosexuales. A partir de 1954, la dictadura modificó la llamada Ley de Vagos y Maleantes para incluir la homosexualidad como motivo de persecución y encierro.

Allí, en la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, aquellos hombres fueron obligados a trabajos forzados, a picar piedra bajo el sol, a sobrevivir al hambre, a las humillaciones y a las palizas. Algunos testimonios hablan de jornadas interminables, de comida en mal estado y de un sistema disciplinario basado en el miedo.

Yo no estuve allí.

No tuve que esconder quién era.

No tuve que temer que una ley me arrebatara la libertad por amar a alguien.

Pero escuchar estas historias me conmueve profundamente. Porque no hablan solo del pasado: hablan de lo que una sociedad puede llegar a hacer cuando decide que hay personas que valen menos que otras. 

Por eso me preocupa tanto escuchar hoy, en pleno siglo XXI, voces que blanquean aquella época, que hablan de la dictadura con nostalgia, que repiten que “antes se vivía mejor”, como si la libertad, la dignidad o la diversidad fueran detalles secundarios. Como si miles de vidas rotas fueran solo una nota al pie de página.

No, no se vivía mejor.

Se vivía con miedo.

Tefía no es solo un lugar en un mapa. Es un recordatorio de lo que ocurre cuando el odio se convierte en ley y cuando el silencio se vuelve cómplice. Allí hubo personas que perdieron años de su vida, su salud y muchas veces su dignidad, simplemente por ser quienes eran.

Y lo más inquietante no es solo recordar aquello. Lo inquietante es comprobar que todavía hay quien estaría dispuesto a mirar hacia atrás con indulgencia… y con la complicidad de algunos que todos conocemos.

La memoria no es revancha.

La memoria es defensa.

Defensa de lo que somos hoy.

Defensa de las libertades que costaron tanto conquistar.

Defensa de una sociedad que no quiere volver a señalar, encerrar o humillar a nadie por ser diferente.

Yo no sufrí Tefía.

Pero no necesito haberla sufrido para saber que nunca, nunca deberíamos permitir que algo así vuelva a ocurrir. Por eso también quiero reconocer el paso dado por el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática al declarar este enclave como Lugar de Memoria Democrática. Porque nombrar los lugares, señalarlos y explicarlos no es abrir heridas: es evitar que se repitan. Es un acto de justicia con quienes lo padecieron y un compromiso con las generaciones que vienen.

Recordar Tefía no es mirar atrás con rencor: es mirar al futuro con dignidad. Olvidarla sería el primer paso para repetirla.

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